Opinión

Amor esponsal

María Verónica Vernaza G. / Guayaquil

Siempre me han encantado los poemas, como los escritos por Gustavo Adolfo Bécquer o Félix López de Vega. Todavía conservo de mi adolescencia una carpeta con más de 20 poemas de amor y una que otra canción desesperada. Alguna vez me aventuré a escribir unas letras románticas, pero prefiero dejarlas en el país olvido. Las canciones son otro tipo de poemas, existen las llorosas y las que te elevan hasta tocar el cielo. Hace poco, el compositor español Alejandro Sanz, dando un recital a la luz de la luna en Guayaquil, elogió a nuestro país diciendo: “ya me siento encebollado, pero por ti”, como expresión máxima de amor a toda su fanaticada.

El amor, no el carnal si no el que trasciende, es el leitmotiv de la vida misma. El obispo Robert Barron de la diócesis de Winona-Rochester de Estados Unidos repite muy a menudo que el amor es buscar el bien del otro y eso mismo es a lo que están llamados los esposos, más allá de una relación física, el amor diario se busca, se protege y se edifica buscando por todos los medios el bien del otro a costa de la propia felicidad o del propio bienestar. Así como Jesucristo se entregó sin pensar en el dolor y el sufrimiento por su esposa, la Iglesia.

Me encanta cómo san Juan Pablo II se refiera a la intimidad de pareja como el abrazo esponsal. Christopher West, teólogo y estudioso de las enseñanzas del Santo Padre al que le debemos las catequesis sobre la teología del cuerpo, habla de cuatro características del amor. Él dice que el amor humano debe ser libre, total, fiel y fecundo, y cada una de estas características tiene su frase bíblica; libre: “Doy mi vida libremente” (Juan 10, 18); total: “Como yo los he amado” (Juan 13, 34); fiel: “Yo estaré con ustedes todos los días” (Mateo 28, 20); fecundo: “Vine para que tengan vida en abundancia” (Juan 10, 10). ¿Es posible amar así?

Un libro del Antiguo Testamento que debería ser leído con más frecuencia por todas las enseñanzas que posee es el de Tobías. Aquí se hace referencia a la primera acta matrimonial (7, 13) que luego recibirá el nombre de ketubá por los judíos. Pero eso no es todo, los recién esposos, Tobías y Sara, antes de consumar ese abrazo esponsal, se juntan en una oración para suplicar a Dios la misericordia sobre ellos (8, 4-8). ¡Hermoso! Es que el matrimonio cristiano debe ser de tres: mujer, hombre y Dios, una trilogía que garantiza cien por ciento la felicidad plena. El que no lo crea, que lo intente.

En el matrimonio las mariposas en el estómago desaparecen, el idilio se convierte en rutina y la belleza se arruga al paso de los años. Por eso, el “hoy quiero quererte” debe convertirse en un estribillo diario. Al cabo de un tiempo los hijos se van y esa persona que decidió quedarse voluntariamente contigo será lo único que tengas a la mano.