BACHILLERATO TÉCNICO-PRODUCTIVO: EL PUENTE ENTRE LA ESCUELA Y LA EMPRESA FAMILIAR
Ing. Agr. Jenny Triviño Eguez.
Foro Agropecuario Ecuatoriano. Ex Rectora del Colegio Galo Plaza Lasso
El futuro de miles de empresas familiares no depende solo del capital o del mercado. Depende de si hay alguien preparado para tomar el relevo cuando los fundadores se retiren. Y ahí es donde el bachillerato técnico-productivo deja de ser una opción secundaria para convertirse en una política urgente.
Hoy como maestra jubilada y conociendo la realidad que me inspira a escribir este artículo, propongo que el bachillerato técnico debería ser obligatorio en todas las instituciones públicas y privadas de segundo nivel. No es una idea radical. Es sentido común. Hoy salen del colegio dos perfiles de jóvenes: los que pueden continuar a un tercer nivel universitario y los que, por economía o vocación, no lo harán de inmediato. Ambos salen con un diploma académico que rara vez les permite generar ingresos por sí mismos. La pregunta incómoda es válida: ¿quién le da trabajo a un chico que no sabe nada y no tiene experiencia en nada?
La educación técnica responde justo a eso. En lugar de formar solo para memorizar teoría, forma para hacer, recuerdo mi paso como rectora del prestigioso colegio Galo Plaza Lasso de Daule en donde el lema es aprender haciendo, se forman a los jóvenes con vocación agrícola para que tomen la antorcha de la empresa familiar. Lo mismo debe suceder en otras ramas como electricidad, mecánica, agroindustria, carpintería, panadería, diseño digital, contabilidad práctica, mantenimiento de equipos. Son oficios con demanda real, muchos vinculados directamente a la economía local y a los negocios que sostienen a las familias desde hace décadas. Cuando un joven sale con competencias certificadas, deja de ser “alguien sin experiencia” y se convierte en mano de obra calificada desde los 17 años.
Para la empresa familiar esto significa supervivencia. La panadería, el taller mecánico, la finca, la ganadería, la ferretería, el taller de costura no se sostienen con buenas intenciones. Necesitan hijos, sobrinos o jóvenes de la comunidad que entiendan el oficio, lo mejoren y lo modernicen. Si el relevo generacional falla, no es por falta de ganas. Falla porque durante 12 años de escuela no se enseñó el oficio que sostiene la casa. Un bachillerato técnico-productivo cambia eso. Convierte el traspaso del negocio en una continuidad natural, no en un salto al vacío.
Y para el joven que sí va a la universidad, el técnico tampoco sobra. Le da autonomía y criterio práctico. Un ingeniero que ha usado un torno diseña mejor. Un administrador que llevó inventario real no se pierde en su primera pasantía. Un médico que sabe manejar equipos técnicos responde distinto en una emergencia. El técnico no compite con la universidad, la complementa. Además, sirve para la vida diaria: sembrar nuevos cultivos, decidir sobre las nuevas tecnologías de producción, reparar algo en casa, emprender un ingreso extra, no depender de otros para lo básico.
Hay que dejar de satanizar la educación técnica. El estigma viene de una idea vieja que asocia “técnico” con “fracaso académico”. Los datos económicos dicen lo contrario. En muchos países los oficios calificados tienen escasez de personal, mejores ingresos iniciales que varios trabajos de bachiller académico, y rutas claras hacia el emprendimiento. Desde temprano, un joven puede generar valor, aprender en la práctica y construir capital social y financiero. Eso es movilidad real, no promesas.
Hacerlo obligatorio no significa imponer una sola especialidad a todos. Significa garantizar que cada estudiante salga con al menos una competencia productiva útil, elegida según su vocación y la demanda de su región. Los colegios públicos y privados tienen la capacidad de articularse con gremios, cámaras de comercio y empresas locales para que la formación sea práctica, no solo teórica en un aula. Laboratorios, talleres, pasantías en la misma empresa familiar: ese es el aula que forma.
Si queremos que las empresas familiares no mueran con la primera generación, que los jóvenes no tengan que migrar por falta de oportunidades, y que el país deje de importar técnicos que puede formar aquí, el camino es claro. El bachillerato técnico-productivo es el puente entre la escuela y el trabajo real. No es un plan B. Es el plan A para conservar lo construido y para que la próxima generación herede algo más que un nombre: un oficio vivo, rentable y propio.
