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Turismo
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10 septiembre, 2018

Sóller, la buena vida mallorquina

Al noroeste de la isla de Mallorca, Sóller guarda todavía el sabor de ese destino convertido en el Caribe español de la década de 1960, al que también viajan los protagonistas de la cinta de Berlanga El verdugo (1963). Un paraíso a tiro de piedra pero monetariamente inalcanzable para la mayoría de los españoles de entonces. Para llegar desde Palma, hoy los nostálgicos de la Mallorca coqueta y humilde pueden coger el tren de Sóller en una pequeña estación que recuerda a las de los pueblos de antes. Un antiguo ferrocarril de madera hace el trayecto en una hora, a una velocidad humana, la suficiente para ir divisando desde la ventanilla los campos de almendros y olivos y las partes traseras de las casas, con sus patios e imprescindibles limoneros.

Sóller, enclavada en un valle rodeado de montañas, estuvo mucho tiempo aislada del resto de la isla. La única manera de alcanzar Palma era por barco o usando un camino agotador y peligroso hasta llegar al paso de montaña llamado Coll de Sóller. Es por eso que los sollerenses se dedicaron a comerciar, vía marítima, con Barcelona y Francia. Al país vecino exportaban naranjas, limones, almendras, higos y aceitunas, y de allí trajeron muebles, moda y un sabor francés aún presente en la arquitectura y estética de este municipio. En 1865 una plaga terrible echó a perder los naranjos y limoneros del valle, y la única salida económica para muchos campesinos fue emigrar a Francia o hasta a Sudamérica. Cuando el negocio de los cítricos se recuperó, a principios del siglo XX, muchos regresaron a Mallorca con los bolsillos llenos y edificaron casas que recordaban al art nouveau francés o a las coloniales de América del Sur. La Gran Vía es un buen ejemplo de estas pequeñas mansiones.

El centro neurálgico está en la plaza de la Constitución, presidida por la iglesia de San Bartolomé y el edificio del Banco de Sóller, que ahora alberga una sucursal del Santander; obra modernista del arquitecto Joan Rubió, discípulo de Gaudí, que también firmó la fachada de la iglesia, con un rosetón esculpido en piedra. Un viejo tranvía que hace el trayecto hasta el puerto de Sóller cruza la plaza abarrotada de terrazas varias veces al día. Un acontecimiento simple, pero que inunda de jolgorio el instante. En la misma plaza se encuentra el hotel La Vila, un pequeño establecimiento de ocho habitaciones en un edificio modernista del siglo XIX. Sus azulejos, lámparas, el comedor y el jardín con palmeras evocan el pasado próspero y afrancesado de este lugar.

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