Opinión

Asombro, ¿en vía de extinción?

Jorge Gallardo Moscoso/Guayaquil

 

La vida cotidiana reconoce al asombro como una necesaria manifestación humana. Pues, algo que inesperadamente aparece produce sensaciones especiales y de las más variadas en la mente y en el comportamiento de cada persona. Las experiencias de admiración, sorpresa, perplejidad, desconcierto y tantas más provocan en el individuo particulares estados de ánimo y reacciones ante lo que descubre como nuevo, insólito, increíble. ¡No puede ser cierto! ¡Es imposible imaginarlo! ¡Inimaginable que haya sucedido!, son, entre otras tantas, expresiones comunes ante lo atípico.

Aunque parezca mentira, al ser humano le gusta ser sorprendido y ser sometido a desafíos de comprensión. Entiende de esa forma que aprende sobre algo inédito, flamante, que lo que era percepción es una realidad o viceversa, que lo extraordinario -para mal o para bien- es excepcional, que la curiosidad amplía la inteligencia y rebasa al acostumbrado discernimiento. Sí, las cosas raras, extrañas, infrecuentes, peculiares, sobrenaturales causan asombro y a la gente, créanlo, le complace asombrarse.

Y, ¿a qué viene el cuento de todo esto? A que, en Ecuador, al parecer, esa estupenda condición, la de tener ‘capacidad de asombro’, está extinguiéndose -si no ha desaparecido ya entre un gran porcentaje de la población-, a consecuencia de aceptar tal si fuera habitual una serie de hechos, sobre todo relacionados con el delito en todas sus formas porque son “noticia” corriente, diaria. Sicariato, terrorismo, narcotráfico, narcopolítica, extorsión, secuestro, justicia corrompida y corruptora, entre más crímenes, pese a ser execrables, abominables, repugnantes, se han vuelto como el pan de cada día y muy pocos son los asombrados. La mayoría no encuentra motivos para hacerlo.

Lo que sucede no se trata de algo sin importancia porque, según entendidos en la materia, la apatía e indiferencia ante sucesos para nada normales, más todavía en un país que hasta hace poco era considerado una “isla de paz”, benefician a las “élites corruptas”. Estas tienen la certeza de que a la mayoría no les asombra ni sorprende su accionar, casi que les parece usual, ordinario.

En fin, el tema debe llamar la atención, particularmente al gobierno central de turno, para que los hechos extraños a una convivencia social ordenada sean reconocidos como tales e inviten al asombro y a la reacción propia de un pueblo digno, al que no se lo deba encontrar jamás dormido, narcotizado, apabullado y resignado.