Opinión

AMORES ¡Libertad!

 Dr. Orlando Amores Terán /Quito

 

LA ESTUPIDEZ HUMANA SUPERA LA «IRRACIONALIDAD» ANIMAL

Primero, el dióxido de carbono no es el único generador del cambio climático, la propia naturaleza produce metano, vapor, nubes, que alteran el clima.

Segundo, no está aislado el «ecosistema» del «homo sapiens», somos parte intrínseca de la naturaleza, formamos un organismo ecosocial.

Tercero, no podemos permitir que los burócratas nos traten como un «virus», para el Planeta.

Cuarto, debemos entender que el desarrollo sostenible, solo es posible, si existe prosperidad en las personas.

Quinto, toda regulación que afecta a la libertad, supone desincentivar la producción, por tanto escasez, encarecimiento de productos, reducción de la riqueza, incremento de la pobreza.

Aún cuando consiguiéramos una producción económica carente de emisiones de CO², lo cual es físicamente improbable, porque significaría volver a la era de las cavernas de sociedades de cazadores recolectores. Pese a las limitaciones en nuestra capacidad de crecimiento, poder adquisitivo, capacidad de compra, y a la anulación de nuestra libertad, porque toda regulación supone restricción de la propiedad privada; no obstante todo este retroceso, lo que lograríamos, de acuerdo a criterios científicos, es una reducción del CO² en la Tierra, de 0.0006 grados.

Una estupidez, 33 veces más grande que el edificio de la ONU que alberga a burócratas cretinos, que son los que impulsan el pobrismo de la agenda 2030. Comunistoides teoréticos que se quedaron sin piso ideológico, al constatar como el desarrollo industrial, el libre comercio, la globalización han permitido superar la pobreza en 200 veces, con relación a la que existía desde el siglo I al XVIII de nuestra era.

Toda esta instrumentación nociva y perniciosa, está detrás de la Ley Animal que se pretende imponer desde la Asamblea.

La historia y desarrollo de la humanidad nos demuestra que han habido variaciones extremas en la Tierra, mucho antes que ahora y siempre hemos sabido adaptarnos; por tanto, tenemos la obligación humana de oponernos a ser tratados como virus. Tenemos el deber moral de objetar que subordinen a los humanos, al interés y a pretensos «derechos» de los animales, más allá de nuestra responsabilidad tutelar, por ser supuestamente más racionales que aquellos. Pero si les dejamos ahora, imponer sus aberraciones, estaremos propiciando a futuro, el matrimonio de un asno con un político «progre», para que todas sus necesidades se conviertan en derechos satisfechos.