Bienvenidos a Jetsondón, la ciudad supersónica que nunca despegó
Pablo Chiriboga Núñez/Guayaquil
En 1962 Los Supersónicos nos prometieron un futuro de autos voladores, casas flotantes y jornadas laborales de media hora. Sesenta años después, y con el reloj marcando el mismísimo 2062 en el que transcurría la serie, Samborondón decidió tomarse esa promesa muy en serio, aunque solo en la parte del colapso vial no es una queja, sino motivo de orgullo cívico. Cada vía que se atasca cumple con su deber sagrado, la Samborondón, la Ciudad Celeste, la del PAN, incluso la León Febres Cordero, esa que nos vendieron como la salvación de las tres anteriores, todas puntuales a su cita con el tráfico, como buenos empleados que jamás faltan a trabajar.
Y lo más alentador es que la solución sigue en marcha. Nuevos permisos de construcción, más plazoletas, más colegios, todo apretado en las mismas cuatro vías de siempre, porque para qué diversificar el flujo vehicular si el cielo, ese sí, está completamente despejado. Las últimas administraciones lo sabían con la misma certeza con la que Los Supersónicos predijeron el futuro. Los autos voladores estaban a la vuelta de la esquina, y otra vía adicional era gastar cemento en un problema que la ciencia resolvería sola.
El semáforo de siempre sigue ahí, con paciencia bíblica de quien sabe algo que los demás ignoran. No era negligencia, era estrategia. Para qué invertir en más carriles ni puentes peatonales si ya no va a haber más tráfico, si el carro de cada familia se pliega en un maletín y despega hacia Ciudad Celeste, dejando el asfalto libre para los que todavía no se enteran de que viven en el futuro.
El Tornero es el caso más brillante de la visión. En una sola calle angosta apretaron media docena de colegios y universidades, todos con la misma hora de entrada y salida. Cualquier urbanista mediocre hubiera visto un cuello de botella. Nuestros visionarios vieron una pista de despegue. La vía del PAN corre la misma suerte, sumando colegios y ahora una universidad más. Y como si fuera poco, ahora también le suman plazoletas y complejos de bodegas, atrayendo más tráfico pesado de camiones, aunque no hay de qué preocuparse, porque seguramente esos camiones también aprenderán a volar.
Y la prueba final de que la visión nunca fue un accidente, llega Mid Town, nueve torres con una sola entrada por Entre Ríos y, del otro lado, media cuadra que muere en el parqueadero de Santa Teresita, que abre y cierra según el horario de misa. Falso que eso sea un problema, es coherencia con el plan maestro, porque el proyecto entero está proyectado para el aire. Los Arcos tampoco necesitaba una salida alterna, necesitaba paciencia, porque el día que aterricen los primeros vehículos voladores esa esquina será un aeropuerto boutique.
Tenemos un municipio Jetson en todo menos en resultados, porque ahí donde George Jetson volaba a la oficina en segundos, aquí seguimos frenando en el mismo kilómetro de siempre, solo que ahora con la excusa perfecta, que el futuro ya llegó, nada más que todavía no aterriza.
