Opinión

La [in]sensibilidad social (I)

Dr. Diego Almeida Guzmán/Quito

– Forbes Ecuador

 

Dejémonos de tanto sinsentido y sentemos las bases de una sociedad en que prime la sensibilidad desechando la [in]. De no hacerlo seguiremos cavando en la [in]conciencia, sinónimo de ensimismamiento e irreflexión, dañino en toda su extensión.

Las reacciones sociales son el resultado, en general, de desequilibrios en equidad, en justicia y en solidaridad. Los reflejan comunidades en las cuales los sectores que ostentan poder político y/o económico se resisten a aceptar que estas prerrogativas jamás habilitan para abstraerse de obligaciones frente a fracciones poblaciones que carecen de recursos tangibles para una vida digna. Muy fácil es difundir profusamente esperanzas de prosperidad nacional, de lograr niveles de crecimiento material equiparables a sociedades en bonanza, pero hacer nada más allá de dictar lecciones líricas que contradicen las acciones y omisiones.

Aristóteles habla del hombre como el “zoon politikon”. Refiere al ente capaz de proyectarse en sociedad en su doble dimensión: comunitaria y política. La sociedad es ese conglomerado de personas que desde tiempos inmemorables decidieron vivir “asociados” ante la imposibilidad de su realización aislada. Así fue germinando un complejo universo de relaciones, que partiendo de las sexuales – en alguna medida sustentadas en el amor físico y emocional – desembocaron en la intrincada pero necesaria interdependencia de intereses y contraintereses. En este orden de ideas, la [in]sensibilidad de los integrantes de una sociedad llega a idéntica cualificación respecto de esta.

Las formas definen al hombre y a la sociedad. Los programas de “responsabilidad y solidaridad sociales”, en colectividades intrínsecamente [in]sensibles, son meros paliativos para titulares de conciencias deformes. Lo son cuando no vienen acompañados de políticas nacionales y corporativas globales que miren al pueblo (elemento humano constitutivo del Estado) en su contexto integral. Ello demanda de sensibilidad atendiendo a la totalidad de los requerimientos del prójimo. Ser socialmente sensibles es asumir compromisos no a título de dádivas con nuestros excedentes, pero con entregas que en honestidad corresponde compartir.

Nos topamos con el sociólogo alemán G. Simmel, contemporáneo del inefable M. Weber, de grata recordación en nuestros estudios universitarios, con quien fundó la Sociedad Alemana de Sociología. Para aquel, la sociedad se da mediante la acción recíproca a partir de instintos y fines. A los primeros los denomina “intereses sensuales”; a los segundos, “intereses ideales”. Tal ejercicio no solo gesta convivencia, dice, sino mutua influencia. En los términos expuestos, en las relaciones sociales confluyen forma y contenido: manera en que se abrevia la ilación; y necesidad, impulso o motivación desde el cual la representación se concreta. Conforme tan lúcida teoría simmeleana, la sociedad es una “síntesis palpable de formas de socialización”, en la cual los individuos condicionan el tipo de socialidad.

Cuando los instintos contradicen la pulcritud moral, es decir cuando los agentes sociales disocian sus deberes – como es el caso de quienes justifican faenas al margen de la decencia – los fines perseguidos igual dejan de ser válidos. Esto se da siempre que la mezquindad supera a la generosidad, que el egoísmo lo colocamos por sobre el altruismo, que el individualismo rebasa la fraternidad… en definitiva, en cada ocasión en que la [in]sensibilidad descuella en actuaciones sociales irracionales.

Para la sociología la sensibilidad, cita Simmel, es una “percepción como actividad del conocimiento que deja huella producto de la evidencia y consiguiente reflexión”. En esta prestancia humana, en adición a la moral, sopesan factores históricos, educativos y culturales que moldean tanto al hombre como individuo cuanto al personaje en su condición de miembro de la sociedad. Buen ejemplo es la Europa occidental de la posguerra. El inconmensurable sufrimiento de los europeos – pocos sobreviven – sí que instituyó en ellos una conciencia sensible al preceptivo de protección cooperativa, que lo transmitieron a sus descendientes.

América Latina subsiste enfrascada en su incapacidad de adaptarse a los imperativos de cambio. Se resiste a aceptar que sus deficientes interrelaciones sociales la mantienen sumergida en profundos abismos de inequidad. De estos podremos salir solo si nos sensibilizamos de cara a los demás no con discursos pero con hechos concretos. Quienes tanto apelan a políticas macroeconómicas eficientes harían bien en entender que estas se forjan primero en los estratos sociales que poca o ninguna importancia conceden las estadísticas, o a si los astros se han alineado… algún artículo leímos con este título.

Dejémonos de tanto sinsentido y sentemos las bases de una sociedad en que prime la sensibilidad desechando la [in]. De no hacerlo seguiremos cavando en la [in]conciencia, sinónimo de ensimismamiento e irreflexión, dañino en toda su extensión. (O)