BAHÍA DE CARÁQUEZ: EL DERECHO A SEGUIR AMÁNDOLA
Por Lucy Angélica García Chica
Angie Lu García
Portoviejo/Manabí
(I
Después de tantos años, la ciudadanía ya no necesita que le expliquen nuevamente el problema. Necesita ver la solución.
Hay lugares a los que una no regresa, porque en realidad nunca se fue de ellos.
Bahía de Caráquez es uno de esos lugares para mí.
Aquí estudié mi secundaria. Aquí caminé tantas mañanas rumbo al colegio, llevando mis cuadernos y mis sueños de adolescente, mientras el mar azul acompañaba silenciosamente mis pasos.
Aquí escribí mis primeros versos.
Quizá por eso volver a Bahía no significa solamente regresar a una ciudad.
Es regresar a una parte de mi propia historia.
Y cuando una vuelve después de muchos años a un lugar que ama, descubre que ya no puede mirarlo únicamente con los ojos de la memoria.
También comienza a mirarlo con los ojos de la responsabilidad.
Bahía sigue siendo hermosa.
Su mar, su estuario, sus paisajes, sus atardeceres y esa particular geografía que la convierte en uno de los lugares más entrañables de Manabí continúan teniendo la capacidad de despertar asombro.
Pero debajo de esa belleza existen preguntas que ya no deberíamos seguir aplazando.
El agua: una pregunta demasiado antigua
Hay algo que todavía resulta difícil de comprender:
¿Cómo puede una ciudad turística, asentada frente al mar y junto al estuario del río Chone, llevar tantos años enfrentando dificultades con el abastecimiento de agua potable?
La pregunta no pretende buscar culpables.
Pretende buscar resultados.
Porque el agua no puede convertirse en una promesa que reaparece cada cierto tiempo en el discurso político.
No puede depender de quién llegue a una administración municipal.
No puede comenzar nuevamente desde cero con cada período.
El agua no es propaganda.
El agua es vida.
Durante años hemos escuchado explicaciones, proyectos, anuncios y promesas.
Pero después de tantos años, la ciudadanía ya no necesita que le expliquen nuevamente el problema.
Necesita ver la solución.
Y cuando se anuncian nuevas inversiones y proyectos, corresponde a la ciudadanía preguntar, legítimamente:
¿Cuándo estarán concluidos?
¿Cuál es el cronograma?
¿Cuál es el avance?
¿Qué organismo fiscaliza?
¿Y cuándo podrá una familia abrir finalmente el grifo con la tranquilidad de saber que el agua estará allí?
No es una pregunta política.
Es una pregunta ciudadana.
El Puente Los Caras: de lo imposible al deber de conservarlo
También está el Puente Los Caras.
Recuerdo cuando aquella obra parecía, para muchos, un sueño difícil de alcanzar.
Hoy forma parte del paisaje de Bahía.
Es una obra que une territorios, facilita la movilidad y tiene un enorme valor para la conectividad y el desarrollo de esta zona de Manabí.
Pero toda gran obra plantea una responsabilidad posterior a su inauguración:
el mantenimiento.
Construir es importante.
Conservar lo construido también.
Una obra de esa magnitud merece inspección, mantenimiento preventivo y una planificación permanente que permita evitar que el deterioro llegue a convertirse en una emergencia.
Las grandes obras no terminan cuando se inauguran.
Ese día comienza otra responsabilidad: cuidarlas.
Los cerros: donde la memoria debe convertirse en prevención
Y hay un asunto que me resulta todavía más sensible.
Los cerros.
Bahía conoce el dolor de los deslizamientos.
Hubo momentos en que la lluvia dejó de ser simplemente lluvia y la montaña dejó de ser paisaje para convertirse en tragedia.
Familias perdieron sus viviendas.
Familias perdieron sus pertenencias.
Y algunas perdieron a sus seres queridos.
Por eso, cuando se habla de nuevas construcciones en zonas altas o cercanas a laderas que pudieran presentar vulnerabilidad, mi primera reacción no es acusar.
