Internacional

¿Bolsonaro, el ungido de los evangélicos, podrá vencer a Lula?

Hoy son las elecciones y las encuestas dan como ganador a Lula Da Silva. ¿Bolsonaro aceptará?

La revista brasilera Piauí —propiedad del prestigioso periódico Folha de Sao Paulo— publicó ayer en la mañana en sus redes sociales un video en el que se ve al presidente candidato Jair Bolsonaro hablando decenas de veces ante la cámara, esto acompañado de un texto que decía: “En Brasil, el golpe será transmitido en vivo. Piauí analizó 181 de las transmisiones en vivo de Jair Bolsonaro y ahora puede mostrar, en video, cómo el presidente ha preparado a sus seguidores para desacreditar las elecciones de mañana. Un curso intensivo sobre golpismo en 3 minutos”.

Lo que tiene preocupados a muchos brasileros es que las encuestas muestran que la intención de voto para la reelección de Jair Bolsonaro no sobrepasa el 36 por ciento, mientras que Luiz Inácio Lula Da Silva tiene un apoyo superior al 50 por ciento. Y toda esa preocupación lleva a una sola pregunta: ¿aceptaría el presidente una derrota frente a un expresidente que hasta hace un par de años estaba en la cárcel por corrupción?

Fiel admirador del expresidente gringo Donald Trump, el presidente Bolsonaro parece estar preparado para desconocer el posible triunfo de Lula Da Silva, para lo que agita a sus seguidores desde las redes sociales hablando del regreso de la corrupción al poder y de la izquierda con una apertura constitucional como la despenalización del aborto y una mayor apertura de derechos a la población LGBTIQ. No se trata de un mensaje menor en un país con cerca de 70 millones de evangélicos, y cuyas mayorías están con el actual presidente.

Para muchos de esos creyentes, Bolsonaro es un enviado de Dios que fue ungido después del ataque a cuchillo en septiembre de 2018. En aquellas semanas, y después de recuperarse, la hasta hoy primera dama Michelle Bolsonaro publicó: “El Señor colocó paz en nuestro corazón. Lo que iba a ser una muerte, se convirtió en un milagro. Rescató el patriotismo, rescató una nación, despertó a una iglesia que rezó por su recuperación”.

Casi un año después de esa declaración de fe, y ya como presidente, Bolsonaro participó de la 27ª Marcha de Jesús que se realiza todos los años en Sao Paulo, un evento de proporciones gigantescas a la que asisten casi todos los evangélicos carismáticos o también conocidos como neopentecostales. Y en ese evento, Bolsonaro recibió la profecía de un apóstol llamado Cesar Augusto: “Tengo la certeza de que usted va a seguir marchando por ocho años más. Usted es un hombre de Dios. Con el coraje para declarar a Dios por encima de todo”.

Bolsonaro logró congregar a muchos evangélicos. Incluso Thalles Roberto, uno de los cantantes cristianos más famosos de Brasil, dueño de una voz impresionante, cargó a su favor en varias oportunidades, aunque el año pasado hizo unos cuantos buenos comentarios a favor de Lula Da Silva.

Sin embargo, y con esto no cuentan los académicos, los evangélicos no son una masa uniforme, pues líneas con doctrinas más fuertes y bíblicas como los Bautistas o los Presbiterianos —que no gozan de tanta fuerza mediática— no participan de la democracia con candidatos y, por el contrario, abogan por una separación total de la iglesia y del Estado.

Por otro lado, el relato de Bolsonaro no ha sido totalmente evangélico. La mayoría de investigaciones muestran que este encuentro del presidente con Jesús parece más una invención cercana al cálculo político. En el podcast Retrato Narrado, investigado por la periodista Carolina Pires y narrado por el reportero Jon Lee Anderson, queda claro que lo que tuvo todo el tiempo Bolsonaro fue una aversión a la izquierda. Incluso en un mito fundacional de su propia vida, se presenta como un muchacho que cuando estudiaba en el colegio le ayudó al ejército a encontrar un comandante guerrillero en la selva. La historia, sin embargo, siempre cambia.

Esa mezcla entre persecución a la izquierda y unción “divina” han traído a Brasil un gobierno autoritario. Para la memoria han quedado las declaraciones de Bolsonaro en contra del cambio climático —“los combustibles fósiles no existen”— o de descreimiento hacia el covid-19, enfermedad que llegó a padecer.

Y si Bolsonaro carga con una imagen de mesianismo, lo mismo se puede decir de Lula Da Silva, quien llega desde la humillación de la cárcel a lo más alto de las encuestas. El candidato del Partido de los Trabajadores ya demostró una vez su capacidad de gestión: sacó de la pobreza a 28 millones de personas, y son ellos mismos los que esta vez lo vuelven a apoyar. Para millones es una inspiración y entre sus anécdotas hay varias que retumban: “Conocí el pan por primera vez a los 7 años –recordó el exmandatario–. Hasta esa edad, el café que me tomaba por la mañana era con harina de yuca. Sé que es la desesperación de una madre que está delante de un fogón sin gas y sin lo más elemental para hacer una comida para sus hijos”.

Brasil vive, como todo el mundo, el coletazo de la pandemia; la economía no se recuperará tan rápido y a la vuelta le ven los dientes a la recesión. En un sondeo realizado en mayo —citado por el diario español El País—, la consultora Datafolha reveló que en el 55 por ciento de los brasileros que votarían por Lula están “las personas que cobran menos de dos salarios mínimos, el 60% de aquellos que se consideran negros o mestizos y el 70% de los homosexuales o bisexuales”.

Mientras que por Bolsonaro el escenario es distinto: “El 43 por ciento gana más de diez salarios mínimos, el 38% se declara blanco, el 49% es evangélico. El 26% tiene más de 60 años y solo el 26% menos de 24 años”.

Como en las elecciones de los últimos años en la región: se enfrentan dos visiones muy distintas de país, pero en Brasil esa fotografía tiene un fondo muy distinto. Bolsonaro es un radical, un hombre que niega la ciencia y los hechos, un hombre que ha cargado en contra de los indígenas y los afro, en contra de la Amazonia; por el otro lado está Lula Da Silva, un viejo conocido que vivió una tormenta judicial como pocos, que fue a la cárcel, pero que muchos recuerdan como un estadista. Gane quien gane, la fiesta será agria

 

Fuente:  EL COLOMBIANO