Ciencia

Biopolímeros: la muerte tiene la cola levantada

En este 2017, hasta octubre, 13 personas murieron por procedimientos estéticos, algunas en quirófanos y otras por inyecciones letales.

Prohibido que lo haga cualquiera, aunque el resultado se sienta como cosquillas en los ojos. Frente al espejo luce bien, la curva que conecta el glúteo con la pierna está bien definida, nunca la habías visto, casi que la desconoces. Dan ganas de pensar que el resultado está perfecto, mejor de lo esperado. Dar el salto de lo que tenías a esto… En el espejo, no solo ha cambiado tu cuerpo, es otra tu forma de mirar, es más segura, penetrante, algo altiva. Los signos del tratamiento son inmediatos. Valieron la pena los círculos que dibujaron con marcador sobre tu piel antes del procedimiento. “La anestesia local dolerá un poco”, te advirtió una carismática esteticista, que tampoco mintió al señalar que la aguja era grande, tanto que se podría usar para inyectar un antibiótico en el lomo de un caballo. Te negaste a verla, preferiste hablarle y hablarle a la carismática esteticista, no fuera a ser que, del miedo, la punta de la inyección penetrara tus ojos. Fueron varias horas, las horas mejor invertidas que recuerdes. Es tuyo el culo que estás viendo, el jean que te pusiste ahora horma HD. Lo imaginaste, lo sufriste, ahora es tuyo. Nadie te dijo que la vitamina C contiene dosis de endorfinas que te levantan el ánimo.

Lento te bajas el jean. El resultado sigue igual de sorpresivo. De esta manera jamás te habías gustado. Tenía razón la que contestó el teléfono el día que llamaste a preguntar por el levantamiento. También estaba en lo cierto el médico de la consulta gratuita que recomendó usar contigo la vitamina C, sustancia que los tejidos absorberán sin inconvenientes en caso de rechazo. Si mente y cuerpo están conectados, tus pies no son suficientes para cargar con esta dicha. Y por el precio que pagaste, sin tocar un quirófano.

Francy tampoco pasó por un quirófano. Su cuerpo y su bolsillo lo esquivaron. Es grande la diferencia entre lo quirúrgico y lo no quirúrgico. Sin incapacidad, con resultados precisos. Francy asistió con su papá a un centro de estética en Cali, cerca del Éxito de San Fernando, para cintura y cola. Pero el mismo día rechazó los minerales y la vitamina C. En la habitación de su casa, vio cómo su piel se oscurecía. Llamó y los responsables del tratamiento le indicaron que la pigmentación era normal, que no se alarmara. A pesar de la reacción alérgica, había algo en su cintura y cola que era atractivo. Para ella fue difícil lamentarse por completo. A medias se agradaba. “Finalmente, me hinché y los del centro de estética insistieron en que la reacción era normal. Entonces yo vivía en España y tuve que regresar. Allá arrancó mi verdadero calvario”, dice.

En Barcelona creyó que su dermis recuperaría su color, como le habían señalado. A la semana se notó unas bolas diminutas en la piel, que de oscura mutó a morada. “Padecí un dolor en la pierna, de la cadera a la planta de los pies. En ocasiones se me inflamaba la espalda, tanto que por encima de la ropa se me veía un bulto”, recuerda Francy. Médicos españoles le practicaron exámenes. Ninguno arrojó resultados que dieran una respuesta. Los síntomas se multiplicaron en un lapso de 11 años, tiempo en que aprendió a tolerar el líquido extraño en su organismo. “Cuando yo me sometí a este procedimiento no se hablaba de los riesgos de estas inyecciones. Hace una década era casi imposible relacionar mi dolor en la cabeza, la resequedad en los ojos, la pérdida de sensibilidad en la columna y la artrosis con esta sustancia”.

Hace tres años, en un foro en Internet, leyó por primera vez la palabra biopolímeros. En resumen, se vio reflejada en los testimonios de las víctimas. Sintió un miedo que no había experimentado en 11 años de incertidumbre. Sí, el bulto en la espalda y nalgas realmente era silicona.

Algunos centros de estética cobran dos millones por un levantamiento de cola con inyecciones. Una gluteoplastia vale 7 millones o más.

José Soriano es un argentino dedicado al fisiculturismo. A los 50 años quiso regresar a una competencia nacional. Por sus lesiones crónicas en la columna, no pudo fortalecer las piernas en el gimnasio. Una idea se le ocurrió para tonificar. Fue a donde un supuesto médico que le inyectó metacrilato en glúteos y muslos. El cambio en su figura fue instantáneo. Sin embargo, el metacrilato produjo una reacción alérgica que formó granulomas. A los 15 días de la intervención, José fue hospitalizado de urgencia. Un grupo de nefrólogos le diagnosticó daño renal severo. “En la clínica les llevó bastante tiempo asociar los granulomas con la falla en mis riñones. En Argentina no conseguí un profesional capacitado para retirar el metacrilato de mis músculos. Buscando en Internet, localicé en Cali al doctor Carlos Ríos, hice contacto con él para definir mi viaje a Colombia”.

