Opinión

McKittrick Hotel

Gonzalo Escobar

Gonzlao_escobar7@hotmail.com

En uno de sus viajes, mi hermano leyó sobre un hotel construido en 1939, destinado a ser el más fino y lujoso de los decadentes aposentos en Nueva York. Seis semanas antes de su inauguración iniciaba la Segunda Guerra Mundial, y por algún motivo no esclarecido, el dueño y varios de sus socios (escoceses, creo), se extinguieron sin aviso. El hotel que prometió ser el más suntuoso de todos, cerró sin haber dado su primera gala; cerró salones recién adornados, despensas llenas, pisos y habitaciones amobladas, cerró todos sus lujos sin estrenar y sin avisar.

El tiempo convirtió aquel bloque de la 10ma Avenida y calle 27, del barrio Chelsea, en una galería de bodegas. Pero una compañía británica, leía mi hermano, había restaurado el hotel, y finalmente abierto sus puertas al público. Él tenía programado pasar por Nueva York, y ya que yo andaba en la ciudad, compró entradas para alojarnos y explorar lo que prometía ser un espectáculo, cuando menos misterio, de estadía.

Nos encontramos de tarde en el Chelsea Market, un mercado que encierra de todo: quesos, especias, aceites y sales de sabores, restaurantes y bares con platos inolvidables. Fuimos a Los Tacos No. 1, que tal como nos dijeron, era comer en México, de pie en una barra blanca y ensuciando las manos; pedimos unos regulares y unos vampiros (la tortilla hecha de queso tostado). Salimos satisfechos, si bien con un aliento nocivo que a mí me obligó a fumar bastante.

Nos subimos en un taxi que nos dejó en la dirección antes mencionada, donde alguna vez estuvo el hotel y donde se suponía estaba ahora. Pero la cuadra estaba abandonada, y el invierno trajo la noche y el frío bastante temprano. Un hombre, vestido como concierge de inicios del siglo XX, se nos acercó y dijo que podíamos ir a la azotea para hacer tiempo hasta que el hotel abriese sus puertas. Así que subimos a La Cabaña, un bar-restaurante de madera destartalada, en medio de un bosque muerto en un techo de Manhattan; era realmente una cabaña en el bosque, con literas y camas, repisas de libros viejos y quienes atendían, vestían como leñadores. Nos tomamos un trago de la casa y bajamos cuando era tiempo de registrarse.

La entrada al hotel no parecía tal cosa, pero una vez adentro entregamos nuestros abrigos y demás cargas, y nos dieron un naipe a cada uno. Estaba oscuro. Subimos escaleras y fuimos por pasillos, sin luz, hasta que al final se escuchaban voces y música; era un bar, el Manderley Bar. La iluminación era escasa, y el suelo negro como los asientos de cuero, las paredes forradas de tela roja, y en el escenario iluminado de azul como la barra, tocaba una banda de jazz. Los hombres vestían traje o chaleco, todos con lazo negro, y las mujeres vestidos de coctel, sus escotes profundos y sus cabellos cortos, su maquillaje y peinados, algo había… era un bar como en la década de los ´30, claro. Por eso toda esta ambientación del jazz age.

— ¡Bienvenidos al McKittrick Hotel, damas y caballeros! ¡Bienvenidos! Por favor, pónganse cómodos, aquí en el Manderley Bar¸ nuestra recepción. Relájense, tómense un trago y verán como estas bellas mujeres y mis bromas mejoran por instante.

Me acerqué a este anfitrión, el Capitán y le pedí el vino. Dijo —no servimos eso desde 1939—, nos dio a mi hermano y a mí unas copas con un trago verde, anisado. —Henley, no les des ese veneno tan pronto—. ¿Veneno?… bueno, ya iba a media copa y… ella venía con un vestido rojo que marcaba curvas perfectas. —Caballeros, ella es Rebeca—dijo Henley. Tan hermoso lugar, tan hermoso rostro se acercó —Si tienes un naipe de 2, es hora de registrarse—, pero mi hermano tenía un 3, así que terminé mi trago y la seguí hasta un ascensor. Rebeca entonaba una melodía melancólica, y castigaba a los siervos con su sonrisa al andar. Me dio una máscara blanca y me dijo que no me la quitase, y que no hablase; me dejó dentro del ascensor.

