Opinión

Argentina debe salir de la zona de promesas

Por tercera vez en poco más de un mes, Argentina nombró el 3 de agosto a un nuevo ministro de economía: Sergio Massa. Este abogado es una de las tres patas de la sociedad política que mantiene unido al Frente de Todos, el partido que gobierna en este momento el país.

Su ingreso, después de semanas especulaciones sobre su posible entrada al gabinete, buscó ordenar la compleja situación que atraviesa la economía, con la subida de los dólares no intervenidos a niveles récord como síntoma principal. La señal fue clara: la política busca ordenar, con un jugador político con peso propio, el desorden político que había profundizado la crisis económica. Parece un juego de palabras, pero no lo es.

Sergio Massa es un político de carrera. Fue jefe de Gabinete durante la primera presidencia de la actual vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, entre 2008 y 2009. Luego de eso tuvo fuertes disputas y llegó incluso a enfrentar al kirchnerismo en las urnas en 2013, obteniendo en ese momento resultados favorables para su espacio político. Pero la presidencia de Mauricio Macri los volvió a juntar y, producto de una alianza electoral con todos los sectores del peronismo, lograron llegar nuevamente al gobierno en 2019. Massa fue parte de ese proceso de unidad.

Con casi todas las áreas de la economía a su cargo, el ingreso de Massa al gabinete le permitió al gobierno ordenar las disputas internas sobre la conducción de la economía y, con esto, dar una señal concreta de quién tomará las principales decisiones de política económica, algo que esperaban no solamente los actores de más peso sino también la ciudadanía.

El establishment económico argentino, con el cual Massa tiene vínculos aceitados, recibió su designación con beneplácito. Pero la urgencia sigue ahí, en forma de reservas internacionales que se escurren de las arcas del Banco Central a un ritmo preocupante (en los primeros cinco días de agosto ya perdió 700 millones de dólares). El recambio de figuras en el gabinete no implicó salir de la urgencia. Por este motivo, el nuevo ministro aseguró que conseguir dólares será una de las cuatro patas de su política económica.

Pero, ¿por qué es tan importante que el Banco Central consiga dólares? Porque, si no lo hace, será cada vez más difícil evitar una devaluación de la moneda nacional y ese sí sería el abismo, social y políticamente hablando.

El pasado jueves por la noche, apenas 24 horas después de asumir el cargo, el Ministerio de Economía le aseguró a la prensa que el nuevo funcionario tiene “absoluta libertad” para tomar las decisiones que crea convenientes. En esto hay una diferencia sustancial con sus predecesores, que no tenían aval público por parte de la vicepresidenta o eran abiertamente cuestionados por ella. Pero mantener el respaldo de la socia mayoritaria no es el único desafío para Massa. También deberá administrar tensiones con las organizaciones sociales que tienen presencia en los barrios populares y que son la cara del gobierno con aquellos que más sufren con el impacto de la descontrolada subida de los precios. Solo en julio, los alimentos subieron 11% en las afueras de la Ciudad de Buenos Aires, una de las zonas en donde se concentra la mayor proporción de la población en situación de pobreza. Que alimentarse sea cada vez más difícil se traduce en Argentina en presión en la calle, descontento y movilizaciones. Y eso, también, genera desgaste político.

Hay una tentación de los líderes argentinos por narrar o construir su propia imágen como refundadores de un nuevo país. Una especie de “ahora sí” nos va a ir bien, asociado a una persona o un proyecto político específico que renueva, de alguna manera, la expectativa o la ilusión de que eso puede ser cierto. Si bien en la conferencia de prensa Massa se ocupó de decir que no era un “salvador”, algunos de quienes lo acompaña ya han jugado con la idea de “superministro”.

La situación crítica sigue ahí, amenazando el futuro y el bolsillo de todas las personas que viven en Argentina. Sea quien sea quien decida, el país debe salir de la zona de promesas. Ahora solo alcanzan resultados.

 The Washington Post