Salió del quirófano con los senos deformes. Lorena Beltrán se había sometido a una reducción que, en vez de mejorar su calidad de vida, la condujo a una crisis psicológica. “La cirugía fue en junio del 2014. Se me abrió una herida que no cerró bien en la parte inferior (incluso me cabía una falange del dedo), por la que me salía líquido. Por mucho tiempo tuve que ponerme toallas higiénicas en los brasieres, para no manchar la ropa –confesó Lorena al diario El Espectador–. El médico me decía que me aplicara gelatina sin sabor en la herida, que así me recuperaría. De repente mi piel se empezó a poner grasosa y me recetó Isotritoneina, un medicamento dermatológico que empeoró la cicatrización y me provocó, además, alteraciones emocionales”.
Para ella se convirtió en un reto asomarse en un espejo. Su sufrimiento, a diferencia del de José Soriano, fue en silencio.

Procuró tener una vida corriente, con el agravante de estar a merced de las sugerencias del sujeto que la operó. En su trabajo, en su casa, yendo de un lado a otro, de su irreconocible busto brotaba una sustancia angustiante. Perdió la confianza en sí misma. ¿Quién me mandó a hacerme esto?, se cuestionó. En el camino de su recuperación perdió a su novio porque se sintió incapaz de relacionarme con otras personas. Por orden de su psiquiatra y de su psicólogo, tras meses de terapias, se sometió a una cirugía reconstructiva el pasado 17 de febrero. Hugo Cortés Ochoa realizó la corrección mamaria. “Yo le revisé hasta el cartón de prekínder. No quiere decir que en la primera operación no haya sido minuciosa con este detalle, sino que, luego de tan pésima experiencia, verifiqué que el doctor Cortés fuera especialista de una universidad reconocida como la Javeriana, que hubiera cursado una especialidad de cuatro años en este campo. Verifiqué que su registro estuviera en perfectas condiciones. Semanas antes tuve cita con mi anestesiólogo, algo que yo no había tenido. Fue muy importante porque es quien dice si estás apto”.

Francy y José Soriano encontraron en la cirugía reconstructiva una salida a su intoxicación corporal. El médico Carlos Ríos es experto en retirar biopolímeros. En su consultorio recibió por separado a Francy y a José, dos pacientes que simbolizan el drama de los que ponen en riesgo su salud agregando una protuberancia con la que no se nace. “Las consecuencias de los biopolímeros se pueden dar al instante, la persona puede morir en las siguientes horas, o pueden transcurrir semanas, meses, incluso años, sin que presente alteraciones. Algunas sufren el síndrome de Asia, es decir, su cuerpo desarrolla un tipo de actividad autoinmune a causa de la sustancia inyectada. La gente presenta problemas gravísimos de salud que parecen no estar relacionados con biopolímeros”.

Luego de que le retiraran el biogel que cargó durante once años en el trasero y en la espalda, Francy recuperó la sensibilidad en su espalda. En la clínica conoció varios casos como el suyo. Antes pensaba que ella era una de las pocas que había cometido el error. Vio una oportunidad de emprendimiento. Por eso decidió crear una casa de hospedaje para recibir a las víctimas de biopolímeros que van a Cali a recuperar la forma original. Les ofrece servicio de transporte, alojamiento y atención las 24 horas antes y después de la reconstrucción. “La primera pregunta que me hacen las personas que vienen a hospedarse es ¿cómo me van a quedar las nalgas? Yo les respondo que una no queda bonita, pero al menos vuelve a estar sana”.

Para tratar los granulomas de Jorge Soriano, el doctor Ríos le exigió una dieta previa rica en hierro, vitamina B12 y vitamina C, para evitar anemias después de la operación. “Fue una intervención muy sangrante. En la convalecencia, Ríos me sometió a la cámara hiperbárica y a sueros reconstituyentes. Estuve un mes radicado en Cali –dice Soriano–. Al final, los resultados de las biopsias arrojaron lo evidente: el metacrilato inyectado me había destruido los riñones”.

La persona que aplicó biopolímeros a Francy no tiene quién la recuerde. Ella no puede traer su cara al presente. Sospecha que el centro de estética ya no existe.

El que inyectó a Jorge Soriano tiene 150 denuncias en Argentina. Aun así, continúa ofreciendo servicios estéticos. Según Soriano, que padece de una insuficiencia renal crónica controlada, en su país no hay profesionales capacitados para retirar biopolímeros, que hoy están de moda sobre todo en las mujeres.

“Somos libres de modificar nuestro cuerpo, pero siempre con condiciones seguras”: Lorena Beltrám

Cirugía Segura Ya es un movimiento liderado por Lorena Beltrán que impulsa la reglamentación de procedimientos plásticos y estéticos en Colombia. El proyecto de ley apenas ha sido aprobado en uno de cuatro largos debates en el Congreso.

Lorena denunció al que destruyó sus senos en un quirófano. Ese médico, que le recomendó aplicar gelatina sin sabor en sus heridas en una clínica ubicada en un sector exclusivo de Bogotá, tiene un título, de dudosa procedencia, convalidado por el Ministerio de Educación.

Es difícil denunciar a los inescrupulosos que deforman la vida de la gente. Al que atiende el teléfono, a la enfermera, a la carismática esteticista, al que tenía puesta la bata blanca. Es más fácil sentirse bruto, bruta, estúpido, estúpida, engañado, engañada. La mayoría de veces las víctimas prefieren callar. Que se haga justicia también cuesta. Quizás es preferible reconstruir lo dañado. Por supuesto, si hay dinero. Las 13 muertes documentadas por Medicina Legal en lo corrido del 2017 son los cuernos de una cabeza que, si la observas, frente a frente, es la cabeza de la muerte, que tiene la cola levantada. Bonita y más barata.

CROMO