Opinión

Alexandra Vargas, una emprendedora amante de los dulces

La salida más divertida para ella era ir a una dulcería y probar la mayor cantidad de golosinas, mezclar unas con otras y experimentar nuevos sabores, en especial si se trataba de los chocolates, sus favoritos.

Desde pequeña descubrió su destreza en la cocina al momento de preparar dulces y tortas, guiándose únicamente por la receta y aprendiendo a conocer poco a poco los ingredientes.

A pesar de su gusto por la pastelería nunca imaginó que terminaría dedicándose a esto, sin embargo, desde hace siete meses pudo cristalizar una de sus metas más importantes, tener su propio local.

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Se trata de Alexandra Vargas, una guayaquileña de 59 años, que con una sonrisa permanente transmite alegría y energía. Ella abrió, hace siete meses, D’Alexa, un delicatessen que está en el centro comercial La Piazza, en el km 1,5.

Alexandra recuerda con mucho entusiasmo que su debut fue a los 12 años, cuando preparó los dulces, torta y hasta se encargó de la decoración de la casa y de la piñata para la matiné de su hermano menor. “Hice dulces sencillos como alfajores y huevitos faldiqueros, todo me salió muy bien”, cuenta.

Así siguió experimentando nuevas recetas y haciendo más dulces, de manera innata, sin haber recibido cursos hasta ese momento.

Pero la repostería no era lo único que le gustaba, también tenía mucha habilidad con las ciencias exactas, por lo que se graduó como arquitecta en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. “Pienso que en la vida todo se relaciona de una manera espectacular, porque a mí lo que me motivó a seguir esta carrera fue mi gusto por la decoración y la repartición de espacios, y en la repostería eso también tiene mucho que ver”, comenta.

Aunque nunca llegó a ejercer su profesión, su primer y único trabajo como arquitecta fue construir su casa en la urbanización Laguna Dorada, donde reside desde hace 20 años. “A pesar de que mi cliente fue mi esposo Pancho, fue uno difícil de complacer, lo que me ayudó, ya que siempre su entusiasmo exigente me ha impulsado a hacer todo en la vida”, dice.

Ella se casó a los 25 años con Francisco Castro, uno de los propietarios de la pastelería El Saloncito, por lo que de alguna manera siempre estuvo ligada a los dulces.

Desde su casa y a veces en el negocio de su esposo, preparaba dulces sencillos y tortas temáticas para pedidos pequeños de amigos y familiares. Además ayudaba a su esposo con la pastelería y cuidaba a sus hijos Francisco, Alexandra María y Juan Javier.

Un día una de sus mejores amigas le pidió que se encargara de los dulces y la torta del matrimonio de su hija. “Yo me asusté un poco, le dije que creía que no podía hacerlo porque no tenía la experiencia en repostería fina, pero ella me dijo que tenía un año para prepararme y acepté el reto”.

Ese año tomó varios cursos de dulces árabes, chocolatería, pastelería y no dejó de experimentar en la cocina. “Para mí la repostería no es algo complicado, el secreto está en conocer bien la reacción y el comportamiento de los ingredientes”, enfatiza con alegría.

Desde ese momento empezó a dedicarse de lleno a este negocio, receptando pedidos desde su casa y preparando los dulces allí mismo con la ayuda de Marisol, empleada de confianza que tiene más de 30 años trabajando junto con ella.

Poco a poco los pedidos para eventos como bautizos, matrimonios, cumpleaños, primeras comuniones, entre otros, fueron aumentando, por lo que el espacio de la casa ya no era suficiente.

“Mis hijos fueron los principales motivadores con la idea de que pusiera un local, porque yo lo único que quería era hacerme una oficina en mi jardín”, dice entre risas.

Alexandra alquiló el local de La Piazza hace más de un año, sin embargo, recién hace siete meses lo aperturó como delicatessen.

“Pensé que no me alcanzaría el tiempo para dedicarme a un local con atención al público, porque luego de que mi esposo atravesara una situación complicada de salud, quedando discapacitado, gran parte de mi tiempo es para cuidarlo a él como el más chiquito y engreído de la casa, pero mis familiares lograron convencerme”.

En el local trabaja junto a Cristina Idrovo, hija de una de sus mejores amigas. Ambas comparten el gusto por los dulces y la curiosidad de probar de todo un poco y mezclar sabores.

“Para mí tener un local propio es una maravilla, pienso que en la vida hay que ser arriesgada y apostar a ganar, eso fue lo que hice yo y hasta ahora me ha ido muy bien”, dice sonriendo. Allí además de lo que exhibe y vende, sigue receptando pedidos para eventos sociales.

Cuando no está en su trabajo, esta amante del mar disfruta de las salidas con amigos, de la pasta y el risotto, los viajes, las reuniones en familia, los juegos de mesa y de los ejercicios a primera hora del día, que no pueden faltar, así como leer novelas sobre temas históricos.

 

Fuente. El Universo