Opinión

Alberto, Cristina y la paradoja de la tolerancia

 

Fuente: Diario  El Clarìn.Com

Hay que indagar cuál es la fuerza de esa marcha que tanto celebra la sumisión a Perón.

La paradoja de la tolerancia es un interrogante que planteó con profundidad el filósofo Karl Popper. ¿Hasta dónde tolerar a los intolerantes? Es una especie de trabalenguas de la convivencia. El problema es que los intolerantes pretenden demoler a los tolerantes. Se desprende de ese planteo que los intolerantes vencerán si no son conjurados, que tienen más poder, que operan con la fuerza irreductible de la convicción absoluta que los guía y los enciende.

¿Qué sucede cuando conviven en el Poder Ejecutivo? ¿Qué puede ocurrir cuando el presidente, por ejemplo, es tolerante (al menos en el discurso) , y tolera por eso a la intolerancia de quien lo secunda en lo más alto de la escala del gobierno? ¿Pueden convivir? ¿Son lo mismo o son antagónicos e inconciliables en el fondo? ¿Y ella, la vicepresidente, cómo habrá de soportar la tolerancia presidencial?

Están juntos, sí, ¿pero están sinceramente juntos?

Son tiempos de sonrisas en principio para ellos.

Evita se ilumina ahora. Es el emblema gigantesco del retorno. Su croquis en el Ministerio de Desarrollo Social se enciende por las noches como si su voz volviera a oírse refulgente en los altoparlantes atravesando el tiempo y los jirones de su vida política que no se desvanece.

Hay que analizar cuál es la fuerza de ese latido peronista que no se apaga como la zarza ardiente de la Biblia. Hay que indagar cuál es la fuerza de esa marcha tan anacrónica y perseverante que tanto celebra la sumisión a Perón: “Ese varón argentino… el primer trabajador” que se grita todavía como si no viviéramos en otro tiempo y en otro mundo.

Es como si en ese cántico que literalmente es una loa al verticalismo marcial, el peronismo hubiera logrado de manera paradojal y supra racional apoderarse de los valores de la transgresión popular. Se canta la marcha como si en ella reviviera el fuego de la rebelión. Se agrega ahora un párrafo aggiornado: “Resistimos en los ‘90, volvimos en 2003, junto a Néstor y Cristina, la gloriosa JP” y sigue como siempre: “Perón Perón qué grande sos”.

Perón sigue vivo, mi general, gran conductor y Néstor no se murió y vive en el pueblo. Y Cristina reina de cuerpo presente. En el Congreso cuando asumió como vicepresidenta tarareaba con energía el párrafo en el que se la nombra. Ella se canta a sí misma. Y Evita vive, y todos los “compañeros muertos” resucitan en esa música profunda que gritan los nuevos peronistas kirchneristas que no aflojan nunca su vínculo con todos los difuntos del panteón nacional y popular que llena urnas, que alienta en la plaza desde el trasmundo, y que derrota al resto, porque el resto no contiene la inmensa pasión de esa mística que no se va. La potencia vital de los muertos justicialistas vivos en la Argentina es abrumadora.

Y Cristina convoca como antes.

La política podría tentarse rápido con la desmesura de los superpoderes amparada en el espectro de los extintos, en el candombe contagioso de la marcha, en la épica de la confrontación cristinista, en los fuegos de artificio que abrieron el cielo de la Casa Rosada ante la pasión expuesta de la Plaza llena.

Algunos corruptos y diversos crápulas paladean las vísperas de una liberación que imaginan, con fundamento, muy cercana.

Otros, ya han sido redimidos.

El absuelto general César Milani fue homenajeado por una agrupación afín al militarismo nacional. Con sus manos aceleradísimas, sentencias, graznidos y furia incontenible lanzaba un alerta de batalla: “La derecha reaccionaria está acá esperando el zarpazo”. Reclamó como siempre la unión del Ejército y el pueblo. El general que como oficial en su momento jugó los juegos obedientes y venenosos de la dictadura se asume ahora como un águila alerta de la izquierda nacional y militar.

Entre esas algarabías, esos chillidos, esos dislates y esos arrebatos, se van tomando decisiones que dibujan una dirección inquietante en algunos casos.