Opinión

Un padre frente al desafío de la política.

Dr. Jorge Alberto Norero/Guayaquil.

 

 

He sido, durante muchos años, un crítico permanente del correísmo. Lo he hecho con firmeza, con argumentos y con la convicción de que en democracia las ideas deben confrontarse con ideas. Mis posiciones son públicas y nunca las he escondido.

Precisamente por esa razón, cuando conocí que mi hijo, David Norero Calvo, ha sido escogido como precandidato a la Alcaldía de Guayaquil, comprendí que debía separar con absoluta claridad mis discrepancias políticas de mi deber más importante: el de ser padre.

Los hijos no nacen para pensar exactamente igual que sus padres. Nacen para construir su propio camino, asumir sus propias responsabilidades y responder ante su propia conciencia. David ha tomado una decisión libre e independiente, y como padre tengo la obligación moral de respetarla, acompañarla y desearle éxito, sin que ello signifique renunciar a mis principios ni a mis convicciones.

Lamentablemente, apenas se conoció su nombre, comenzaron los ataques en redes sociales. Como ocurre con frecuencia en la política ecuatoriana, algunos prefirieron el insulto antes que el debate, la difamación antes que los argumentos y la descalificación personal antes que el análisis de las propuestas.

Se ha intentado vincular nuestro apellido con personas con las que no existe ningún parentesco ni relación de ninguna naturaleza. Esa es una práctica profundamente injusta que pretende condenar a las personas no por lo que han hecho, sino por la coincidencia de un apellido.

Nuestra familia no necesita esconder su historia.

Durante generaciones, los Norero hemos estado ligados al trabajo, al emprendimiento y al servicio público. La antigua Fábrica Universal Segale Norero forma parte de esa historia empresarial que contribuyó al desarrollo del Ecuador.

Nuestro abuelo, Domingo Norero, y mi padre, Vicente Norero Di Lucca, dedicaron gran parte de su vida al servicio del país como empresario y como servidor público, desempeñándose, entre otras funciones, como Senador de la República, Diputado, Concejal y Alcalde de Guayaquil.

En mi caso, tuve el honor de servir a los guayaquileños como Concejal Principal, Vicepresidente del Concejo Cantonal, Alcalde Subrogante y Alcalde Titular de Guayaquil. También fui Asambleísta Constituyente Alterno, asesor y planificador estratégico, Instructor Principal de la Academia de Guerra y profesor universitario. Todos esos cargos constituyen parte de una trayectoria pública que siempre procuré ejercer con honestidad, responsabilidad y profundo amor por el Ecuador.

Ese es el patrimonio que deseo dejar a mis hijos: no una fortuna material, sino un legado de trabajo, dignidad, independencia y servicio.

David Norero Calvo es un profesional que ha decidido recorrer su propio camino. Conoce perfectamente que la política exige sacrificios, capacidad para escuchar, humildad para aprender y fortaleza para soportar la crítica. También sabe que el verdadero liderazgo no se construye con odio ni con revanchas, sino con principios, preparación y cercanía con la gente.

Si algo he procurado enseñarles a mis hijos es que el amor a Dios, a la patria y a la familia nunca puede negociarse; que el respeto a la palabra empeñada vale más que cualquier cargo; y que la honestidad continúa siendo el patrimonio más valioso que puede poseer un ser humano.

No soy un hombre perfecto. He cometido errores, como todos. Pero puedo mirar de frente a cualquier ciudadano porque jamás he vivido de la corrupción ni he inclinado la cabeza por intereses ajenos a mi conciencia. Siempre he procurado caminar con independencia y responder únicamente ante Dios, mi familia y mi propia conciencia.

A David le esperan años difíciles. La política suele despertar grandes esperanzas, pero también alimenta la intolerancia, la desinformación y las campañas de desprestigio. Habrá quienes intenten juzgarlo antes de conocerlo y quienes pretendan derrotarlo mediante ataques personales en lugar de confrontar sus propuestas.

Mi consejo como padre será siempre el mismo: jamás respondas al odio con odio; responde con trabajo. No contestes la mentira con insultos; hazlo con transparencia. No permitas que el poder cambie tus principios. Recuerda siempre que los cargos son pasajeros, pero el honor permanece para toda la vida.

Si el pueblo de Guayaquil decide confiarle la responsabilidad de gobernar la ciudad, tendrá, como cualquier hijo, mi respaldo moral y, si él lo considera necesario, mi experiencia y mis consejos. Las decisiones serán siempre suyas, porque cada generación debe escribir su propia historia.

Hoy no hablo como político. Hablo como padre.

Y como padre me siento orgulloso de ver a un hijo dispuesto a servir a su ciudad, consciente de los enormes desafíos que le esperan y convencido de que el verdadero triunfo no consiste únicamente en ganar una elección, sino en conservar intactos la honra, la palabra y los valores con los que fue formado.

Esa será siempre la mayor victoria de cualquier Norero.

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