Martes, 25 de Septiembre del 2018. Guayaquil, Ecuador
Turismo
1536318529_215763_1536321026_noticia_normal_recorte1

11 septiembre, 2018

Todos somos ‘set-jetters’

Lo primero que me atrajo o inquietó fue –como casi siempre– una palabra. Es cierto que el inglés tiene esa plasticidad que le permite retorcerlas sin pedir permiso a ningún grupo de guardianes autoconvocados; es cierto que el inglés no tiene siquiera esos guardianes autoconvocados. Y es cierto, también, que muchas de sus palabras terminan siendo nuestras. En este caso la palabra era set-jet: tropecé con ella en un artículo de The New York Times y creí que se habían equivocado; tantos años de escuchar jet-set.

(La palabra jet-set –y sus jet-setters– se acuñó en los años cincuenta para hablar de esos afortunados que viajaban en aquellos aviones nuevos tremebundos que volaban sin hélices, los jets. La expresión, dicen los diccionarios, reemplazaba a café society, la forma anterior de llamar a los ricos y famosos. Ya no se los definía por el lugar donde estaban sino porque estaban en muchos lugares, y todo empezaba a ser distinto.)

La palabra jet-set–y sus jet-setters– se acuñó en los años cincuenta para hablar de esos afortunados que viajaban en aquellos aviones nuevos tremebundos que volaban sin hélices, los jets

Ahora, cuando viajar en jet perdió toda distinción, aparecen el set-jet y los set-jetters. La palabra tiene autor: la inventó hace diez años una ex columnista del New York Post, Gretchen Kelly, pero recién se empieza a difundir –porque la actividad aumenta.

El artículo del Times, sobre Croacia, explica que los jet-setters “son gente que viaja por el mundo en busca de las localizaciones reales de sus universos ficcionales favoritos”. Y que la tendencia crece: en Dubrovnik, por ejemplo, donde se rodaron partes de Juego de Tronos, hubo 300 tours relacionados con la serie en 2015 y el año pasado ya fueron 4.500.

Hay tantos más lugares. Algunos de los más visitados son el Tom’s Restaurant, en el Upper West de Nueva York, donde solía filmarse Seinfeld, o el Highclere Castle, en Hampshire, Inglaterra, donde se rodóDownton Abbey, o unos desiertos de Albuquerque, New Mexico, donde se hacía Breaking Bad. Hay, sobre todo, esa necesidad de ir a mirar la realidad de las ficciones.

Que, antes de tener nombre, solía ser un juego de niños. O por lo menos lo fue a partir del invento de un señor, Walt Disney, en esos años en que los jets aparecían. Se le ocurrió que a sus millones de pequeños consumidores les gustaría ver sus patos Donalds, ratones Mickeys y otras Cenicientas en carne y plástico, y fundó Disneylandia. Ahora, los niños en que nos hemos convertido hacemos eso mismo pero más.

Es casi lógico: nos pasamos horas y horas mirando mundos inventados para que los miremos, haciendo que la distinción entre ficción y realidad se vuelva más y más confusa. ¿Cómo sostener que esas imágenes y esas personas nos son menos reales que la gente que vemos en el metro, que atendemos en la ventanilla, que cruzamos en las calles del centro –si las conocemos mucho más, nos importan mucho más, las seguimos semana tras semana? Y entonces nos excita ir a ver dónde suceden sus vidas de pixeles. En un mundo donde casi todo es decorado, donde las noticias suelen ser puestas en escena, donde los políticos son actores de reparto y la palabra programa ya no es política sino televisiva –donde nada existe si no está en la tele–, la peregrinación tiene sentido.

Lo hacemos todo el tiempo. Lo hace el futbolero cuando va a la cancha para ver cómo son los volúmenes de eso que siempre ha visto plano; lo hace el turista cuando va a París para pararse ante esa torre de hierro tan mirada, a Roma frente a su coliseo. El set-jetting es un destilado de turismo, sus esencias: ir a ver lo que has mirado tantas veces, hacerte el selfie allí, meterte en esa imagen. Entrar en ese mundo, confirmarlo: llegar, por fin, a los sitios donde también pasas tu vida.

EL PAÍS