Opinión

Amor pleno

María Verónica Vernaza G./ Guayaquil

Hace un par de semanas fui por primera vez a una ordenación diaconal y sacerdotal. Fue muy emotivo ver a un seminarista y tres diáconos profesar sus promesas frente a la asamblea congregada en la Catedral Metropolitana de Guayaquil. El templo estaba lleno de fieles y se podía sentir en el aire un ambiente de alegría y de gozo. Monseñor Luis Cabrera ingresó por el pasillo central junto a los obispos auxiliares, más de cuarenta sacerdotes concelebrantes y los ´novios´ de la Iglesia Católica.

Fueron dos momentos los que más llenaron mis ojos con lágrimas: durante la invocación de intercesión de los santos -ellos postrados- reconociendo su fragilidad ante la gran responsabilidad; y cuando los obispos y presbíteros imponían las manos -ellos de rodilla- antes de la plegaria de ordenación. La bulla de la calle contrastaba con el silencio dentro de la templo. Si hubiéramos podido ver con nuestros ojos espirituales lo que estaba pasando en esos instantes seguro nos sorprenderíamos.

Hay una escena en la película ‘Keeping the faith’ del 2000 con Edward Norton, en donde su personaje, un cura confundido en una relación, conversa con otro sacerdote. Éste, tratando de aconsejarle, le dice que tanto el matrimonio como el sacerdocio es un reto, pues en ambos casos es una decisión que uno vuelve a realizar día tras día. Nada más cierto que eso. La infidelidad de un sacerdote no aparece de la noche a la mañana, se va cocinando de a poco, igual que en el matrimonio.

En el tiempo de Jesús, para el judío promedio, la vida célibe de Nuestro Señor seguramente no se entendía, ya que Dios, desde el Génesis había pedido al hombre “creced y multiplicaos” (Gn. 1, 28)… “por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre…” (Gn. 2, 24). Esa es la razón por la que los sacerdotes judíos sí se casaban, ya que de no hacerlo sería una ofensa a Dios mismo. Y aunque Pedro, la primera piedra de nuestra Iglesia, tenía suegra, no sabemos si su mujer había fallecido para el momento de su envío.

Nos quejamos de que no existen suficientes sacerdotes, y nos molestamos si queremos confesarnos y no hay nadie disponible, pero las familias no abren sus corazones para que un hijo se entregue al servicio de Dios y por ende al servicio de la comunidad. Monseñor Georg Gänswein, secretario personal del papa Benedicto XVI, comentó en una ocasión: “el celibato no es una vida sin amor, es la vida de un amor que es más grande que el carnal”.

Christopher West, teólogo del Instituto de Teología del Cuerpo, explica que los llamados al sacerdocio son iconos de una realidad futura, ellos viven ya el cielo en la tierra. Tengamos en nuestras oraciones diarias a este diacono y a estos tres sacerdotes para que perseveren en su decisión y sean buenos pastores y guías. Y también pidámosle a Nuestro Padre que suscite nuevas vocaciones y que las familias sean dóciles a sus designios.