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Salud
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8 septiembre, 2018

Una calculadora junto al menú

Selam y su familia no saben si reír o llorar. Hace 15 años que regentan un pequeño restaurante eritreo, Mosob, en el barrio londinense de Maida Hill. En torno a pequeñas mesas, los clientes se ayudan de trozos de injera, una torta blanda de cereal típica de los países del Cuerno de África, para rebañar la carne, los vegetales y las salsas repartidas en una gran bandeja común. "La idea de que tengamos que señalar ahora en la carta el número de calorías que tiene cada plato es sencillamente ridícula", protesta Selam. "Van a conseguir que más y más negocios familiares acaben cerrando. Nosotros nos esforzamos para que nuestra comida sea lo más sana posible, hace ya años que tenemos una oferta vegana para los clientes. ¿Por qué no persiguen a los que se dedican a servir fritangas y usan el mismo aceite una y otra vez?", protesta.

 El plan del Gobierno de Theresa May, adelantado esta semana por el diario conservador The Daily Telegraph, para exigir en pocas semanas que todos los restaurantes y cafeterías de Reino Unido incluyan en sus menús el número exacto de calorías de cada especialidad ha puesto en pie de guerra a los pequeños empresarios hosteleros. Además de pegarse un tiro político en el pie, porque en un Ejecutivo ya corroído por la división en torno al Brexit se ha introducido una nueva disputa. En esta ocasión, entre los ministerios de Sanidad y de Economía.

Nadie duda de que Reino Unido sufre un serio problema de obesidad, especialmente infantil. Los hospitales públicos incrementaron el año pasado en un 18% el número de admisiones por trastornos derivados del sobrepeso, con el coste añadido de sus correspondientes tratamientos. Una suma de más de 600.000 pacientes. 10.000 de ellos debieron someterse a operaciones quirúrgicas como la reducción de estómago.

Algunas cadenas de comida rápida, como McDonald's, ya han incorporado el detalle de las calorías a sus cartas, pero la mayoría de pequeños restaurantes no cuentan con el presupuesto ni la logística necesaria para responder a esta exigencia de un modo inmediato. En todo Reino Unido hay más de 80.000 restaurantes, sin contar los pequeños cafés o puestos de comida rápida.

"Me preocupa que la propuesta de Sanidad pueda producir una pérdida considerable de puestos de trabajo y un incremento en el precio de la comida que repercutirá en los clientes", ha escrito Elizabeth Truss, la secretaria principal del Ministerio de Economía, a la oficina de la primera ministra, Theresa May. "El coste de esta medida puede ascender a 13 millones de libras esterlinas (14 millones y medio de euros) al año". Unos 550 euros al año por establecimiento. Dependiendo del tamaño, unos lo sufrirán más que otros. Eso sin tener en cuenta que muchos cambian sus cartas habitualmente para incorporar en su oferta productos de estación.

Pero el Gobierno de May cuenta, al parecer, con un firme aliado para llevar adelante su medida. Siete de cada 10 ciudadanos británicos, según una encuesta publicada el pasado marzo por la asociación Diabetes UK, se muestran dispuestos a respaldar que se obligue a los restaurantes a especificar el número de calorías de sus platos. La mofa con la que se ha acogido la medida en los medios conservadores -"¿Quién estaría dispuesto a meterse entre pecho y espalda ese jugoso entrecot si te advierten previamente de que suma cerca de 1.000 calorías?", escribía una de las columnistas más populares de The Telegraph - no es compartida por los ciudadanos, cada vez más preocupados por su salud y la de sus hijos. "Una cuarta parte de los niños de este país comienza la educación primaria con problemas de sobrepeso. Al finalizar la enseñanza obligatoria suponen ya una tercera parte", ha advertido el secretario de Sanidad, Matt Hancock.

Lo que ya supondría un exceso para el gusto del consumidor sería tener que escuchar, al pedirla en la barra, cuántas calorías tiene la anhelada pinta de cerveza que se toman muchos de ellos al final de la jornada de trabajo.

EL PAÍS