Martes, 12 de Diciembre del 2017. Guayaquil, Ecuador
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12 octubre, 2017

Contra todos los enemigos imaginables

Todo invitaba a la dificultad en Ecuador, pero Messi lo solucionó jugando al fútbol

En la época de Maradona se partía mucho de lo individual. Los últimos 20 años han convertido lo colectivo en la preocupación general del fútbol. Se han profundizado mucho más las relaciones de los jugadores, las estrategias, el empleo coordinado de los espacios. Se ha puesto el acento en cuestiones que antes se resolvían con la inspiración, con la ocurrencia puntual. Hubo un tiempo en el que bastaba con tener una gran figura. Ahora no. Hoy, sin un buen equipo, con entrenamiento y engranaje, no alcanza, y Argentina tiene muy poco que ofrecer colectivamente. Vestirse de héroe en Argentina es la tarea más difícil.

El Barça proporciona a Messi una formación, unos compañeros y un orden conocidos. En Argentina no hay nada. Si le restamos a Messi y le quitamos la camiseta celeste y blanca, Argentina puede ser cualquiera. Es el derrumbe, la crisis, la aspiración irresuelta de tener un buen equipo. Los enemigos de Messi son tres seleccionadores en dos años, el cambio permanente de compañeros, unos dirigentes que divagan en plena búsqueda de identidad, un periodismo dañino que le acusó de no sentir la camiseta, el público y toda la atención de los rivales para frenarlo. Su propio equipo es, a veces, un adversario más.

La hazaña de Messi en Argentina adquiere mayor dimensión que sus logros en Barcelona porque ha lidiado con todo eso y ha encontrado la forma de resolverlo. Eso lo hace mucho más grande. A pesar de que no hubo un logro tangible porque no ganó un Mundial ni una Copa América. Transformarse en héroe en un lugar inhóspito donde todo es destrucción, sin decir ni una palabra, simplemente enfocándose en el juego, tiene más mérito.

Uno se pregunta: ¿qué hace? Parecen jugadas corrientes y las convierte en jugadas de gol. Un control, un pase perfilado y ya está. ¿Cómo? Porque es más rápido que los rivales. Porque corre amagando. Porque además de su habilidad para sentir la pelota y llevarla cortita al pie, corre engañando y aprovechándose de los movimientos instintivos de los defensas. Parece que va a ir adelante y gira, parece que va a detenerse y acelera, cuando va a la derecha se vuelve a la izquierda. En Messi todo es amague. Ahí saca el metro. Es completamente impredecible. La marca escalonada tiene que trabajar muy bien porque cuando ve jugadores que lo pueden atrapar cambia de dirección o mete una marcha más, o mete un pase de gol, como hace en el Barça y donde todo está mucho más aceitado, y aparece, por ejemplo, Jordi Alba.

Se necesitan cómplices para engañar. La creatividad en el fútbol moderno es colectiva pero Messi en Argentina se las tiene que arreglar solo. Contra Ecuador, su rutina de genialidades dio paso a lo sobrenatural. Me impresionó la sencillez con la que convivió con la hipótesis de la catástrofe. Si había razones para sentirse presionado, agarrotado, poco inspirado, estaban en Quito. Todo invitaba a la dificultad y el gol en contra a los 40 segundos debió taladrar la cabeza de los jugadores con la idea del fracaso. Habría sido su último partido, considerando que en 2016 renunció a la selección después de perder la final de la Copa América, algo mucho menos grave que quedar fuera de un Mundial.

Messi lo solucionó jugando al fútbol. Contra todos los enemigos imaginables.