APORTE CIUDADANO PARA EL ECUADOR
Sergio V. Platonoff M.
Tomado del Block LIBERTARIOS – Quito.
Reflexiones para fortalecer nuestra República
EL EJEMPLO TAMBIÉN GOBIERNA
La coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos constituye el verdadero fundamento de la autoridad moral. La autoridad legal se recibe mediante la ley; la autoridad moral se conquista cada día con ética, coherencia y vocación de servicio.
Las leyes organizan la vida en sociedad y confieren autoridad para ejercer una función. Sin embargo, ninguna norma puede otorgar aquello que solo las acciones hacen posible: la confianza, el respeto y la credibilidad. Esos atributos nacen de la coherencia y se fortalecen con el ejemplo.
El ejemplo nunca es indiferente. Educa, inspira y fortalece un comportamiento ético cuando refleja integridad, responsabilidad y espíritu de servicio. Pero también puede producir el efecto contrario. Cuando quienes ejercen autoridad actúan de manera incoherente, transmiten un mensaje equivocado y contribuyen a debilitar la confianza en las instituciones y en la vida pública.
A mayor autoridad, mayor responsabilidad. No únicamente porque las decisiones afectan a un mayor número de personas, sino porque el ejemplo ejerce una influencia más profunda sobre la sociedad. Quien ocupa un cargo de responsabilidad representa a una institución y, con su conducta, puede fortalecer o debilitar su legitimidad.
Quienes reciben la confianza de los ciudadanos mediante el voto o el ejercicio de una función pública aceptan también una responsabilidad ética superior. Su conducta no solo determina la calidad de una administración; también contribuye a fortalecer o debilitar la confianza que la sociedad deposita en sus instituciones.
La autoridad moral no depende del poder que se ejerce, sino de la coherencia con la que se vive. Ningún discurso puede sustituir el valor de un ejemplo íntegro. La ciudadanía observa las decisiones, pero también la manera en que se administran los recursos públicos, se cumplen los deberes y se respetan los principios que deben orientar el servicio a la Nación.
Esta reflexión no se limita a quienes desempeñan funciones públicas. Todos influimos, de una u otra manera, en quienes nos rodean. En el hogar, los padres educan principalmente con su ejemplo; en la escuela, los maestros enseñan tanto por su conducta como por sus conocimientos; y, en la sociedad, cada ciudadano contribuye a fortalecer o debilitar la cultura cívica mediante sus acciones cotidianas.
Por ello, el ejemplo constituye una responsabilidad compartida. Una sociedad que valora la honestidad, el cumplimiento del deber y el respeto por la ley crea mejores condiciones para fortalecer sus instituciones y consolidar una República basada en la confianza y el bien común.
Los cargos son temporales; el ejemplo permanece. La autoridad legal concluye al finalizar una función. La autoridad moral, en cambio, permanece en la memoria colectiva. La historia suele recordar con respeto a quienes sirvieron con integridad y también deja como advertencia a quienes traicionaron la confianza que la sociedad depositó en ellos.
Aspiro a un Ecuador donde la autoridad inspire más por el ejemplo que por el poder que ejerce; donde el servicio público sea entendido como un compromiso con la Nación; y donde la coherencia vuelva a ser una de las principales fortalezas de nuestras instituciones.
Porque el ejemplo también gobierna. Fortalece o debilita la autoridad, inspira o desorienta a la sociedad y deja una huella que trasciende generaciones. La fortaleza de una República no depende únicamente de sus leyes, sino también de la integridad de quienes las aplican y del compromiso de cada ciudadano con los valores que las sustentan.
¿Estamos dispuestos a construir esa autoridad moral mediante la coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos, para contribuir al Ecuador que queremos dejar a las futuras generaciones?
Proyecto editorial
Aporte Ciudadano para el Ecuador
