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Opinión
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21 mayo, 2016

Secretos de una guerra

Plinio Apuleyo Mendoza

Diario El Tiempo de Colombia

Con el blindaje de los acuerdos, con plebiscito o sin él, hay una triste y lamentable realidad que el país está pasando por alto: las Farc, finalmente, están ganando su guerra.

¿Quién iba a creerlo? Diezmadas militarmente bajo el gobierno de Uribe, las Farc cambiaron de estrategia, gracias a los consejos dados por Chávez a ‘Alfonso Cano’. Aunque continuaron con sus acciones terroristas para hacer sentir su presencia, dejaron de lado los combates abiertos, la toma de pueblos, los asaltos a bases militares, disminuyeron su número de efectivos, aumentaron el de sus milicianos y, desde luego, abandonaron la idea de la vía armada como única opción para llegar al poder.

Siguiendo los planteamientos de Antonio Gramsci, ‘Cano’ concedió máxima importancia a la lucha política, a la acción urbana y al frente internacional. Con su plan Renacer y la fundación del Partido Comunista Clandestino Colombiano, el PC3, se propuso penetrar la estructura misma del Estado y de la sociedad infiltrando el Poder Judicial, los sindicatos de base, los medios de comunicación, las comunidades indígenas y afrodescendientes, además de captar militantes en universidades y centros académicos. En el plano internacional, movilizando colectivos de abogados afines a su credo ideológico, suministraron amañados informes y lograron el apoyo de ONG continentales.

Dos factores fueron fundamentales para que las Farc cumplieran sus propósitos. El primero fue la suspensión del fuero militar por medio de un acto administrativo suscrito en el 2006 entre el ministro de Defensa Camilo Ospina y el fiscal Mario Iguarán. Con esto, las Farc consiguieron, a través de sus agentes políticos y con la manipulación de falsos testigos, acusar, juzgar y condenar a los militares que les habían infligido los más duros golpes. El segundo factor, no menos importante, fue el nuevo escenario político continental, que por primera instaló en países vecinos como Venezuela y Ecuador gobiernos que compartían su mismo ideario, convirtiéndolos en aliados y protectores de la guerrilla. De esta manera, sin que se hubiera dado una efectiva respuesta del Estado a la guerra jurídica y a la guerra política, las Farc lograron consolidarse en las distintas ramas del poder y muy especialmente en la Fiscalía y la administración de justicia.

A la hora de sentarse a la mesa de negociaciones en La Habana, las Farc inquietaron a una desprevenida opinión pública presentándose en pie de igualdad con el Gobierno. Pero la verdad era más grave. La guerrilla, segura de estar ganando la guerra, impuso sus condiciones y el gobierno de Santos no tuvo otra salida que aceptarlas. Arropándose con el anhelado velo de la paz, claudicó al admitir que los responsables de crímenes de lesa humanidad no paguen cárcel; la dejación pero no la entrega de armas; el hacer del narcotráfico un delito conexo al de rebelión, dejando sin efecto la extradición, además de suspender la fumigación aérea de los cultivos ilícitos; el permitir que sean las Farc las que controlen política y económicamente muchas de las regiones donde hacen presencia; y, como cereza del pastel, el blindaje inconstitucional de los acuerdos.

Pese a estas capitulaciones, ¿llegará al fin la paz? ¿Qué pasará con el Eln? ¿Y las ‘bacrim’? Firmar el acuerdo a cualquier precio es el objetivo final de Santos, mas no el de las Farc. Ellas van más lejos. Su hasta ahora exitosa estrategia, que les ha permitido obtener todo lo que han exigido en La Habana, las induce a considerar que están en camino de cumplir lo que se han propuesto. Nada menos que su llegada al poder, en una alianza de izquierdas, aprovechando sus millonarios recursos, su presencia dominante en muchas regiones, sus reales dirigentes políticos, que saldrán de la sombra, y, sobre todo, la presumible piñata de candidatos que habrá en las próximas elecciones presidenciales. ¡Cuidado! Ese riesgo es real.

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