Cuando salí, estaba en una tienda de taxidermia, llena de plantas y animales disecados, pero también fetos y esqueletos en jarros. Estaba oscuro. Al salir de la tienda, di con un callejón de pocas luces, había: una morgue, una agencia de detectives, una costurera, una de máquinas para escribir. Se veía viejo, pero no solo por lo desgastado, sino por la época, por las ropas de los pocos residentes en la zona. Seguí por el callejón y entré a un bar donde había una mesa de billar, y un muro repleto de naipes clavados, todos eran Kings.

Ahí encontré unas escaleras que me llevaron de vuelta a la recepción. Había cambiado, el escritorio y el bar ahora estaban en el mismo piso, y se registraba un hombre rubio mientras tres mujeres lo miraban. Se le acercaron y le dieron un naipe, una K, luego se fueron riendo.

Seguí a una de las mujeres. Me llevó a un gran salón donde el público, amontonado, bailaba. Estaba muy iluminado. El hombre que antes se había registrado estaba junto a su esposa, pero pronto un hombre mayor, que tenía pinta de ser dueño del hotel, la sacó para una pieza, y él miró con recelo la intimidad que crecía entre su mujer y el otro durante la música. Intentó intervenir, pero las tres mujeres de antes aparecieron y una lo distrajo mientras el otro se iba de la pista, acompañado. Una mujer embarazada miraba con unos ojos más ardidos que cualquier otro, mientras tomaba de su copa ignorando a sus sirvientes.

Seguí a esa pareja ilegítima, pero cuando llegué a la habitación, solo estaba el hombre en su cama. Una carta lo nombraba Duncan, y nombraba la dirección McKittrick Hotel, Gallow Green, Glamis, de parte de su socio Macbeth. Cuando me volteé, Duncan había desaparecido, y pasé por una capilla desde cuya ventana vi su cadáver. Estaba oscuro de nuevo. Seguí una figura que huía; me llevó a otro piso, uno de edificios demolidos, sin luz, y al final una residencia. Al paso vi un cuarto abandonado, con una cuna vacía y del techo colgaban decenas de muñecos de tela, desgarrados y macabros. En la residencia, una gran habitación rojiza con una tina blanca en el centro, donde Macbeth se bañaba y su mujer trataba de quitarle la sangre. En el suelo un sinfín de cartas; en ellas saque cuentas de discusiones entre Duncan y sus socios, sobre todo Macbeth, sobre los problemas financieros que traía la Guerra y el reclamo de sus inversiones.

Sigo a los Macbeth que celebran con locura el éxito de su primer crimen. Solo el primero. Por los callejones bailan, se desnudan, se besan con intensidad. Está oscuro, así que los pierdo de vista, pero encuentro a Malcolm, detective y dueño de la agencia que vi antes; por las cartas regadas en el camino sé que es el hijo de Duncan. Malcolm investiga Gallow Green junto a su compañero Fulton, el uno buscando descifrar la muerte de su padre y el otro por pistas que descifren como protegerse de la muerte que los acecha; y un tercero, Bargarran, atraído por el misterio.

Subiendo pisos estoy en un bosque, al final del bosque un asilo, un manicomio vacío. La enfermera Shaw es la única residente, los locos están todos sueltos, y las tres mujeres del inicio, las tres brujas, llegan para infectar a la enfermera con la misma locura que a los demás residentes. Persigo a las tres brujas, una de ellas es en verdad hombre. Volvemos a la recepción, al momento cuando Macbeth se registra y le entregan la K; a partir de entonces le sigo cada paso. Descubro que la mujer embarazada era la esposa de otro socio, Macduff, un mujeriego. Descubro a Macbeth matando a Macduff, a Banquo en un duelo violento, a los demás socios de Duncan. Descubro los crímenes y lo sigo hasta un salón donde las tres mujeres, las tres brujas, lo celebran con un aquelarre donde danzan frenéticos, desnudos, en sangre, mientras los rodean docenas de máscaras pálidas en la oscuridad, como la que yo tenía puesto. Esta oscuro pero luces fuertes parpadean.

Al final los que sobreviven, y los que no, están todos en el salón de baile, sentados en una mesa rectangular, yo los veo desde un punto de fuga en una última cena. Macbeth llega tarde, pero todos están: su mujer, Duncan, las brujas, los socios. Los últimos en sobrevivir los crímenes ponen una silla sobre la mesa y una soga en el cuello de Macbeth, patean la silla y lo dejan guindar en el frío. Es 1939 y lo último que recuerdo es a Rebeca en la salida diciendo —todos estamos presos aquí por diseño propio—; yo pretendo usar esa salida. Está oscuro y Henley me advierte —puedes registrarte de salida cuando quieras, pero no te puedes ir.

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