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Salud
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8 septiembre, 2018

“El sida me enseñó a vivir”

Le dieron dos meses, “como mucho”. Dmytro Sherembey fue diagnosticado de VIH (virus de la inmunodeficiencia humana) en 2001, con 24 años. Su “mala vida” —resumida en alcohol, drogas y sexo sin protección— desembocó en unas siglas que presagiaban lo peor. Cuando se sentó frente al médico estaba demacrado. Había frenado el carro hacía unas semanas, debido a una preocupación latente que no ahogaban ni sus travesías lisérgicas. Pero moverse por el mundo le costaba como si estuviera buceando el aire. La conciencia y la anatomía le pesaban más de lo habitual. Y decidió plantarse en la consulta con su mejor rostro. Si los análisis daban negativo, pensó, es que podía con todo: era invencible. Si salían positivos, cambiaría su hoja de ruta por el mundo.

Como se puede intuir, no tuvo más remedio que optar por la segunda parte del plan. El mazazo que recibió en aquel centro de salud volteó por completo sus aspiraciones, su futuro. Le llegó, dice ahora en un bar del centro de Kiev, en una época “sin apenas información” sobre la enfermedad. Al menos, puntualiza, en Ucrania, su país. Los resultados tardaron dos semanas desde la extracción de sangre. Un tiempo que dedicó a pensar sobre el amor a su familia, que había descuidado en su periodo de maceración etílica, o sobre las reglas que la existencia marca: descubrió que saltárselas acarrea consecuencias irreversibles. “Sobre todo, creía que mis posibilidades para cualquier cosa se reducían mucho”, rememora. Una “catástrofe” anímica, describe, causada por el sentimiento de culpa y la sentencia de muerte expedida por los médicos.

“Existía poca esperanza porque no había tratamiento”, masculla mientras devora un tentempié de huevos con salchichas, zumo y café. Sherembey cuenta su historia con una mezcla de cercanía y seriedad. No cierra puertas a las interrogaciones, pero tampoco decora con dramatismos aquellos duelos emocionales ni estira las explicaciones. Responde en seco y no se corta a la hora de ingerir, en plena charla, una de las dos pastillas de retrovirales que toma al día. Esta medicación –gratuita– mantiene a raya que el VIH no desemboque en sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida, lo que provoca complicaciones en el organismo). Y con un físico atlético que en verano cubre con apenas un vaquero y una camiseta. “Pesaba 40 kilos, tenía hepatitis C y cogí tuberculosis”, añade cuando vuelve a su época oscura, “pero me di cuenta de que nadie decidía cuánto me quedaba de vida”.

Tal bocanada de inspiración alteró su rutina. Dejó aquello que le "distraía" y se juntó con sus seres queridos, a los que les omitió de primeras su situación real. En Chernígov, la ciudad en la que se crió —al norte de la capital, pegada a Bielorrusia—, fue documentándose sobre el VIH. “La información es el mejor arma”, afirma. “Y ni en la escuela ni desde el gobierno se enseña sobre el sida o sobre enfermedades venéreas. No había ningún programa de sensibilización ni de prevención”, asegura, aludiendo al rebrote que parece estar sucediendo y al empeño de algunos sectores por erradicar este problema.

Sherembey lamenta las bajas “innecesarias” que ha causado esa laguna: desde 2010, según datos de ONUSIDA (programa de las Naciones Unidas para la lucha contra el VIH), la prevalencia de la enfermedad en Ucrania se incrementó en un 3% de la población, aunque su tasa de mortalidad se redujo en un 27%. En 2016, no obstante, los cálculos revelaron unas 17.000 infecciones y unos 8.500 fallecimientos, alzando a la nación como la segunda de Europa Oriental (por detrás de Rusia) con el mayor índice de crecimiento epidémico, tal como señala la plataforma Avert.org. “Mucha gente hace locuras sin conocimiento. O padece VIH sin saberlo, porque no es algo que se hable”, analiza Sherembey preocupado unas cifras que hablan de 240.000 afectados en una población de 45 millones.

Su diagnóstico se transformó en una ambición hasta entonces inadvertida. Dejaría atrás los malos hábitos y se prepararía para atajar esta pandemia. De repente, no había nada más en su existencia que comprender qué era este virus que muchas veces mataba por incomprensión. Después de soltar la bomba en el hogar familiar —maquillándola con una supuesta cura y con menos efectos de los que conllevaba— se empapó de todo lo que encontraba sobre el tema. Y decidió empeñarse en salvar a las demás “víctimas”. Entonces sí que fue de frente. “Si quieres proteger a los tuyos, tienes que decir la verdad”, sostiene.

Fue a parar a la fundación AntiAIDS, de Elena Pinchuk, hija del ex primer ministro Leonid Kuchma. Esta empresa personal se ha propuesto paliar los abultados números de afección en el país. “Hay más anuncios en la tele, en las paradas de autobús, en los hospitales”, comenta Sherembey, “pero el Estado no hace nada en materia educativa: es una tragedia”. Formó parte inmediatamente del equipo. Su experiencia suponía un gran valor testimonial y teórico, como demuestra disparando datos en medio del almuerzo: “Ucrania es el país desarrollado con más VIH. El 51% se produce por relaciones sexuales, aunque antes era por el uso de drogas intravenosas. Es difícil determinar cómo es el traspaso porque la información no es pública o la gente la oculta”, afirma. ONUSIDA expone que un 21,9% lo adquiere por esta última vía, que en trabajadoras sexuales la prevalencia es del 7% y que el 8,5% se da en relaciones masculinas homosexuales.

EL PAÍS