Opinión

¿A dónde vamos?

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

(I)

 

Desde que tengo uso de razón nunca he podido convencerme de que el mundo en el que vivimos sea realmente el hogar de todos.

Un lugar donde los seres humanos compartamos responsablemente el planeta con otras especies que habitaron la Tierra millones de años antes que nosotros.

Más bien parece lo contrario.
Un escenario donde la inteligencia que debía elevarnos terminó convirtiéndose en el instrumento más sofisticado de dominación, desigualdad y destrucción.

Cuando era niño muchas de las cosas que hoy parecen naturales simplemente no existían.

Tener televisión, una lavadora, un refrigerador o aire acondicionado era un lujo reservado para familias acomodadas.

Hoy esos objetos forman parte del paisaje cotidiano de la vida moderna.

Sin embargo, millones de seres humanos siguen viviendo exactamente como hace un siglo: en casas de caña, sin electricidad, sin agua potable, sin oportunidades reales.

El progreso existe, sí.
Pero no para todos.

El Ecuador no es la excepción.

Somos parte de ese tercio del planeta que durante décadas se llamó “tercer mundo”, donde la riqueza sigue concentrándose en pocas manos mientras la mayoría sobrevive entre promesas, discursos y esperanzas recicladas.

Si no fuera por el narcotráfico y la corrupción —dos economías paralelas que lubrican silenciosamente el sistema— quizás las explosiones sociales habrían llegado hace mucho tiempo: saqueos, revueltas, secuestros o cualquier otra forma desesperada de recordarles a los poderosos que también existen los olvidados.

Cada cierto tiempo aparecen los nuevos libertadores.

Prometen pan, techo y empleo.

Hoy prometen combatir la corrupción y devolver la seguridad.

Se rasgan las vestiduras denunciando a los corruptos de ayer, mientras exhiben orgullosos su propia historia de superación: antes zapateros, vendedores de periódicos, hombres humildes que ahora, por obra del destino o del mercado, se convirtieron en millonarios.

Ungidos, según ellos, por la gracia de Dios…
un Dios que curiosamente siempre aparece en los discursos, pero rara vez en las acciones.

Otros ni siquiera ocultan su origen.
Se hicieron millonarios saqueando recursos públicos, traficando influencias, invadiendo propiedades ajenas, amenazando, extorsionando, negociando con el miedo.

Hoy son parte del jet set, influencers de la riqueza, nuevos aristócratas del dinero fácil.

Quizás aquel viejo refrán tenga más verdad de la que quisiéramos aceptar:
unos nacen con estrellas… y otros nacen estrellados.

Pero ¿qué estrellas iluminan a los herederos de fortunas construidas sobre la corrupción, la violencia y la muerte?

¿Qué destino espera a quienes heredan imperios levantados sobre el abuso y el crimen?

En esta nueva cultura global el éxito tiene una medida simple: hacerse rico antes de los veinte.

Los jóvenes yuppies lo persiguen como si fuera una religión.

Mientras tanto, los hijos de Juan Pueblo se convierten en la mano de obra de las mafias: mensajeros de droga, soldados de bandas criminales, sicarios adolescentes que aprendieron demasiado pronto que el respeto, en ciertos barrios, se compra con balas.

Las redes sociales hacen el resto.

Hoy el mundo no premia la sabiduría ni la virtud. Premia la visibilidad.

Ser popular se ha convertido en la nueva forma de poder.

Basta una sonrisa vacía, una frase ingeniosa o una estupidez viral para vender cualquier cosa: productos, ideas, candidatos, salvadores.

Si tienes carisma puedes ser influencer.

Si tienes seguidores puedes ser alcalde.

Si tienes suficientes likes puedes ser presidente.

Y no te preocupes por los detalles: los títulos aparecen solos. Salamanca, Harvard, Barcelona, Génova, Milán… siempre habrá alguna universidad dispuesta a legitimar lo que el dinero necesita legitimar.

Solo hay una regla: compartir.

Porque este es el mundo de los tiburones.

El mundo de los zares invisibles que reparten poder, fama y dinero como quien reparte cartas en una mesa de juego donde siempre ganan los mismos.

Pero para tranquilizar conciencias también existen las instituciones: derechos humanos, cortes constitucionales, fundaciones internacionales, organismos que dicen trabajar por la humanidad mientras el sistema continúa exactamente igual.

Al final, como cantaba el viejo tango de Enrique Santos Discépolo en su inmortal Cambalache, el mundo fue y seguirá siendo una porquería.

En el 506 y en el 2000 también.
Y sin embargo…

Este sigue siendo nuestro mundo.

El único que tenemos.

El lugar donde todavía algunos creemos en cosas que hoy parecen antiguas: principios, disciplina, respeto, responsabilidad.

Quizás para muchos no seamos más que ingenuos o, peor aún, unos “warever” en una civilización que idolatra el dinero y la fama.

Pero incluso en medio del absurdo, el ser humano conserva una última libertad: elegir quién quiere ser.

Eso lo sabía bien Jean-Paul Sartre cuando hablaba del vértigo de la nada.

Porque aun cuando el mundo parezca un gran cambalache moral, cada individuo sigue siendo dueño de su conciencia y de su destino.

Y mientras esa libertad exista, nada está completamente perdido.

Semper Fi.