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Turismo
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26 agosto, 2018

Rumania en ocho visitas (y sin vampiros)

Rumania está de actualidad. Y además, por lo visto, está de moda. Está de actualidad porque está celebrando el centenario de su Gran Unión (1918) y porque, desde que entró en la Unión Europea (2007), sale a menudo en los papeles como el país de la Unión con mayor crecimiento económico. Este verano también ha estado de actualidad por las masivas protestas contra la corrupción en Bucarest. Y está de moda por su cine: la Nueva Ola de cine rumano arrasa en festivales. Y por su literatura: fue país invitado en la última Feria del Libro de Madrid; sorprende la cantidad y calidad de autores rumanos traducidos al español. En España, los rumanos son el grupo extranjero más numeroso (un millón). Pero sobre todo, el viejo cliché folletinesco de unos Cárpatos o una Transilvania surcados de vampiros va cediendo ante la meta asequible (incluso barata, todavía) de recorrer el país real, salido de una dictadura en 1989 y que conserva un legado asombroso de ciudades medievales, castillos, monasterios, pueblos intactos y paisajes de postal. Se necesita tiempo para acercarse a tal cúmulo de patrimonio y cultura; las ocho etapas que proponemos serían algo así como una guía básica de la Rumania esencial.

1 Sibiu, capital de la cultura

Al salir de Bucarest, antes de entrar en Transilvania, suele hacerse un alto en el monasterio de Cozia, cubierto de pinturas, algunas del siglo XIV: un aperitivo de lo que nos aguarda más adelante. Al llegar a Sibiu, se cierne a simple vista una ciudad dúplice, la alta y la baja. La acrópolis es, claro está, la ciudad antigua, que mantiene una atmósfera de ágora sabia. Sibiu fue capital cultural europea en 2007, y aunque entonces se le lavó la cara y se adecentaron calles y aceras, sigue transmitiendo un halo muy literario en sus colores desvaídos, desconchones y patios empedrados. En la plaza Grande, los tejados transforman sus mansardas en ojos tibetanos que todo lo escrutan. Tiene no una, sino tres catedrales: católica, protestante y ortodoxa.

A un par de leguas a poniente, Sibiel (“pequeña Sibiu”) es un pueblecito campesino que se ha convertido en un panal para turistas. A la misma distancia, más al sur, otra aldea parecida, Rasinari, vio nacer a Emile Cioran, el pensador más conocido y más rumano (por su fatalismo nihilista), aunque él se declarara apátrida y viviera y muriera en París. El exilio de los escritores rumanos suele ser doble: algunos emigran a tierras extrañas (Cioran, Ionesco, Tristan Tzara); otros se exilian además de su lengua y escriben en francés, o en alemán, caso de Paul Celan y Herta Müller, la única Nobel de literatura rumana de momento: los nombres de Mircea Cartarescu, Ana Blandiana o Norman Manea suenan con insistencia como candidatos.

2 Las sombras de Drácula

Al cruzar Transilvania, salen al paso dos bastiones de aspecto tudesco, la ciudad fortificada de Medias y el burgo teutón de Biertan, patrimonio mundial. Los teutones fueron una orden militar creada cuando las Cruzadas, al mismo tiempo que los Hospitalarios de San Juan (Orden de Malta). Biertan ha renacido en los últimos tiempos, gracias a las inversiones y cuidados de evangélicos alemanes, y a la eclosión de casas de turismo rural.

Más adelante tropezamos al fin con la figura de Drácula en Sighisoara. Es una ciudad medieval a la altura del mito. Junto a la soberbia Torre del Reloj, en la plaza alta, hay un caserón (ahora restaurante) donde se dice que nació Vlad Tepes el Empalador, noble del siglo XV convertido por la leyenda en Drácula. La novela de Bram Stoker Drácula es, más que nada, un libro de viajes modélico; su historia ha sido llevada al cine más de 200 veces (algunas de las versiones más fieles fueron el Nosferatu de Murnau, de 1922, o los filmes protagonizados por Béla Lugosi o Christopher Lee). Si se teclea en Google la palabra “vampiros” aparecen más de 1.000 películas. En Rumania, la figura de Drácula estuvo prohibida por Ceausescu (a su caída, le gritaban “Drácula!” a él). Camino de las montañas, la ciudad de Bistrita construyó el hotel Corona de Oro, que no existía, pero aparecía en la novela de Stoker y los viajeros preguntaban por él. Entrando ya en los Cárpatos, en el Paso del Borgo o de Tihuta, clave en la novela, el imaginario castillo del conde Drácula es un hotel.

3 Bucovina, el paraíso pintado

Franqueado el arco de los Cárpatos, salimos a la región de Bucovina, parte de la histórica Moldavia (Moldavia, Transilvania y Valaquia fueron el germen de Rumania). En Bucovina, aparte del paisaje agreste y sus casas de madera, llaman la atención los monasterios. Pintados de arriba abajo, por dentro y por fuera, con miles de figuras bizantinas. Muchos fueron fundados por Esteban el Grande, en su lucha contra la amenaza turca, en el siglo XVI; dice la leyenda que, por cada victoria, Esteban mandaba construir un monasterio como exvoto. Son muchos. No todos están pintados por fuera y seis de ellos son patrimonio de la Unesco. Los más impresionantes, el Moldovita, el Sucevita o el de Voronet. Para saber cómo es la vida por dentro en los monasterios puede ser útil la película Más allá de las colinas (2012), de Cristian Mungiu. Mungiu es, junto con Cristi Puiu o Corneliu Porumboiu, uno de los cineastas de la llamada Nueva Ola de cine rumano.

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