Opinión

Alimento de vivos

Américo Martín

@AmericoMartin

Diario El Nuevo Herald de Miami

Escribo hoy sobre dos temas íntimamente relacionados.

  1. Que en Venezuela no hay estado de derecho y que hoy como nunca la Constitución sea una revistilla que nació para ser violada, es aceptado sin más por los atormentados ciudadanos y con preocupada angustia en el mundo por grandes personalidades, instituciones y sectores sociales cada vez más amplios. Las miradas están puestas sobre el lomo del país, y aunque sería injusto decir que “solo las miradas” lo estén, no lo es tanto si reflexionamos que nunca como antes se condujo a una nación desde la opulencia hacia la más escandalosa ruina, y nunca los derechos humanos fueron tan violados, si simplemente recordamos que gozábamos de una estabilidad de decenios con el más alto ingreso per cápita de Latinoamérica, una democracia que, con sus más y sus menos, se había consolidado, y altos niveles de bienestar en los términos en que ese concepto se usa internacionalmente.

Aunque por esas suficientes razones sea ocioso cuestionar actos del gobierno apelando a artículos de una Constitución que solo rige de nombre, es imposible pasar por alto el decreto 2695 que desliza unas 15 atribuciones presidenciales al dominio del vicepresidente Tarek El Aissami. Todo en el actual gobierno se caracteriza por estar cubierto con el manto equívoco de una retórica triunfalista al tiempo que expuesto a la vista con perfecta claridad. Resuenan tambores de guerra, amenaza y falsas victorias, paradójicamente para celebrar el más desastroso e inhumano de los fracasos.

Es obvio que se trata de una transición y que resulta de la imposición del tercer hombre sobre el segundo. Todavía es temprano para saber si también sobre el primero. La troika, como todas ellas, se encamina hacia la monarquía unipersonal sin sujeción al Parlamento porque la Asamblea Nacional ha sido previamente despojada de sus atribuciones constitucionales.

Tan brutal retrogradación democrática confluye con la pavorosa crisis que condena a la miseria a los venezolanos. La política opositora no varía en sus determinaciones generales. Insiste en la vía electoral. El régimen está tirado al suelo contra las elecciones. Por obvios motivos, no acepta ninguna. Pero al ponerse en cuclillas está dimensionando la presión contra su contumacia antidemocrática. El país, buena parte del mundo y su propia base militante y dirigencial, le están exigiendo que haga valer el sufragio.

Con razón Moisés Naim y Fernando Toro reclaman a la Humanidad en el diario El País de España que no se limiten a condolerse por la suerte de un país y un pueblo aplastados por la ignominia. Piden solidaridad efectiva haciendo uso de los mecanismos diseñados para establecer la democracia donde ya no exista.

Y de nuevo: el mejor camino es el electoral. Digo que es el mejor, convencido de que favorece a todos, tirios, troyanos, opositores, oficialistas, y a los propios gobernantes que, negados a aceptar las consecuencias de ser minoría, agravan las condiciones y atormentan a la gente solo para retener un poder sin disponer ya de legitimidad original ni de desempeño. Pero salir del mando por el civilizado sufragio es preferible a ser echado por las tormentas desatadas para impedirlo. La oposición es democrática por convicción y también por conveniencia. Sabe que heredará un país destruido hasta la iniquidad y necesita reunificarlo si quiere elevarlo moral y materialmente. Perdería mucho implantando el sistema de la venganza, cuando debe más bien reducir obstáculos de cara a una tarea de recuperación sumamente escarpada. La retaliación es la serpiente que se muerde la cola, la ira del hoy voy por ti y mañana tú por mí. A esa funesta espiral se le pondrá fin con un cambio democrático cimentado en la convivencia, conforme a la exigencia del mundo y –según encuestas reiteradas– de la mayoría de los venezolanos. La paz democrática es la paz duradera. La única paz susceptible de unir la pluralidad. La única, en definitiva, por la que vale la pena arriesgar la piel y la tranquilidad.

He recordado a Sartre a propósito de la invitación que me hizo la Causa R, partido liderado por el ex gobernador de Bolívar, Andrés Velásquez. Se me pidió que pronunciara el discurso central del acto de reivindicación del nombre de su ilustre fundador, Alfredo Maneiro. El gobierno puso su nombre en el frontis de una siniestra corporación dedicada a acabar con la libertad de expresión en los medios gráficos forzando cambios editoriales, chantajeando con el suministro del papel. Fabricio Ojeda (conducido maliciosamente al Panteón) y Simón Sáez Mérida –dos reconocidos enemigos de dictaduras y autocracias– fueron parte del banquete de “los vivos”.

¿Para qué semejante alarde en este momento? Para equilibrar la generalizada opinión que los califica como el peor gobierno en la historia de Venezuela y, hoy, del hemisferio. Su popularidad yace en el subsuelo. Su aislamiento internacional aturde. Quizás crean salvarse invocando héroes de contrapeso. No teniéndolos en sus filas quieren arrebatarlos en la acera contraria. Que en l8 años de mando autoritario y de plétora represiva no puedan exhibir “mártires” es frustrante, dado su orwelliano empeño de reescribir la historia y asumirse legatarios del santoral revolucionario.

Los fallecidos podrían ser “presa fácil” si no tuvieran dolientes calificados. Es el mérito que debemos reconocerle a Andrés Velásquez, Fabricio Ojeda (h) e Inés Castillo de Sáez Mérida. La verdad, señores, refulge cuando voces dignas la defienden sin miedo.

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