Internacional

Brasil: El gigante en entredicho

A día de hoy, la fotografía de Brasil, la mayor economía de América latina y la segunda del continente tras Estados Unidos, no puede ser más negativa.

Los años de recesión, durante la presidencia de Dilma Rousseff, seguidos de un periodo de fuerte estancamiento, han hecho estallar el desempleo ( 12,4%), con una severa deuda pública en crecimiento ( 77,2% del PIB), y un déficit de las cuentas públicas en alza.

La incompetencia de los políticos en la gestión de los recursos y una corrupción galopante han dejado al Estado brasileño atrapado en una grave crisis fiscal, con mucho gasto y pocos ingresos, que se traduce en la precarización de los servicios que se prestan a la población, principalmente en materia de Sanidad, Infraestructuras y Transportes.

El Gobierno que salga de las urnas deberá enfrentarse a una importante cantidad de problemas por resolver en los próximos años, entre ellos el aumento de la competitividad del país, así como acelerar el crecimiento económico, después de que la Organización para la Coordinación y el Desarrollo Económico revisara a la baja sus previsiones para el coloso latinoamericano, de manera que ahora sólo será del 1,2% en 2018, y del 2,8 en 2019, aunque como es lógico, todo eso va a depender mucho de quién sea elegido nuevo presidente y de su equipo económico de gobierno.

Brasil es un gigante. Territorial, es el quinto país más grande del mundo, tras Rusia, Canadá, China y Estados Unidos, el tercero mayor de América, con cuatro diferentes husos horarios, la selva más espectacular aún en parte por descubrir, y el río más caudaloso, largo e inmenso del planeta. Poblacional, porque llega a la cifra de 209 millones de habitantes, la mayoría de ellos concentrados en el litoral, de manera muy particular en Sao Paulo y Rio de Janeiro, e industrialmente además en Santos, Curitiba, Campinas, Porto Alegre, Belo Horizonte, Recife y Fortaleza.

Y económico, dado que según el FMI y el Banco Mundial, es la mayor economía de América Latina, la novena más grande según su PIB nominal y la octava mayor en términos de paridad de poder adquisitivo, formando parte del grupo de las cuatro economías emergentes (junto a Rusia, India y China) con mayor proyección internacional. Algunas de sus empresas ( Embraer, Petrobras, Hawaianas, Marcopolo o Globo), son de dimensión global, y sus grandes reservas de petróleo en aguas profundas y de gas natural en la Cuenca de Santos, le hacen ser una auténtica potencia en ciernes, motivo por el que Goldman Sachs aventura que en 2050 será la cuarta economía más importante del planeta. Pero a Brasil aún le resta mucho camino por andar. El país es visto como una potencia en gestación desde siempre. Pero la realidad es que posee apenas un 1,5 de capacidad de influencia a nivel global, lo cual resulta muy escaso para su enorme dimensión.

Además, hay cuestiones estructurales verdaderamente preocupantes. Las diferencias entre pobres y ricos son muy grandes, la corrupción galopante lastra su crecimiento, la inseguridad ciudadana ahuyenta la inversión y burocráticamente es aún hoy en día un auténtico horror, con trabas a la iniciativa individual y empresarial, escasa agilidad de las administraciones públicas, una sanidad privada muy buena pero una pública lamentable, y carencias de todo orden en infraestructuras, educación y desarrollo humano. En este escenario, el presidente que salga de las urnas al término del proceso electoral que hoy comienza, tendrá una enorme cantidad de problemas a los que hacer frente en los próximos años, debido a las grandes carencias del país.

¿Por dónde habría que comenzar? En materia de gestión, es imponderable aumentar la productividad de las administraciones públicas. Brasil es un territorio muy descentralizado pero tremendamente ineficaz, y evitar las «fronteras» entres sus 26 diferentes «estados» es a veces una tarea de titanes. Alquilar un coche en Sao Paulo para entregarlo en el vecino estado de Rio se convierte en una pesadilla de la que sólo se puede salir pagando unas cantidades tan astronómicas que, al final, es mucho mejor irse en autobús. El Estado brasileño es tan enorme que, en ocasiones, parece monstruoso. Lula le dio al país una visibilidad mundial de la que carecía, hay que reconocerlo, pues sus dos legislaturas fueron las de mayor desenvolvimiento económico y social: se estabilizó la inflación, se redujo el déficit fiscal y la deuda externa, y se crearon las condiciones para que fuesen implementadas políticas a largo plazo.

