¿QUÉ HAY QUE ADMIRAR DEL CORREÍSMO?
COLABORACIÓN DE LUIS GONZÁLEZ MORLA
DESDE SANTIAGO DE CHILE PARA LA NACIÓN DE GUAYAQUIL-ECUADOR.
A veces algunos amigos correístas me preguntan qué puedo reconocer o admirar imparcialmente de los diez años de Rafael Correa.
Sí, hubo obras. Sería absurdo negarlo.
Hubo carreteras, hospitales, escuelas, hidroeléctricas y mucha infraestructura. Pero construir obra pública con dinero público no es un regalo del presidente a los ciudadanos. Para eso precisamente se administran los recursos del Estado.
Y aquí aparece aquella famosa justificación que durante años hemos escuchado en Ecuador:
“Robó, pero hizo obras”.
Pocas frases me parecen tan peligrosas para una sociedad. Hacer obras jamás puede convertirse en atenuante de la corrupción. Una carretera no concede permiso para cobrar una coima. Un hospital no compensa un soborno. Una hidroeléctrica no compra impunidad.
Juan Montalvo dejó una reflexión extraordinariamente vigente:
“Robar a la Nación es robar a todos”.
Su razonamiento era mucho más profundo: quien roba al Estado no roba a una entidad abstracta. Roba al agricultor, al artesano, al padre de familia, al profesor, al grande y al pequeño.
Esa es precisamente la parte que destruye el absurdo del “robó, pero hizo obras”.
Las obras no fueron pagadas por Rafael Correa, Jorge Glas ni por ningún funcionario. Fueron pagadas con impuestos, petróleo, deuda y recursos de los ecuatorianos.
Hacer obras era su obligación. No robar, también.
Entonces vuelvo a mi pregunta:
¿QUÉ QUIEREN QUE ADMIRE?
¿Odebrecht?
Una trama de corrupción que alcanzó las más altas esferas del poder y terminó, entre otras cosas, con Jorge Glas, vicepresidente de Rafael Correa, condenado por asociación ilícita relacionada con los sobornos de Odebrecht.
¿El caso Sobornos 2012-2016?
Un proceso en el que Rafael Correa, Jorge Glas y otros exfuncionarios y empresarios fueron condenados por cohecho. Correa recibió una sentencia de ocho años de prisión.
¿Jorge Glas?
Uno de los hombres más poderosos del correísmo, vicepresidente de la República y responsable de sectores estratégicos, que acumula varias condenas penales, incluida la relacionada con Odebrecht y, posteriormente, una sentencia de 13 años por el manejo de recursos destinados a la reconstrucción después del terremoto de 2016.
¿La Refinería del Pacífico?
Presentada como una de las grandes obras emblemáticas de la Revolución Ciudadana. Se gastaron enormes cantidades de dinero y la gran refinería prometida jamás llegó a existir.
¿Coca Codo Sinclair?
Otra de las obras emblemáticas de aquella época, alrededor de cuya contratación terminó apareciendo el caso Sinohydro.
Y aquí tenemos un dato todavía más reciente.
En agosto de 2026, el expresidente Lenín Moreno fue condenado a cinco años de prisión por cohecho en el caso Sinohydro, relacionado con Coca Codo Sinclair. La investigación abarcó hechos ocurridos desde 2009, época en la que Moreno era vicepresidente de Rafael Correa.
Según la Fiscalía, la estructura investigada movilizó aproximadamente 76,1 millones de dólares en pagos indebidos, alrededor del 4 % del valor del contrato, y veinte personas fueron declaradas responsables penalmente.
Entonces vuelvo a preguntar:
¿QUÉ EXACTAMENTE HAY QUE ADMIRAR?
¿Que hicieron obras?
Sí. Las hicieron.
Nunca he necesitado negar una carretera, una escuela, un hospital o una hidroeléctrica para cuestionar al correísmo. Negar lo evidente sería caer en el mismo fanatismo que critico.
Pero tampoco aceptaré que las obras funcionen como certificado de honestidad.
Y mucho menos aquella aberración moral del:
“Robó, pero hizo obras”.
Pensemos adónde conduce semejante razonamiento.
¿Cuánto puede robar un gobernante antes de que las obras dejen de compensarlo?
¿El 5 %?
¿El 10 %?
¿El 20 %?
¿Cuántas carreteras equivalen a un millón de dólares en sobornos?
¿Cuántos hospitales hacen falta para perdonar una coima?
No existe semejante contabilidad moral.
El dinero público no pertenece al gobernante. Pertenece a los ciudadanos.
Por eso una carretera no borra una sentencia.
Un hospital no limpia una coima.
Una hidroeléctrica no convierte corrupción en honestidad.
Una escuela no compra impunidad.
Y ninguna cantidad de cemento transforma el dinero de los ecuatorianos en propiedad de quien circunstancialmente administra el Estado.
Puedo reconocer las obras realizadas durante el correísmo y condenar simultáneamente todo aquello que considero nefasto de su legado. No necesito borrar lo bueno para denunciar lo malo.
Eso se llama tener criterio propio y no pertenecer a una tribu política.
Así que frente al eterno “robó, pero hizo obras”, mi respuesta es muy sencilla:
HACER OBRAS ERA SU DEBER.
NO ROBAR, TAMBIÉN.
Entre esas dos obligaciones no existe ningún “pero”.
Un pueblo que justifica la corrupción por las obras que recibió termina agradeciendo al poder que le devuelva, en cemento, una parte de lo que siempre fue suyo.
La verdadera revolución no es construir más mientras se roba mucho más: es construir sin robar. Y eso no debería ser heroísmo. Debería ser el mínimo requisito para gobernar. Gracias a José Enrique Baquerizo Aguirre.
