Opinión

A la ONU se le fue la mano.

Ab. Jaime Vernaza Trujillo/Guayaquil

 

 

Volker Türk, el más alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, condena los ataques contra embarcaciones que lleva a cabo EE.UU. en el Caribe y Pacifico y pide detenerlos calificando estas acciones como inaceptables y violatorias del derecho internacional, independientemente de la “presunta” conducta delictiva de la que acuse a los ocupantes de las embarcaciones.

Si algo atenta contra los derechos humanos son justamente las organizaciones defensoras de los derechos humanos. Defienden al victimario, al que infringe dolor, causa sufrimiento, hiere y mata.

Las organizaciones de derechos humanos, como razón de su existencia, deberían perseguir a los que atenten contra la libertad, contra la propiedad y contra la vida de las personas. Mejor defensa de derechos humanos no habría.

Sobre esas lanchas no hay documentación alguna que pruebe la autorización oficial del zarpe ni del cumplimiento de procedimientos de control con autoridades marítimas y de migración antes de abandonar el puerto, como la asignación de la tripulación, verificación si lleva carga, de qué carga se trata y su destino.

No habiendo constancia de ello, lo apropiado es reconocer que es tráfico de drogas y que cuando es sistemático y organizado y ataca a la población civil, coge categoría de delito contra lesa humanidad. Siendo flagrante el delito y en proceso de ejecución, en defensa de las vidas que se perderían de completarse su propósito, un elemental estado de necesidad obliga a evitar por todos los medios que se lleve a cabo. Bombas incluidas.

En los videos se ven lanchas con varios motores a toda velocidad con paquetes que, por decir lo menos, constituyen carga que no consta detallada en zarpe alguno. Camina como pato, defeca como pato y de su pico sale un cua cua, es pato. Por obviedad son drogas.

De eso, el Alto delegado de Los Desechos Humanos no quiere saber nada. A ellos los protege, no a los que causan adición y muerte.

El Ecuador debería proteger a sus ciudadanos, declarando a las organizaciones de derechos humanos enemigas de la verdad, de la justicia, de la vida y de los bienes, revocándoles sus personerías jurídicas y abrir las puertas a las organizaciones que realmente protejan los derechos de los hombres de bien.

Al menos TRUMP las está parando, sin temor y hasta con contagioso entusiasmo.