Opinión

*AUSCHWITZ O EL INFIERNO*.

Jaime Flores Ojeda/Guayaquil

 

27 ᴅᴇ ᴇɴᴇʀᴏ *ᴅɪ́ᴀ ɪɴᴛᴇʀɴᴀᴄɪᴏɴᴀʟ ᴅᴇ ᴄᴏɴᴍᴇᴍᴏʀᴀᴄɪᴏ́ɴ ᴇɴ ᴍᴇᴍᴏʀɪᴀ ᴅᴇ ʟᴀs ᴠɪ́ᴄᴛɪᴍᴀs ᴅᴇʟ ʜᴏʟᴏᴄᴀᴜsᴛᴏ*.

Hace poco tiempo, antes del inicio de la pandemia, tuve la oportunidad de estar en el complejo de Auschwitz, formado por diversos campos de concentración y exterminio de la Alemania nazi. El viaje en auto desde Varsovia a Cracovia, dos ciudades de las más bellas de Europa, en la mañana con un clima agradable de agosto, fue similar en el lugar objetivo, a 2 km. de la ciudad industrial de Oświęcim, en la carretera nacional 933. Primero unas fotografías en la puerta de hierro, entrada principal a Auschwitz I, que era el campo de concentración original y centro administrativo, que comenzó su construcción en abril de 1940, donde se lee «Arbeit macht freí» («El trabajo libera») que muestra el inicio de una de las tantas horrendas hipocresías y cinismos de Hitler, que al trabajo le convirtió en otra forma de genocidio.

Antes de pasar a la primera barraca del ahora Museo, muy bien conservado y mantenido, se da la bienvenida a los visitantes con la expresión del filósofo, ensayista, poeta y novelista español George Santayana, escrita en polaco y en inglés: *»Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo»*, que dice todo al mundo.

Luego de recorrer sitios que muestran la crueldad y bestialidad sin límites de los nazis, entre ellas, los laboratorios del médico Josef Mengele, apodado «El ángel de la muerte», que realizó crueles y espantosos experimentos por la obsesión que tenían con su pervertido jefe de mejorar la raza aria, vinieron unas fotografías a hurtadillas, ante el horror de ver las dos montañas de zapatos y cabellos humanos, que mereció la observación no tan cordial de un guardia polaco, que hizo reflexionar en el valor del respeto a la memoria de las víctimas del Holocausto. Después, cerca de 3 km. a Auschwitz II Birkenau, que inició la construcción en octubre de 1941, donde a través de la denominada puerta del infierno se ingresa al campo más grande de exterminio de 175 ha. dividido en secciones delimitadas con alambre de púas y verjas electrificadas, con las cámaras de gas donde se dio la matanza sistemática de niños, mujeres y hombres y donde se ven los sitios donde eran enterradas masivamente las personas fusiladas, algunas vivas y heridas y, finalmente, los hornos crematorio, conociendo que allí operaron 46 de los 66 diseñados por la ingeniería alemana nazi en su territorio y en el de su expansionismo.

Luego de tres a cuatro horas de recorrido, se necesita estar un buen tiempo sentado y en silencio, con una sensibilidad extraña que recorre todo el cuerpo y lleva a las lágrimas que ayudan a recuperarse del impacto, que los pocos años que han pasado no han hecho olvidar y queda corto cualquier relato o documental.

Hoy, 27 de enero, es el *Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto*, establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2005, para rendir un tributo a la memoria de las víctimas y comprometer la lucha contra el antisemitismo, el racismo y cualquier otra forma de intolerancia humana, como recuerdo que un sábado 27 de enero de 1945, fueron liberados por los soldados soviéticos de la División de Infantería 322 del frente ucraniano, 2.819 seres humanos supervivientes que no pudieron ser eliminados por los nazis como pruebas del horror, que deambulaban hambrientos, enfermos, agotados y moribundos.

El testimonio de Yakov Vincenko, un joven de 19 años, veterano de la Segunda Guerra Mundial que se incorporó a las filas del Ejército Rojo en 1941, ratifica lo que muchos calificaron después, que traspasaron la puerta del infierno que fue el mayor campo de concentración y exterminio de la historia de la humanidad y el más sanguinario, donde asesinaron alrededor de 1.1 millones de personas. Las fotografías que se ven en el Museo Auschwitz, dan fe de lo expresado por el joven soldado ruso.

_»Atravesé la primera alambrada a las cinco de la mañana. Estaba oscuro. En la sombra advertí una presencia. Se arrastraba en el barro, ante mí. Se dio la vuelta y apareció el blanco de unos ojos enormes, dilatados. Estaba ante un muerto viviente. Detrás de él intuí decenas de otros fantasmas. Huesos móviles unidos por una piel seca y envejecida. El aire era irrespirable. Había un olor mezcla de carne quemada y excrementos. Avanzamos sin decir una palabra”_.