Pero al tiempo, Lula construyó un Estado excesivamente pesado, con más de 150 empresas públicas no siempre ejemplares en su manera de funcionar, no ya sólo por los casos de corrupción sangrantes como el de Petrobras, sino por el mismo hecho de que la mayoría de las veces se trata de firmas mal gestionadas y dirigidas, atendiendo a intereses particulares, nada rentables y muy vinculadas a los objetivos partidarios de cada unidad «estadual» o a los partidos y dirigentes que gobiernan esas regiones.

La Administración brasileña, en palabras de Claudio Frischtak, execonomista del Banco Mundial, está viciada por el patrimonialismo (apropiación para fines privados de recursos públicos), el clientelismo y el corporativismo. Se trata de un Estado demasiado grande y caro, que absorbe el 42% del PIB, pero que no devuelve a la sociedad lo que ésta le pide en educación, sanidad, transportes, etcétera.

Pero la pesadez de la estructura pública no es solo esa. ¿Cuántos partidos hay representados hoy en el Parlamento de Brasilia? Aunque parezca mentira, 35. ¿Y cuántos ministerios tiene Brasil? Salvando momentos y distancias entre unos presidentes y otros, alrededor de 40. ¿Son realmente necesarios? Claramente no, pero como hay que dar satisfacción a todas las formaciones que integran el complicadísimo engranaje político del país, al final la cifra de 40 Ministerios casi se queda corta, porque siempre hay coaliciones que, por apoyar al Gobierno de turno, piden uno o varios departamentos, y no queda más remedio que dárselos si se quiere gobernar.

Puede parecer una anécdota, y quizás lo sea, pero en todo caso es una anécdota significativa. Cómo lo es igual el dato que el otro día en el debate entre los candidatos a presidente, aireó Geraldo Alckmynd, gobernador del populoso Estado de Sao Paulo (44 millones de habitantes). En Brasil hay en la actualidad 7.400 obras públicas empezadas pero completamente paradas, a la espera de que alguna administración, o alguno de los 40 ministerios, decida reflotarlas. Ocurre así que obras como la del Metro elevado al aeropuerto internacional de Guarulhos se eternizan, o que sencillamente se paran por culpa de la corrupción, siendo el caso más evidente de ello el vinculado a las obras omnipresentes de la constructora Odebrecht.

La primera necesidad

Llegados aquí, ¿cuáles son los desafíos de Brasil, de su economía, y del nuevo presidente? Los economistas dicen que la primera necesidad es equilibrar las cuentas públicas y solventar el grave problema fiscal que arrastra el país. El ajuste que habría que hacer sería equivalente a tres o cuatro puntos del PIB, algo que se puede resolver aumentado impuestos, como propone el «lulopetista» Haddad, o reduciendo gastos, como proclama el equipo económico del ultraderechista Bolsonaro. Si el ajuste no se produce, el problema será de inflación.

La cuestión es que en el Brasil actual hay muchas personas que van a pasar más tiempo recibiendo los beneficios de la jubilación que contribuyendo a la seguridad social. El centrista de Michel Temer intentó hacer esta reforma incrementando la edad de jubilación hasta los 65, pero como no tenía mayoría suficiente, tuvo que abandonar la idea.

Otro problema es el del número de funcionarios públicos y asesores, así como sus salarios, altos para lo que Brasil se puede permitir. Para hacernos una idea del despropósito, ahora por ejemplo, el nuevo presidente brasileño que salga de las urnas tendrá a su disposición 24,6 mil cargos de libre disposición en el total de las 26 federaciones del país, que podrán ser ocupados por personas que no son servidores públicos, y que se trata por lo general de una moneda de cambio que el Gobierno tiene a su disposición para poder negociar con los partidos que le han de respaldar en el Parlamento.

En materia de reformas, los analistas citan como imprescindible incrementar la tasa de productividad, abaratar los costes y reducir la burocracia para empresas y particulares. Un reciente informe del Banco Mundial sitúa a Brasil en el puesto 125 de un total de 190 naciones, la peor posición con diferencia de los cuatro países Bric. El tiempo medio para abrir un negocio en Brasil es de 79,5 días, teniendo que cumplir 11 diferentes procedimientos. En Nueva Zelanda, primero en el ranking, se puede abrir una empresa en medio día con un único procedimiento.

