Opinión

BAHÍA DE CARÁQUEZ: EL DERECHO A SEGUIR AMÁNDOLA

Por Lucy Angélica García Chica
Angie Lu García

Portoviejo/Manabí

 

(II

 

 

 

Es preguntar.

¿Se realizaron los estudios de suelo correspondientes?

¿Se evaluó la estabilidad de las laderas?

¿Existe un informe técnico de riesgos?

¿Se está respetando la planificación territorial?

¿Quién autoriza?

¿Quién fiscaliza?

Y, sobre todo:

¿Estamos aprendiendo de nuestra propia historia?

No afirmo que una determinada construcción sea insegura sin que exista un estudio técnico que así lo establezca.

Precisamente por eso considero indispensable que esos estudios existan y sean conocidos.

Porque una familia tiene derecho a una vivienda.

Pero también tiene derecho a saber que el lugar donde construye su hogar no representa un riesgo que pudo haberse previsto.

Una casa no debería ser solamente un techo.

Debe ser también un lugar donde el miedo pueda dormir afuera.

Una ciudad no necesita solamente nuevas autoridades

Se acercan nuevos tiempos electorales y volveremos a escuchar propuestas.

Es natural.

Una democracia necesita propuestas.

Pero también necesita memoria.

A quienes aspiran a conducir los destinos de Bahía de Caráquez les pediría algo sencillo:

Háblennos de la Bahía real.

De su agua.

De sus cerros.

De su puente.

De su seguridad.

De su turismo.

De su empleo.

De su infraestructura.

Y no solamente de lo que se piensa hacer, sino de cómo, cuándo y con qué recursos.

Porque gobernar no significa únicamente inaugurar.

Gobernar también significa prevenir.

Planificar.

Mantener.

Escuchar.

Rendir cuentas.

Y tener la valentía de decirle a la ciudadanía la verdad.

Yo ya no vivo en Bahía.

Pero eso no significa que Bahía haya dejado de vivir en mí.

Aquí crecí.

Aquí estudié.

Aquí caminé hacia mi colegio.

Aquí nacieron mis hijos.

Aquí, mirando el mar azul, escribí mis primeros versos.

Por eso hoy regreso con una mirada diferente.

No quiero solamente que Bahía siga siendo una hermosa postal turística.

Quiero que sea una ciudad donde su gente pueda vivir dignamente.

Una ciudad donde abrir un grifo no sea una incertidumbre.

Donde una familia pueda construir su casa sin preguntarse si la montaña podrá sostenerla.

Donde una obra emblemática como el Puente Los Caras reciba el cuidado que merece.

Donde la seguridad y la prevención sean políticas permanentes y no solamente palabras de campaña.

Y donde el desarrollo no signifique simplemente construir más,

sino construir mejor.

Porque amar una ciudad no significa decir que todo está bien.

A veces amar una ciudad significa regresar después de muchos años, mirar el mismo mar que acompañó nuestros primeros sueños y tener el valor de preguntar:

¿Qué estamos haciendo para que nuestros hijos y nuestros nietos puedan seguir mirando este mismo mar dentro de cincuenta años?

Yo no escribo estas palabras como adversaria de nadie.

Las escribo como mujer.

Como madre.

Como escritora.

Como ciudadana.

Y como alguien que todavía siente que una parte de su vida quedó aquí.

En Bahía.

Frente al mar.

Donde alguna vez escribí mis primeros versos.

Y quizá por eso hoy siento que también debo escribir estas preguntas.

 

 

La autora es poeta y columnista internacional ecuatoriana