Deportes

Antonio Aguirre Avilés

Merecido homenaje hípico a un gran personaje de este deporte, quien vio en los caballos una pasión que la trasmitió a sus hijos.

GUAYAQUIL. Disentimos muchas veces, nos amigamos siempre, casi de inmediato, defendía su verdad, en ocasiones hasta subiendo el tono de voz, pero cuando le demostraban su error lo admitía sin añadir palabras.

Aparentaba soberbia, prepotencia y hasta arrogancia, por su físico y tono de voz, pero era lo contrario, sencillo, modesto, espléndido y magnánimo; le daba lo mismo un almuerzo o cena en el Club de la Unión o en el Tennis Club que un sánduche en el kiosko de Luque y Morro o un seco en las Carretillas del Malecón.

En los inicios de la segunda mitad del siglo anterior era junto a Miguel Salem y Vicente Novillo la “savia nueva” de la hípica porteña y lograron  lo que parecía una quimera, una utopía, un sueño, regresar las carreras a Guayaquil, construyendo el hermoso “Santa Cecilia” , cometieron errores, muchos menos de lo humanamente previsible, y fueron criticados, siempre por los que nunca hicieron nada, por lo que nunca intentaron nada.

Pequeñas cosas, minúsculos detalles que me llegan fácil a la memoria, con pico y lampa abriendo surcos para que corra el agua días previos a la inauguración del “Costa Azul”, empujando el Partidor atascado en el lodo al cierre de la temporada del “Santa Cecilia”, entrando el invierno, empujando caballos en la rampa del Vapor allá en el Muelle de Puerto Bolívar, llenando a mano los formularios de la “Gallina Ciega” en la oficina de Socoín Ltda., arengando a los asistentes a rematar caballos en su calidad de Martillero, o sencillamente atendiendo en las ventanillas del primer Bolódromo de las calles Boyacá y C. Ballén donde se hicieron los fondos  iniciales para emprender la construcción del Ovalo de Mapasingue. Tantas y tantas anécdotas sobre el buen ‘Antuco’ que jugaba de local en los Hipódromos limeños “Santa Victoria”, “San Felipe” y “Monterrico” donde lo querían como a un hermano.

El Stud Book Ecuatoriano fue su último gran legado a la hípica nacional, igual que las decenas y decenas de sobresalientes caballos que trajo al país, desde Peter Flower, Osprey, Attaché, Haribal, Granizo, Prócer, Parcial y Gaditano, legítimos primera serie de “San Felipe”, hasta  los baratos chiclayanos Pilotín, Pilo, Karim, Montenegro, Cocoseco y Negro Almeida, sin dejar de lado el aporte anual de una decena de nacionales del Haras “Las Cuadras” de su compadre y entrañable amigo  don Augusto Saá Cousín.

Nada le era ajeno en las cosas del turf a este infatigable trabajador, noble y leal amigo que hubiera sido reelegido por unanimidad junto a Salem y Novillo por todos los miembros de la familia hípica para  que siguieran al frente de la hípica ecuatoriana durante muchos años.

Los continuadores en esta pasión llamada Hípica lo recordamos de manera reverente y sincera con un sólido y emotivo batir de palmas al momento de los honores. (Silvio Devoto Passano/La Nación)