Opinión

BITACORA DE UNA VIAJERA

Lilian Alarcón/Portoviejo-Manabí

 

El sonido del despegue del avión marcaba el inicio a un grupo de amigos con grandes expectativas -yo entre ellos- de una travesía inolvidable por Europa. La primera parada fue Francia, un país donde la historia y la modernidad coexisten en armonía. En París, «Ciudad de la Luz” la Torre Eiffel se erigía majestuosamente sobre la ciudad, mientras que los cafés en Montmartre y barrio latino ofrecían un respiro al bullicio urbano, la Plaza de La Concordia; La Bastilla, Campos Elíseos, y el Moulin Rouge” cabaret de fama mundial, se mostraban en todo su esplendor a los turistas. Sin embargo, fue en la Riviera Francesa donde encontré la verdadera esencia del glamour europeo. Cannes y Niza, mostraron una cara de Francia que evocaba lujo y serenidad. Un breve viaje a Mónaco añadió un toque de extravagancia, con su famoso casino en Montecarlo que simbolizaban la opulencia del pequeño principado.

De Francia, nos dirigimos a Brujas en Bélgica, una de las ciudades más pintorescas de Europa. La belleza de sus casas, el encanto de sus canales y sus viejos edificios, hacen de ella una ciudad sin igual para los amantes de la belleza y el arte.

El viaje continuó hacia los Países Bajos. Ámsterdam, con sus canales serpenteantes y casas coloridas, ofrecía un encanto pintoresco. Cuna de grandes genios como Van Gogh y Rembrandt. Cada rincón de esta ciudad parecía contar una historia única. Colonia en Alemania, nos recibió con su mezcla ecléctica de historia y cultura contemporánea. Esta ciudad de gran belleza ha crecido en torno al Rhin y de la que se destaca su famosa Catedral, considerada como una obra maestra de la arquitectura gótica mundial, siendo a su vez el edificio más visitado de Alemania, allí en un lujoso sarcófago reposan los cuerpos de los Reyes Magos. Realizamos un maravilloso crucero con almuerzo a lo largo del río Rhin que nos permitió ver la Roca de Loreley y multitud de castillos y viñedos «verticales» en sus laderas. Pernoctamos en Frankfurt, capital financiera de Alemania cuna de Goethe siguiendo a Rotemburgo, ciudad medieval como sacada de un cuento de hadas.

La República Checa me sorprendió con Praga. El Teatro Nacional, la Plaza Wenceslao, la famosa Plaza de la Ciudad Vieja con su reloj astronómico, la Iglesia de Nuestra Señora de Thyn y el puente de Carlos, el más famoso de la ciudad. eran solo el inicio de mi fascinación por su arquitectura gótica y barroca. La cerveza checa, ofrecía un sabor auténtico de la cultura local. Praga, con su atmósfera mística, se quedó grabada en mi memoria.

Austria, con su esplendor imperial, me recibió en Viena. Los palacios de Schönbrunn y Hofburg reflejaban la grandeza de los Habsburgo, cada rincón de destilaba elegancia y tradición.

Italia fue un capítulo aparte en mi maravilloso viaje. Roma, la ciudad eterna, con su Coliseo y la Fontana di Trevi, era un museo al aire libre. Florencia me deslumbró con el arte renacentista y la magnífica cúpula de Brunelleschi. Venecia, con sus canales y góndolas, parecía una ciudad sacada de un sueño. Cada bocado de pizza y espagueti, cada sorbo de vino italiano eran un deleite para los sentidos.

Por último, España y su vibrante cultura pusieron el broche de oro a mi travesía. Barcelona, con la Sagrada Familia y el Parque Güell de Gaudí, me ofreció un vistazo a la creatividad sin límites. Zaragoza y su Basílica de la Virgen del Pilar. Madrid, con su vibrante movimiento, la Plaza de Toros y el mítico Estadio Santiago Bernabéu. fue el compendio de la vida española. La comida, desde tapas hasta paella, reflejaba una rica tradición culinaria.

En fin, cada país que visité dejó una huella imborrable en mi corazón. Mi bitácora se llenó de recuerdos y experiencias que me enseñaron la diversidad y belleza de Europa. Este viaje fue más que una simple búsqueda de lugares; fue un recorrido hacia el entendimiento y la apreciación de las diferentes culturas y saberes que conforman este vibrante continente.