Miércoles, 19 de Septiembre del 2018. Guayaquil, Ecuador
Opinión
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19 septiembre, 2014

Un mendigo muy peculiar

María Cristina Menéndez Neale

Cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

   En una cuadra, compuesta por edificios residenciales, un prostíbulo, una peluquería, dos restaurantes, un kiosco y una tiendita, yace un mendigo sentado sobre una banquita de madera, quien se cubre con una cobija que alguna vez fue blanca y huele a orina, ya que un perro acaba de acercarse a levantar su pata y cumplir con sus necesidades <<¡Maldito, perrito miserable! ¡Sale de aquí!>> grita el mendigo dando un zapatazo cerca del perro para ahuyentarlo. El perro sale corriendo, y una anciana que justo pasa por ahí observa al mendigo con el ceño fruncido y, moviendo la cabeza de un lado para el otro, le dice <<Así no se trata a los animalitos, ¡eh!>>

   El mendigo la ignora, se saca de encima la colcha, y empieza a escribir en una pizarrita que tiene colgada a su cuello la petición del día. Si, este mendigo que se llama Ramiro, o así se hace llamar, es un mendigo muy peculiar, ya que nunca pide plata ni comida. Cada día, Ramiro, pide algo diferente en su pizarra. Un día pidió que le cuenten chistes; otro día pidió que le recomienden los barrios más bonitos para sentarse con su banca; otra vez pidió que le enseñen usar un celular, a pesar de que no tiene ni necesita uno; y así, siempre pide algo diferente, y lo sorprendente es que así sea una persona se le acerca y cumple su petición. Hoy, Ramiro escribe: “Alguien que por favor me cuente una anécdota de su vida.”

   <<¿Acaso no me escuchó?>> le pregunta la anciana. Ramiro, sin responder nada, alza la pizarrita, la anciana se acomoda los lentes para leer y Ramiro le dice <<Pero usted no.>> La anciana, quien sigue con el ceño fruncido, fija su mirada en los ojos de él, golpea su bastón contra el suelo, endereza su cuerpo y apresura su paso lejos del mendigo.

   Pasan algunas horas pero hoy, ninguna persona lee todavía la pizarra. Normalmente, siempre hay alguien que responde temprano a su petición. Ramiro, saca de su bolsillo una campanita y la hace sonar para llamar la atención, pero el sonido parece perderse con la música de la tienda de instrumentos que está al otro lado de la calle, ya que nadie lo mira a ver.

   Pasan más horas, y Ramiro no entiende qué sucede, por lo que decide pararse y recorrer por primera vez la cuadra con su pizarrita, exhibiéndola con sus manos, pero las personas no parecen prestar atención ya que muchos le han dicho <<ahora no tengo dinero>>, o pasan a su lado viendo el suelo, gestos típicos que le hacen a otros mendigos. <<¿Por qué diablos me ignoran tanto? ¿Por qué no leen?>> se dice a sí mismo. De pronto, le viene una sensación que evitaba sentir hace mucho tiempo; sus ojos reaccionan como si tuvieran mentol en ellos, se ponen rojos y llorosos. Ramiro, se ha vuelto a sentir solo.

   <<No entiendo...una cuadra llena de comercios y gente que pasa y nadie paró a leer.>> piensa Ramiro, dando por terminado su día, dirigiéndose a su banca para recoger sus cosas. Llegando a ésta, alcanza a ver que hay una persona sentada en ella. Es la anciana de la mañana. Ramiro se para frente a ella, sin decir nada, solo la observa. La señora, sosteniendo entre sus brazos su bastón y una cobija limpia, le dice <<Me he quedado con ganas de contarte algunas anécdotas, ¡eh!>>. Ramiro se sienta junto a ella, y empieza a escucharla con atención, sintiendo alegría porque alguien cumplió su petición del día.

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