Opinión

Antídoto sismo resistente

Gonzalo Silva Rivas

gsilvarivas@gmail.com

@Gsilvar5

Diario El Espectador de Colombia

Aunque desastres naturales como el que padece la vecina Ecuador afectan la actividad turística de las zonas afectadas, no son pocos los casos en los que se utilizan para sacarle dividendos a la industria.

De tiempo atrás se vienen empleando como gancho comercial para paliar las crisis socio económicas que arrastran o para beneficiar intereses particulares, promoviendo esa sombría oferta de dramas y miserias que los batatazos de la naturaleza le producen a la humanidad.

En 2009, tras el terremoto de Yunnan, en China, donde se destruyeron más de cuarenta mil casas, las autoridades lanzaron el programa “Turismo de Desastres”, encaminado a estimular la llegada de viajeros hacia las zonas afligidas, con el propósito de subsidiar a las comunidades víctimas del inclemente sacudón. En Perú, un año más tarde, se impulsó la campaña “Cuzco Pone”, dirigida el rescate de la ciudadela inca de Machu Picchu, ahogada por las lluvias torrenciales que por varios días atraparon a millares de visitantes y que por algún tiempo lograron aguar su excelente clima turístico.

Poco después de la catástrofe ocasionada por el huracán Katrina, en agosto de 2005, Nueva Orleans terminó convirtiendo en atracción para el turismo las innumerables ruinas dejadas al paso de la tormenta. En protesta por la lenta respuesta gubernamental para la reconstrucción de la ciudad, la compañía Gray Line puso en marcha un plan de viajes denominado “Katrina: la peor catástrofe de los Estados Unidos”, enfocado hacia los distritos mayormente damnificados, a los que la compañía les participó con un diez por ciento de los ingresos recibidos.

Durante la erupción del volcán islandés Grímsvôtn, en 2011, cuyas espesas nubes de ceniza alcanzaron los veinte kilómetros de altura, Icelandair, la aerolínea bandera, instó a los turistas a visitar la isla, con el único propósito de contemplar lo más rápido posible ese inquietante espectáculo de la naturaleza, antes de que las operaciones de limpieza lo hicieran desaparecer.

En Nueva York, pese a no haber existido nunca una explicita comercialización de la hecatombe terrorista ocurrida el 11 de septiembre de 2001, la caída de turistas no revistió mayor gravedad, al bajar escasamente un millón de sus entonces 36 millones, para superar luego, desde 2007, la escala de los cuarenta. Las empresas que actualmente ofrecen visitas al centro de Manhattan incluyen en sus circuitos la llamada Zona Cero -donde ocurrieron los ataques-, convertida hoy en palpitante sitio de moda, luego de la apertura del nuevo e impresionante complejo del World Trade Center.

Como los anteriores son varios los ejemplos en los que la tragedia se ha convertido en punto de referencia turística, con propuestas de recorridos para visitantes que también pueden contribuir con provisiones y aportes económicos para los damnificados. Sumatra como consecuencia del tsunami de 2004; Japón, luego de su catástrofe nuclear de 2012, o Afganistán, cada vez que sus provincias se suman al mapa de la guerra, han sido protagonistas de este inusual catálogo turístico.

La empresa británica Disaster Tourism, especializada en organizar estancias para pequeños grupos en escenarios de desastres fue creada en 2010 y presta servicios a entusiasmados clientes que desean ser observadores de primera línea de los tornados de Oklahoma, de los incendios de California e incluso de los latentes riesgos que acechan sobre las favelas de Río de Janeiro, como parte de esta nueva tendencia que sus organizadores denominan “Turismo de desastre”.

La explotación turística de la tragedia no es asunto nuevo y dio pie para crear alternativas de parques temáticos, como sucede en Hawai, donde se construyó el Parque Nacional de los Volcanes que cobija al Mauna Loa, el más grande de la tierra, con 330 mil acres y un museo de petroglifos. En California se construyeron plataformas que simulan temblores y terremotos y se ofrecen visitas guiadas a fallas geológicas creadas por los movimientos telúricos.

Servirse de los dramas de la humanidad, con sus terribles consecuencias de dolor, ruina y miseria, puede ser una perfecta chifladura, pero mientras existan el deseo y la morbosa curiosidad por averiguar y conocer las calamidades de los patios ajenos, siempre será un filón de oportunidades para buscarle provecho.

El impacto de los desastres naturales refleja el carácter vulnerable del turismo, pero también abre puertas para usufructuarlos. Cuando se estremece la tierra tiembla el sector. Sin embargo, la industria viene descubriendo que no solo existe un antídoto sismo resistente para ponerse de pie, sino que –parodiando el refrán- no hay mal que con divisas no venga.

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