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Así se vive y trabaja en barrios que consideran peligrosos en Guayaquil

Los costales de arena están justo detrás de la pared que da a la calle. Son más de seis bultos que se colocaron a manera de barricada. José, un hombre que vive en el Guasmo Sur de Guayaquil, cuenta que esta fue la única forma que encontró para protegerse de los disparos. Su casa está ubicada cerca del sector que es conocido como la Playita del Guasmo.

Desde el 2020 dice que más de 15 personas han sido asesinadas en los alrededores de su vivienda y en dos ocasiones las balas traspasaron las paredes de bloques con las que edificó la fachada de su hogar.

Por eso, el hombre cuenta que decidió poner los costales y atrincherarse como en las películas. A sus dos hijos de 10 y 12 años también les tiene prohibido salir de la vivienda, a partir de las 18:00.

Los niños saben que es peligroso por la ola de violencia en este sector. No solo por los consejos de sus padres, sino porque los profesores también les dicen que se cuiden.

En el Guasmo Sur, la gente vive con miedo. No hablan con extraños y los pocos que se atreven a decir lo que pasa lo hacen por teléfono y bajo la reserva de su nombre.

Ese es el caso de Luzmila (nombre protegido). Ella es profesora en una de las escuelas de este sector. La docente cuenta que trabajar en el Guasmo Sur “es cosa seria”. Desde antes de la pandemia dice que ya los chicos mostraban indicios de que veían en sus casas actos de violencia. “Cuando uno les pide que dibujen qué les gusta, grafican motos, carros y hasta armas. Cuando les preguntamos por qué les gusta estos objetos siempre dicen que un tío, un primo o un hermano los tienen en casa”.

La profesora también dice que es común ver a los niños dibujarse animales en los brazos. Según la maestra, eso es porque observan los tatuajes que tienen sus familiares. Aunque ella da clases solo a niños entre 7 y 10 años, cuenta que los problemas más graves los tienen los estudiantes que son adolescentes. Al año hay una deserción de al menos 15 estudiantes en todo el plantel educativo.

Cuando los niños no se acercan
La Policía también sabe de esto y cuenta que es porque los pequeños son captados por las mafias para algunas funciones. Una de estas es la de campanero. Los pequeños pasan en las calles viendo si llegan policías o militares para luego advertir de esa presencia a los miembros de las bandas.

Los agentes cuentan que cuando llegan a los barrios los niños se alejan o los miran desafiantes.

“Uno se da cuenta de que el barrio es peligroso cuando los niños no se acercan. Uno como policía ha estado en comunidades de la Sierra y de la Amazonía del país. Allí uno llega con la patrulla, la sirena y los niños enseguida se acercan. Acá en el Guasmo no. Más bien tienen una mirada agresiva y los jóvenes incluso salen con cuchillos como para intimidarnos”, dice un oficial que trabaja en el circuito del distrito Sur.

Este sector es considerado uno de los más peligrosos. Solo en este año ya se contabilizan 75 muertes violentas. Esa cifra está cerca de duplicar los 45 casos que se registraron en todo el 2021.

Lo difícil de ser transportista
Los estragos de la violencia no solo los sienten los policías y maestros. Los choferes de buses de transporte público también dicen que cada vez es más difícil trabajar en esas zonas.

Por ejemplo, en Pascuales, una parroquia al norte de Guayaquil, los conductores optaron por tener un machete o un palo en sus buses.

Allí se han registrado 57 asesinatos en lo que va del año. “En mi bus se han metido en el último año cuatro veces a robar. Una vez me apuntaron con una ametralladora de esas que salen en las novelas de narcos. Se llevaron todo de todos los pasajeros. La Policía nunca llegó”, cuenta uno de los afectados.

Los traileros tienen temor cada vez que van a los puertos. Alrededor de estos sitios hay barrios considerados de alta peligrosidad como la Isla Trinitaria. En la avenida Perimetral todos los días se puede observar largas filas de camiones esperando entrar a los puertos.

Eduardo es un transportista quiteño que va dos veces a la semana a Guayaquil. Él cuenta que cada año ha tenido que cambiar hasta ocho veces de celular por los múltiples asaltos de los que ha sido víctima.

“Me han robado sentado en el carro, comiendo en un restaurante, haciendo mecánica, conversando con amigos y hasta cuando estoy en el baño. Esto es pan de todos los días. La última vez se llevaron las llaves del camión y hasta la mascarilla. Yo cuando ya los veo que vienen con pistolas solito me saco todo y les entrego. Les digo toma mijo, pero no me hagas nada”, cuenta

 

– El Comercio