Opinión

Borges y las lágrimas

Jorge Alania Vera
Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

 

 

En uno de los versículos de su Evangelio Apócrifo, Borges dijo: “Desdichado aquel que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto.” Sin embargo, en otro poema titulado Elegía, refiriéndose a alguien que llora escribió: “Sin que nadie lo sepa, ni el espejo/ ha llorado unas lágrimas humanas. / No puede sospechar que conmemoran/ todas las cosas que merecen lágrimas: /la hermosura de Helena, que no ha visto/ el río irreparable de los años / la mano de Jesús en el madero/ de Roma / la ceniza de Cartago / el ruiseñor del húngaro y del persa…/ la breve dicha y la ansiedad que aguarda/ de marfil y de música Virgilio…/ Del otro lado de la puerta un hombre / hecho de soledad, de amor, de tiempo/ acaba de llorar en Buenos Aires/ todas las cosas.”

Según lo exégetas, un verso de Virgilio, tal vez el más hermoso y complejo de la literatura latina, dice: Sunt lacrimae rerum, et mentem mortalia tangunt, cuya traducción literal es: “Hay lágrimas de las cosas y las cuitas mortales tocan a la mente”. ¿Las cosas lloran? Virgilio responde que sí, por eso Borges dice que un hombre hecho de soledad, de amor, de tiempo- como cualquiera de nosotros- acaba de llorar todas las cosas.

Casi contradictoriamente, en el poema El Ángel, escribe Borges: “Que el hombre no sea indigno del Ángel…/ Que no se rebaje a la súplica/ ni al oprobio del llanto…/ El Otro lo mira…/ el incesante espejo lo atestigua:/ que no macule su cristal una lágrima”. En otro poema Un Soldado de Lee, dedicado a un combatiente del ejército confederado de Virginia del Sur abatido en una de las batalla de la Guerra de Secesión, dice: “…te canto a ti /que sin la dádiva del llanto/ caíste como cae un hombre muerto. / No hay un mármol que guarde tu memoria/ seis pies de tierra son tu oscura gloria.” Y en uno de los poemas de los dones escribe: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios/ que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche.”

Pero el amor desgraciadamente, como él mismo dijo, lo tocó y entonces escribió un poema, La Luna, dedicado a María Kodama, en el que recordó para mitificar su ofrenda, el largo llanto de la vigilia humana: “Hay tanta soledad en ese oro. / La luna de las noches no es la luna/ que vio el primer Adán. Los largos siglos/ de la vigilia humana la han colmado/ de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.”. Ya antes, presintiendo la felicidad y sus inevitables lágrimas, se lo advirtió a sí mismo, en su poema El Amenazado: “Es el amor. Tendré que ocultarme o huir…”

No lo pudo hacer y pagó, como tantos, las duras consecuencias.