Opinión

Alfredo Escobar Urbina:  Mi padre. Mi amigo. Mi hermano

Leonardo Escobar Bravo/Guayaquil

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Mi Padre

Cuando era un chiquillo, le contesté alguna grosería a una tía. Mi padre se enronchó de la vergüenza y la furia y me llevó arriba, al baño. Sacó la correa y, en lo que podría haber sido el primer o último intento de enderezarme a la antigua, se golpeó a sí mismo y tal vez un correazo me cayó a mí. No era bueno para ese tipo de conducta tradicional. Siempre, de alguna forma, se las ingenió para enderezarme con las palabras. Hoy eso es común, pero la verdad es que para lograr criar a alguien puramente con diálogo, se necesita un fino talento y amor.

Cuando era estudiante en la España franquista, y no existía internet ni nada de lo de hoy, tenía dos llamadas al año para Ecuador. Una por mi cumpleaños, otra por Navidad. Mi madre me contaba los chismes y chucherías. Las madres tienden a olvidarse lo importante y a pretender normalidad. Mi padre usaba esos pocos minutos que teníamos al año para recordarme mis sueños, mis propósitos y que siempre me estaría esperando en Guayaquil, pero que no me querría ver regresar antes de cumplir los primeros pasos de mi meta.

Mi amigo

Una tarde salí de la oficina para el Malecón de Guayaquil. Ahí, con la vista puesta en el Guayas, hacia el Pacífico, se sentaba don Alfredo, mi padre. Varias personas me habían dicho preocupadas que parecía que estaba perdiendo la razón últimamente; iba a sentarse ahí, en silencio, con la mirada en el horizonte. Ya era un hombre mayor, entrando en la ancianidad.

Fui a encontrarlo y habrá visto mi expresión de preocupado porque sonrió con una mirada burlona y me dijo: “Te dijeron que me estoy volviendo loquito”. Me senté a su lado, sin elaborar mucho de mi parte. “Ya estoy viejo, vengo aquí a pensar en toda mi vida, cómo lo bueno justifica mis errores, y hasta los desaciertos me empiezan a hacer sentido. Pero, sobre todo, vengo a conversar con tu hermano, porque el cementerio es muy triste y falta privacidad. Si en el malecón, por lo visto, falta privacidad” se rio.

Mi Héroe

Cuando su estado de salud se volvió deplorable, su corazón débil se agitaba demasiado en la mera acción de afeitarse. Le dijeron que no podía afeitarse, y tampoco podía hacer muchas otras cosas por su cuenta. Siempre fue un hombre orgulloso, presentable, decente por dentro y fuera; en ese momento supo que no podía seguir siendo él mismo. En esos momentos se decidió el final.

Era, sobre muchas otras cosas, un hombre diligente en el lapso de su vida, y uno valiente al final; uno estoico durante toda. En ese tiempo, tendido inútil en la cama, decidió por su final. Su cumpleaños caía poco antes de Navidad, y me dijo a mitades del año que lo había decidido y era momento de irse, “No quiero arruinar las fiestas para nadie, estoy feliz con lo que he logrado, y aunque no fuera cierto, es momento de aceptar que solo me queda una cosa por lograr o decidir”.

Es una fortuna muy extraña y lujosa decidir cualquiera de las siguientes: el momento, la forma y las condiciones de tu propia muerte. Se requiere una resolución única del humano, del verdadero humano; pensante, consciente, valiente. Visión, verso y valor; tres virtudes.

Dejó de comer y empezó a saltarse las medicinas y se fue consumiendo con el pasar de los meses. Entre las últimas cosas que me dijo fue que llore y sufra a mi manera, pero que no desborde porque la pasamos bien a pesar de lo difícil, y que fue una buena vida. El último día, me pidió que fuese a ver una película y me relajé, como cuando él me llevaba de pequeño. Me dio un beso, me dijo que me amaba y me fui por trabajo a Machala. Allá recibí la noticia durante una reunión. La terminé. Volví a Guayaquil. Vi el cuerpo, habré firmado algunas cosas y acordado algunos arreglos para el velorio. Entonces  fui al cine.

En la sala me hizo llorar la tragicomedia que proyectaba mi mente, la historia de nuestra vida juntos. Los tiempos en los que fue un autor del partido del pueblo. Los matones de la dictadura tumbando las puertas y llevándoselo. El gentío de las campañas y las protestas. Los latigazos fallidos. Mis bebés en sus brazos. Los paseos por Valencia donde viví mis veinte. Las verdades incómodas y los consejos difíciles. Las reuniones a la madrugada con aliados y oposición en una sala, tratando de encontrarle arreglos al país. Su cumpleaños en mi terraza. Los domingos en su casa. Las tardes juntos en el cine. Una saga larga, mi vida con don Alfredo Escobar Urbina.

Su cumpleaños era el 17 de diciembre. Él murió el 17 de noviembre. Cumplió esa pequeña promesa de no arruinar la Navidad e irse a tiempo, bajo sus propios términos. Hoy, 17 de diciembre de 2022, cumplo 100 años de haber nacido; y siento que solo el cuerpo está enterrado. Lo demás lo cargo conmigo todos los días. También amigos; también mis hijos y sus hijos.

Imagino que cuando la muerte llegó, se habrá sonreído al encontrar la rareza del hombre listo, cuando nunca se puede estar realmente listo. Imagino que  fueron vestidos de blanco. Impecable.

17 DE DICIEMBRE DE 2022