Opinión

Acoso a la libertad de prensa

 Sergio Muñoz Bata

Diario El Tiempo de Colombia

¿A quién declararía usted culpable de traición a la patria? ¿A los cinco presidentes de Estados Unidos que durante 24 años mintieron sobre la guerra en Vietnam sabiendo desde el principio que era una causa perdida y mantuvieron el engaño sin importarles la muerte de 59.000 jóvenes estadounidenses? ¿O culparía a los investigadores que habiendo redactado un informe secreto sobre el papel de Estados Unidos en la guerra en Indochina lo sustrajeron subrepticiamente, lo fotocopiaron y lo ofrecieron a dos diarios para que lo hicieran público?

Esta es la pregunta central de la película The Post, en la que se narra el choque entre The Washington Post y The New York Times, y la presidencia de Richard Nixon cuando esta intentó impedir que el informe secreto se hiciera público. Los abogados de Nixon argumentaron ante la Suprema Corte de Justicia que su publicación “causaría un daño irreparable a la defensa de los intereses de la nación”; los diarios apelaron a la primera enmienda de la Constitución, y el máximo tribunal falló en favor de los investigadores Daniel Ellsberg y Anthony Russo y los diarios que publicaron el informe, argumentando que la primera enmienda de la Constitución protegía el derecho a publicarlo.

Aunque yo –como la mayoría de quienes éramos adultos en esa época– ya conocía los pormenores del caso, fui a ver la película este fin de semana porque, en estos momentos en los que desde la presidencia de Donald Trump se ha emprendido la mayor campaña de desprestigio a la prensa de que se tenga memoria, revivir la épica batalla de 1971 tiene especial relevancia.

En estos momentos en los que se ha emprendido la mayor campaña de desprestigio a la prensa de que se tenga memoria, revivir la épica batalla de 1971 tiene especial relevancia.

Nixon y Trump no han sido los únicos presidentes que han intentado utilizar su poder para acallar a la prensa. George Washington manifestó su molestia porque, según él, no se había cubierto adecuadamente su despedida del poder. Gerald Ford culpó a los medios de retratarlo, injustificadamente, de acuerdo con él, como un hombre torpe y a menudo tonto. Lyndon Johnson recurrió al FBI para intentar censurar la publicación de un editorial en The Washington Post, y John F. Kennedy intentó seducir (generalmente con éxito) al editor de The Washington Post con el engaño de que, sobre todas las cosas, ellos eran amigos entrañables.

No obstante, creo que Trump y Nixon merecen un lugar aparte en esta historia de infamias. Y si bien los ataques de Nixon a la prensa fueron perversos, creo que la labor de zapa de Trump, desde que lanzó su candidatura y durante el primer año de su presidencia, intentando minar la credibilidad de los medios que critican sus acciones, y sus desplantes majaderos pueden tener a largo plazo peores consecuencias para la vida democrática del país.

Para Trump, el maestro de la manipulación mediática, los medios de comunicación que no lo alaban son “el partido de oposición”. “Las noticias falsas de los medios fallidos”, ha dicho Trump hasta el cansancio refiriéndose a The New York Times, NBC, ABC, CBS, CNN, “no son mis enemigos, son los enemigos del pueblo americano”. Y según el y su servil cohorte, las noticias que le son desfavorables son “falsas” y “deshonestas”.

Al final de The Post, la actriz Meryl Streep, quien interpreta a la dueña del periódico, Katharine Graham, repite la frase que ella le atribuye a su esposo; y otros comentaristas, al editorialista del diario Alan Barth, que define a la perfección la labor periodística: “Nuestra tarea ineludiblemente imposible es proporcionar cada semana un primer borrador de la historia que nunca se completará realmente sobre un mundo que nunca podremos entender cabalmente”.

Equivocarse ocasionalmente al divulgar información pertinente es lamentable, aunque comprensible; lo que no tiene perdón es mentir deliberadamente y a diario desde la presidencia.

Las opiniones vertidas en el medio son responsabilidad del autor.