Opinión

Calais, la ciudad de los burgueses, rechaza ser la de los inmigrantes

Luis Miguel Pascual

@EFE

Ha habido momentos en la historia en que Calais ha sido un puente entre Francia y el Reino Unido. En otros, un dique. La ciudad portuaria francesa, paso natural entre el continente europeo y las islas británicas, se resiste a que su imagen se vea vinculada al campamento de inmigrantes que alberga, a su pesar, desde hace años.

“Antes la gente nos conocía por los burgueses, ahora, por ‘la jungla'”, afirma Albert, un estudiante que atraviesa raudo la plaza de San Pedro de la ciudad, presidida por la monumental estatua que Auguste Rodin dedicó a finales del siglo XIX a los burgueses de la ciudad.

Ese hecho, que tuvo lugar en 1346, ha quedado grabado en la memoria de los calesianos, que recuerdan con orgullo cómo sus habitantes se enfrentaron, casi hasta morir de hambre, a las huestes inglesas y cómo seis de sus notables se sacrificaron para aplacar la ira del rey Eduardo III de Inglaterra.

Conquistada por ese monarca y en manos de los ingleses hasta mediados del siglo XVI, Calais mantiene hoy un profundo acento inglés, sobre todo porque la mayor parte de sus visitantes vienen del otro lado del Canal de la Mancha. O venían.

“El 80 % de mis clientes eran ingleses. Ahora, no creo que lleguen al 10 %”, confiesa resignada Amandine, que regenta junto a su marido el bistró “Le Grillon”.

Parlanchina, la tabernera relata que cuando le llaman para anular siempre ponen la misma excusa: “El embrollo de los inmigrantes”.

“Ven en la televisión que hay mucho lío y, además, temen quedarse bloqueados si se cierra el túnel”, señala tras la barra de su establecimiento, decorado con infinidad de los típicos sombreros de policías ingleses.

Como otros muchos de sus vecinos, Amandine desea que su ciudad deje de estar asociada a “la jungla”. “Desde 2002 tenemos inmigrantes por nuestras calles. Entonces venían de Kosovo. Pero lo de ahora no lo hemos visto nunca”, dice.

Aunque los inmigrantes han abandonado prácticamente la ciudad para instalarse en el poblado chabolista de las afueras, “la jungla”, su presencia se hace notar en el comercio y el turismo.

Según los datos de una asociación local, la facturación comercial se ha reducido un 40 % en un año, por lo que reclaman un plan de urgencia al Estado.

A la pérdida directa de ingresos que achacan a la caída del turismo, se suma la atmósfera de miedo que hay en los que viven en las proximidades de “la jungla”, como sucede con el barrio de “Petit Quinquin”.

En esa zona, donde basta con abrir la ventana de las casas para ver la enorme extensión del poblado levantado por los inmigrantes, el precio de las viviendas ha caído en picado, se quejan los vecinos.

Algo similar ocurre en Grande-Synthe, en las afueras de la ciudad de Dunkerque, donde ha surgido otro poblado de clandestinos, la mayor parte de ellos kurdos iraquíes, y que viven en condiciones mucho peores de las de Calais.

Levantado en una vega junto a un barrio residencial de casas adosadas, cada una con un coqueto jardín enfrente, el barrio está sometido a una estricta vigilancia policial, sobre todo después de que una persona muriera en condiciones que todavía no han sido aclaradas.

En la zona, los vecinos tuercen el gesto cuando ven a los periodistas acercarse al campamento y agachan la cabeza cuando se trata de recoger su opinión.

“Estamos hartos”, afirma una mujer de avanzada edad mientras acelera el paso arrastrando su carro de la compra para evitar a las cámaras.

Los habitantes de Calais ya han expresado su descontento en varias ocasiones en forma de manifestaciones, pero esperan hacerlo de forma más sonora el próximo lunes por las calles de París. “No estamos contra los inmigrantes, que quede claro, pero esta situación no puede continuar así”, resume Albert.

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