Fundamental es también recuperar la inversión en infraestructuras, y sobre todo gastar bien el dinero público. Siempre se suele poner como ejemplo el proyecto de la central nuclear Angra 3: comenzó a ser construida en 1984, dos años después se paralizó, los trabajos fueron retomados en 2010 con Lula, y suspendidos en 2015 nuevamente. Ya se han gastado 8 billones de reales, la obra está parada y faltan por invertir otros 17 billones más para concluirla. ¿Quién lo hará? ¿Se hará algún día?

O el drama de la vivienda. Más de 11 millones de personas viven hacinadas en favelas insalubres y peligrosas, sin pavimentación o desagües, lo que se considera completamente normal. O el problema de la salud, con unas listas de espera interminables y una falta de estructura lamentable en muchos hospitales públicos. El hacinamiento de las cárceles, o la congestión en el tránsito por las autopistas, que puede ser absolutamente disparatado en ciudades como Sao Paulo y Rio, pero también en Curitiba o Belo Horizonte. Ir desde el aeropuerto internacional de Guarulhos a la Avenida Paulista puede llevar a veces entre dos y tres horas, cuando en una situación normal, por ejemplo de madrugada, apenas se tarda 20 minutos. De ahí el floreciente negocio de los helitaxis privados.

¿Y qué decir de la energía? Brasil es el décimo consumidor más importante de energía del planeta, y el tercero de América, con la ventaja de que es una potencia en la producción de energía renovable hidroeléctrica, y también en etanol, combustible que los brasileños usan indistintamente en sus vehículos junto a la gasolina, y cuya fórmula está siendo importada hoy por India y China. También posee la segunda mayor reserva de petróleo bruto de América Latina, algo que de momento no ha servido para mejorar el nivel de vida de los brasileños, y sí para escándalos de corrupción como el destapado en torno a Petrobras.

Dependiendo de los lugares, el petróleo ha sido una bendición o una maldición para según qué países. Solo hay que comparar Venezuela con Noruega para darse cuenta de ello. En Brasil no se ha llegado al despropósito venezolano, pero es verdad que de momento el dinero del oro negro (y del gas natural de Santos) se ve poco en la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos.

Por lo que se refiere a la relación de Brasil con España, hay que recordar la importancia que ha ido adquiriendo ese acercamiento en los últimos tiempos. No sólo por la fuerza de empresas como Santander y Telefónica, a la cabeza en los sectores de banca y comunicaciones del país, sino también por otras muchas, pequeñas, medianas y grandes ( Iberdrola, Endesa, Repsol, Indra, etc) que llegaron a «el dorado brasileño» al comienzo del período del boom inversor español en el exterior, y particularmente en Lantam. Brasil ha sido uno de los países que ha absorbido un mayor porcentaje de la inversión española en América Latina, tanto al inicio de la expansión internacional como en los años 2009 a 2011, caracterizados por una grave recesión económica en España.

Brasil llegó a engullir en algunos momentos más del 60% de la inversión española en América Latina, transformándose durante el período 1993-2000 y 2009-2011 en el destino principal en dicha región. De hecho, el presidente Temer resaltó ese dato durante la visita de Rajoy a Brasilia hace un año, y destacó que España es el segundo inversor más importante en Brasil, inmediatamente después de Estados Unidos. Temer, y con él los principales candidatos a la Presidencia de Brasil, son perfectamente conscientes de esa situación, y cada vez que tienen ocasión reclaman una mayor presencia de las empresas españolas en el gigante latinoamericano.

Un problema, no menor, es que en los últimos tiempos, con la recesión brasileña de la época de Dilma, muchas de nuestras compañías abandonaron Brasil, en parte por la recesión, es cierto, pero también en buena medida por las dificultades que pone el país a la entrada en su territorio de empresas extranjeras, bien sean españolas o de cualquier otro lugar.

Brasil es enormemente proteccionista, algo que se observa claramente, por ejemplo, cuando entra uno en un centro comercial, de esos que en Sao Paulo denominan «shopings». Probablemente sea el lugar del mundo donde menos globalización se ve en el comercio, y donde más marcas nativas hay, la inmensa mayoría desconocidas para un europeo o español. Algo imposible ver en otros países de Latinoamérica, como Perú, Chile o Colombia. De eso saben mucho nuestras empresas, y si no, que se lo pregunten a Inditex.

LA RAZÓN