Opinión

Aquel paradero de bus, donde se espera un bus que nunca va a pasar

María Cristina Menéndez Neale

Cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

Una anciana pedalea su bicicleta destartalada de color amarillo a un ritmo despacio, en un camino de tierra y de piedras, rodeado de hierba mala, que esconde una que otra flor y rosa con espinas. Lleva consigo unas rosas en una pequeña canasta, que está amarrada en la parte frontal de la bicicleta. El sol está empezando a caer, y ella finalmente frena la bicicleta junto a un paradero de bus, donde hay un hombre que la observa en silencio.

Ella se baja, apoya su bicicleta a un costado del paradero y se acerca con las rosas hacia una cruz blanca de madera, incrustada en la tierra, entre la hierba mala y el camino de tierra, a tan solo unos dos metros de un costado del paradero y la bicicleta.

El hombre observa cómo aquella anciana se acuclilla tratando de acomodar aquellas rosas que se pierden entre la hierba; de pronto, ella regresa a su bicicleta, observa al hombre, con el que hace contacto visual por cinco segundos, agacha su cabeza y saca de la canasta una tijera de uñas. Regresa hacia la cruz, y empieza a cortar una a una, las hierbas que tapan las rosas que se encuentran apoyadas contra la cruz. Se levanta y regresa a la bicicleta y vuelve a observar al hombre, de ojos claros y penetrantes, quien la contempla sin ninguna expresión.

–¿Qué hace ahí sentado?

–Esperando al bus –dice el hombre, esta vez, contemplando de un lado a otro el paradero de bus y la banca de éste, sobre la que se encuentra sentado.

–Aquí no pasa ningún bus, joven.

–Eh… yo creo que sí, señora –dice el hombre señalando con las dos manos abiertas el paradero donde se encuentra sentado.

–A veces las cosas no son lo que parecen ser –dice la anciana, trepándose a la bicicleta –. Aquí no pasa ningún bus –el hombre se queda callado y ve marchar a la anciana quien pedalea despacio y con fuerza aquella bicicleta amarilla.

Pasa una hora desde que se fue la anciana, pasa otra, y otra, y ningún bus pasa por ahí. El hombre toma una funda de basura, donde tiene un poco de ropa, se levanta y empieza a caminar unos veinte metros detrás del paradero de bus, donde hay una casita de cemento sin pintar, y un perro de una raza desconocida, amarrado a un macetero de color rojo deteriorado, que tiene solo tierra, todavía no aparece ninguna planta en éste.

El perro empieza a ladrar cuando ve al hombre acercarse a la casa. Una mujer asoma por la puerta de la casa y grita:

–¡Lorenzo! ¿Otra vez no pasó el bus? –el hombre permanece en silencio. Camina hacia ella y le planta un beso en la mejilla mientras ignora los ladridos de aquel perro.

–No… por lo que vengo a quedarme otra noche más contigo, si no te importa.

–No, esta noche no me importa –le dice ella mientras lo toma del brazo y lo dirige a su habitación.

El gallo canta, Lorenzo abre sus ojos y de inmediato dirige su mirada a su lado. La mujer ya no está en la cama con él. Se levanta de un brinco y la busca por la casa, donde no está. Sale de la casa, y la ve acuclillada al pie del macetero rojo deteriorado, colocando un plato de comida para el perro, quien ahora ignora a Lorenzo por olfatear su plato de comida.

–¿Ya te vas? –le pregunta la mujer a Lorenzo, quien sigue acuclillada, contemplando al perro masticar con mucha rapidez.

–Pensaba irme una vez que haya tomado un buen desayuno –le dice Lorenzo, quien solo viste un pantalón caqui, apoyándose a la pared con un hombro, y acariciando su pequeña barriga con sus dos manos.

–¿Huevo revuelto, huevo duro, o huevo frito? –esta vez fijando su mirada en los ojos penetrantes de él.

–Lo que tú prefieras, pero por favor acompáñalo con algo más; con algún arroz, con algo más, porque seguro me va a tocar esperar todo el día de nuevo.

–Lorenzo…esta noche ya no puedes regresar acá. ¿Cuál es ese paradero de bus al que vas a esperar?

–El que está aquí cerca – dice Lorenzo con una voz entrecortada.

–Ya te he dicho que ningún bus pasa por ahí. Tienes que caminar hacia la carretera y ahí hacer dedo.

–No seas terca, mujer. Está clarito que pasa, sino, ¿qué sentido tiene entonces que exista un paradero de bus, donde no pasa ningún bus?

–Pues no lo sé… capaz lo hizo alguien clandestinamente. O no sé si notaste pero se lo ve viejo, capaz esté en desuso… pero que yo sepa, jamás ha pasado un bus por aquí.

–Las cosas están por algo, mujer. Si existe ese paradero de bus, es porque pasa un bus, y si no, la razón por la que existe es para quedarme.

–Lorenzo, ya tienes cuatro días desde que apareciste, esperando el bendito bus. Y en mi casa ya no puedes venir más.

