Opinión

Abandonados jamás.

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

 

Hay dolores que no hacen ruido.
No gritan.
No rompen ventanas ni incendian ciudades.
Simplemente consumen lentamente a un ser humano sobre una cama,
mientras el mundo continúa su marcha indiferente,
como si nada estuviera ocurriendo.

Y quizá el acto más cruel de esta época
no sea la violencia de las armas,
ni el odio de los discursos,
ni siquiera la miseria…
sino habernos acostumbrado al sufrimiento ajeno.

Habernos vuelto expertos en mirar hacia otro lado
mientras alguien se apaga lentamente
esperando una medicina,
una visita,
una caricia,
o simplemente alguien que le tome la mano
antes de partir.

Qué frágil termina siendo el ser humano…

Pasamos la vida persiguiendo dinero, poder, orgullo, vanidades,
levantando muros de ego,
peleando por cosas que el tiempo terminará pudriendo,
sin comprender que al final de todo
acabaremos solos frente al dolor,
frente al miedo
y frente a Dios.

Y entonces, en ese instante terrible,
cuando el cuerpo ya no responde,
cuando la noche del hospital parece eterna,
cuando el silencio pesa más que la enfermedad,
el alma comienza a recordar todo aquello
que olvidó mientras estaba sana.

Recuerda los abrazos que negó.
Las lágrimas que ignoró.
Las llamadas que nunca hizo.
La madre que dejó esperando.
El anciano al que nunca visitó.
El enfermo al que evitó mirar
porque su sufrimiento incomodaba.

Y qué duro debe ser descubrir, demasiado tarde,
que la vida nunca se trató de triunfar sobre otros…
sino de aliviarles el peso de existir.

Hay personas muriendo lentamente
sin morfina para el dolor,
sin dinero para un tratamiento,
sin una voz que les diga “resiste un poco más”.

Seres humanos que alguna vez rieron, soñaron, amaron…
y que hoy observan un techo vacío
preguntándose si todavía importan para alguien.

Tal vez Dios llora en silencio
cada vez que un enfermo es abandonado.

Tal vez el verdadero juicio no será preguntarnos cuánto tuvimos,
sino cuánto amor fuimos capaces de dar
cuando alguien más sufría.

Porque nadie comprende realmente la vida
hasta ver a un ser humano agonizar en soledad.

Ahí caen los títulos,
los lujos,
las ideologías,
las máscaras.

Y solo queda lo esencial:
la compasión.

Qué pequeño se vuelve el orgullo
frente a unos ojos cansados pidiendo ayuda.
Qué inútil parece el odio
cuando alguien apenas puede respirar.
Qué absurda resulta la soberbia
ante un cuerpo consumido por el dolor.

Por eso, si todavía tienes a alguien vivo…
abrázalo.
Si aún puedes pedir perdón…
hazlo.
Si puedes acompañar a un enfermo…
no esperes mañana.

Porque llegará el día
en que todos necesitaremos una mano junto a nuestra cama.
Y ese día comprenderemos, llorando quizá demasiado tarde,
que el único verdadero sentido de existir
era no dejar solo a nadie en su sufrimiento.

Y aun así…
en medio de tanta oscuridad,
Dios permanece.

Como una luz diminuta temblando en el abismo.
Como una voz suave diciendo al que agoniza:
“descansa… ya no sufrirás para siempre”.

Porque después del dolor,
después de las lágrimas,
después de esta injusta y breve existencia,
tal vez exista finalmente un lugar
donde nadie vuelva a sentirse abandonado jamás.

Semper Fi.