Opinión

Amor familiar ¿falacia idealista?

Nínive Alonso Buznego

Filósofa y Abogada

ninivealonsoabogada@hotmail.com

Desde España para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

La storgé es, junto con el eros, la philía, el agape, y la xenía, uno de los cinco tipos de amor de la antigüedad griega. Estas cinco representaciones primigenias del Amor corresponderían, respectivamente al amor familiar, erótico-sexual, amistad, caridad y tolerancia actuales.

El amor de familia o storgé se definía como una emanación espontánea, natural e instintiva de cariño y ternura que aparecería con los familiares, y en mayor intensidad en los más directos, de padres a hijos y entre hermanos. Este tipo de amor se caracterizaba por un sentido de cuidado y protección natural, que conformaba una interdependencia identitaria y educativa así como un feedback de bienestar, comprensión y felicidad.

En la actualidad seguimos conceptuando de ese modo el amor familiar, intensificándolo cuando se deriva de padres a hijos y mostrándolo como una verdad natural y cultural que nadie se atreve a destapar, pero con ello hemos construido un pedestal para elevar la institución de la Familia, que en muchas ocasiones no se corresponde con la realidad y que enseña su cara más amarga en situaciones límite o crisis como pudiera ser la actual.

La Familia, ese lugar por antonomasia al que acudir cuando existen problemas, imagen de guarida que alberga la sangre que nunca te dará la espalda, parece desvirtuarse en la actual sociedad que, dominada por los intereses económicos, la inmediatez y la envidia, se ha convertido en la versión más atroz del individualismo. De modo que aquello que tenemos en nuestro ideal conceptual, en concreto en el ideal de familia amorosa, se resquebraja dejándonos en la más absoluta fragilidad existencial.

Vemos a diario situaciones que contradicen esos parámetros ideales de la storgé: la familia como lugar patriarcal de dictadura y obediencia con pensamientos al estilo: “soy tu padre y harás lo que yo te diga”, “vives en mi casa y si no estás a gusto te vas”; la versión del desinterés absoluto por los hijos de “juega a la videoconsola y no me agobies -estoy con el móvil, el trabajo o la bebida-”; la versión del desprecio de hijos a padres a los que, tras utilizar económicamente, abandonan en sus casas o asilos; o la desnaturalización de lo fraterno: hermanos que se enfadan por cuñados, se desentienden ante la enfermedad del otro, o se pegan por la herencia.

Si a esto le añadimos, además, la falta de interés que existe en multitud de casos entre unos miembros de la familia por las enfermedades o padecimientos de los otros, por sus vocaciones, trabajos, viajes o experiencias, la falta de apoyo ante los baches, la envidia ante las mejoras o el silencio ante los éxitos, tenemos el cóctel perfecto para considerar que la idea de familia es, definitivamente, una falacia idealista.

Si la falacia naturalista la utilizamos en la filosofía para desenmascarar aquellas valoraciones que extraen el “debe” del “ser”, es decir que asumen que algo que “es” entonces, de modo natural y necesariamente, “debe ser” y esto crea, inexorablemente, dictaduras morales falaces de status quo, la falacia idealista sería lo contrario, es decir confundir lo que (idealmente) “debería ser”, con lo que (de hecho) “es” y crea frustraciones individuales.

Si esto lo aplicamos a la Familia y su, en teoría, consustancial amor protector, caeremos en el error de culpabilizar a aquellos que no han tenido o tienen esa familia ideal, que no se han sentido amparados o comprendidos por ella, o que dramáticamente han padecido en su seno casos extremos de abuso, violencia, cosificación o abandono.

Por ello como diría Don Vito Corleone, “La famiglia è la famiglia”, pero basta con ver El Padrino para saber que es una institución ambivalente como todas.