–¿Por qué no?

–Porque no.

La mujer entra a la casa y empieza a preparar el desayuno. Lorenzo va detrás de ella y se sienta en la silla y apoya su cabeza sobre sus puños, cuyos brazos están apoyados sobre la mesa. Entre ellos, un mantel de tela con flores bordadas.

La contempla sin cesar, cada paso que ella hace, desde que rompe lo huevos, los revuelve, los coloca en el sartén, los revuelve de nuevo, hasta colocarlos en un plato con arroz y unos fréjoles que ella ya tenía preparado de la cena, de la noche anterior.

Lorenzo sale de la casa y empieza a caminar hacia el paradero de bus, ignorando los ladridos del perro, quien trata de atacarlo a sus espaldas, pero la cuerda que lo sujeta al macetero no se lo permite.

Llega al paradero, se sienta en la banca con sus piernas estiradas y cruzadas, con un pie encima del otro. Pasa una hora, pasan dos horas, pasan cuatro horas, pasan ocho horas. El sol cae, y por ese camino no ha pasado nadie, solo un par de gallinas picoteando las pequeñas piedras de la tierra, y un pequeño zorro que las atacó y las mató, pero solo logró llevarse una para comérsela.

Lorenzo se levanta y empieza a caminar hacia la casa de la mujer. Pausa su caminar por unos segundos, recordando las últimas palabras de ella con respecto a no regresar; pero Lorenzo se ríe un poco, mueve su cabeza de un lado para el otro y continúa su caminar hacia la casa, donde los ladridos del perro se pierden entre la música que proviene de la cocina.

Toca la puerta, pero nadie responde. <<Capaz no escuchó>>, la vuelve a tocar, pero no hay señal de que alguien se vaya a acercar a abrirle. Lorenzo abre la puerta y se lleva una sorpresa. Se encuentra a la mujer sobre la mesa de la cocina con su falda subida hasta la cintura. Sobre ella, un hombre, cuyas caderas y nalga las mueve de atrás hacia delante, y de adelante hacia atrás.

Lorenzo sale de la casa, saca un encendedor de su bolsillo y empieza a quemar la cuerda que tiene al perro atado al macetero. Una vez que la cuerda se parte en dos, el perro está por saltarle encima, pero Lorenzo saca de su funda la gallina que el zorro no pudo llevarse, y la tira dentro de la casa. El perro sale corriendo detrás de ésta, provocando gritos que ahora acompañan a la voz cantante del reggaeton, junto a los ladridos y gruñidos del perro.

Lorenzo regresa al paradero de bus, y se recuesta en la banca, boca arriba, usando como almohada la funda de basura que guarda algunas prendas de él. La noche se va, y sale el sol. Lorenzo empieza a despertar. Siente que alguien le está tocando el pecho. Abre los ojos, y ve que la anciana de la bicicleta amarilla destartalada le está colocando algunas de sus rosas sobre su pecho.

–Oiga, oiga, ¿acaso piensa que estoy muerto? –la señora salta hacia atrás, tropezando y cayendo de nalgas sobre la tierra. Lorenzo se levanta y se acerca hacia ella para ayudarla a levantarse, pero ella se niega con la mano.

–No te me acerques. Yo puedo sola –se levanta con mucha rapidez, pero el esfuerzo se le nota en su cara; frunce el ceño y los ojos, y esconde sus labios hacia dentro.

–Usted sí que es ágil –dice Lorenzo, penetrando su mirada en los ojos de la anciana. El rostro de ella no muestra ninguna expresión ante el comentario de él.

–Pásame las flores que te di –Lorenzo las recoge del suelo, y se las coloca en la canasta de la bicicleta. La anciana, quien sigue parada frente a la banca del paradero, solo contempla la acción de él.

–¿Así que el bus no pasa por aquí?

–Le advertí que no.

–Para mí las cosas están por algo. Este paradero tenía que estar para que pase el maldito bus, o porque debía quedarme, pero nada.

–Para quedarse muerto será –Lorenzo suelta una corta carcajada mientras que la anciana solo lo mira –. A veces las cosas solo están por estar. Así de simple. Así que camine recto por este camino y llévese su terquedad. En unas dos horas sale a la carretera, y ahí seguro que pasa no un bus, sino que muchos.

Lorenzo no dice nada. Solo asiente con la cabeza y se vuelve a sentar en la banca del paradero de bus. La anciana deja las rosas apoyadas contra la cruz blanca de madera, se trepa en la bicicleta y empieza a andar, señalando con el dedo índice el camino a Lorenzo, quien sigue sentado contemplando como se va alejando de ahí.

Pasa una hora, pasan dos horas, pasan cuatro, luego ocho horas. El sol se esconde, las estrellas empiezan a brillar, y Lorenzo decide levantarse e inicia el camino hacia la carretera, alejándose de las cosas que en algún momento pensó que tenían sentido.

Las opiniones vertidas en el medio son de responsabilidad del autor.