Opinión

AMORES ¡Libertad!

Dr. Orlando Amores Terán/Quito

 

 

TENEMOS LA OBLIGACIÓN DE GANAR LA GUERRA

 

Las batallas culturales las perdemos, cada vez que se alzan voces en contra del sistema y exigen adoptar medidas colectivistas, no obstante, la evidencia del fracaso de los regímenes comunistas, totalitaristas, en todo el mundo.

No hay que olvidar que los jóvenes de las clases sociales medias y medias bajas que lograron prosperidad, que crecieron en democracia y libertad en Francia y otros países de la Europa de posguerra, en 1968 se levantaron, para destruir el sistema que les respetó la vida, les permitió vivir en libertad, tener propiedad, y reconstruir la familia.

Lo mismo sucedió con los jóvenes de la clase media y media baja que crecieron en el Chile de la mayor expansión de progreso, de toda su historia, cuando se coaligaron en 2019 con narcoterroristas, para destruir su propia prosperidad.

La reincidencia de este comportamiento estúpido y paradójico nos permite concluir que no es el bienestar económico lo que satisface a las masas y las mantiene complacidas, porque la comparación, la ambición,
la creación artificial de necesidades, son inconmensurables en el ser humano carente de valores morales, cívicos, patrióticos, culturales, religiosos, éticos.

Por tanto, si deseamos ganar la guerra cultural debemos aplicar a la inversa, la «pedagogía política» de Gramsci que determina al educando, una «responsabilidad social».

Nosotros, debemos exigirle un genuino interés por desarrollar los principios de respeto a la vida, la libertad, la familia, la propiedad privada, el emprendimiento, la Nación; en lugar de mantener «la crítica de las condiciones de la realidad en todo momento», que es lo que propone Gramsci y por lo cual los colectivistas, progresistas, el siniestrismo en general, se mantienen activos, pese a la evidencia económica objetiva, del fracaso rotundo de todas sus ideas, en todas las latitudes del planeta donde las han aplicado, generando miseria, esclavitud moral ante el régimen totalitario.
En consecuencia, debemos sacar de la esfera estatal la educación, que se convirtió en el arma utilizada por el siniestrismo, a través del adoctrinamiento.

Hemos de trasladar la educación al ámbito privado, donde los valores supremos de la vida, la libertad, la familia, la propiedad privada, el emprendimiento, la igualdad ante la ley, no a través de la ley, la Nación con sus tradiciones, historia, cultura y el respeto a la Naturaleza como proveedora de vida, crucen transversalmente todas y cada una de las mallas curriculares, excluyendo definitivamente el adoctrinamiento.

Para tal efecto, la consigna del siniestrismo de: «luchar por una educación estatal ‘gratuita’ y de calidad», debe ser impugnada por los mismos estudiantes y la sociedad en su conjunto, puesto que vulnera el primigenio derecho humano a no ser sometido a servidumbre, toda vez que el Estado no educa, impone adoctrinamiento.

El adoctrinamiento inculca ideas, lo cual provoca servidumbre intelectual, porque agrede toda manifestación honesta de crítica al siniestramos, al colectivismo y a todo totalitarismo.

Una vez que se impone en un país, el sistema colectivista, se reprime «la crítica de las condiciones de la realidad en todo momento».

La educación debe liberar ideas, no infundir ideas de manera forzosa, como lo hace el adoctrinamiento.

Debemos entender que no es por la vía del desarrollo económico que convenceremos a los jóvenes, que los regímenes liberales son moralmente superiores al colectivismo, al fascismo, al comunismo, porque económicamente son beneficiosos y socialmente permiten mayor movilidad.

Solo a través de la educación y la cultura liberadoras, ganaremos esta guerra, porque es por medio del adoctrinamiento en la educación y la cultura que hemos perdido varias batallas, pese a demostrar las falencias del colectivismo una y otra vez, a lo largo y ancho de la historia de las naciones.