Jueves, 20 de Septiembre del 2018. Guayaquil, Ecuador
Opinión
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15 septiembre, 2014

Reflexiones en La Nación

Leonardo Escobar B.

leonardoescobarb@hotmail.com

 

Manifiesto de 52 premios Nobel contra el hambre y el subdesarrollo, 1.981: “Los abajo firmantes, mujeres y hombres de ciencia, de letras y de paz, diferentes entre nosotros por la religión, la historia y la cultura, que hemos sido distinguidos porque buscamos, honramos y veneramos la verdad en la vida y la vida en la verdad, a fin de que nuestras obras sean un testimonio universal de diálogo, de fraternidad y de civilización común en la paz y el progreso...”

Han pasado 33 años y somos conscientes que ha aumentado agresivamente la cantidad de humanos que sufren por el hambre y subdesarrollo. A esto se suman los gases que se liberan en la atmósfera: por la multiplicación excesiva de vehículos, aviones, industria, incendios forestales y quema de residuos agrícolas; lo que ha producido un creciente cambio climático. Esta suma de desfavorables elementos agravia la posibilidad de una vida humana prolifera.

Si de la línea ecuatorial nos vamos a los polos, vemos que el deshielo ha dado lugar a la elevación del nivel del mar, por ende, la inundación de gran cantidad de puertos y pueblos rivereños; el trastorno de corrientes acuáticas repercute en el hábitat de las criaturas que habitan tal entorno. Esto como consecuencia produce la migración de pescadores y campesinos a centros urbanos, aumentando el congestionamiento natural; los bienes sostenibles decrecen mientras los perecibles aumentan en las zonas urbanas, creando un desbalance que repercute en el desarrollo social, ecológico y económico.

En el planeta vivimos cerca de 6.600 millones de personas. Se provee que en el año 2.050, la población mundial llegará a 9.500 millones. Los países industrializados producen anualmente 800 kg de basura por persona. Una cuarta parte de la población del planeta —1.650 millones de personas— carecen de acceso al agua potable, y un próximo de 3.300 millones, que representan la mitad de la población mundial, no disponen de servicios de saneamiento adecuados.

Al ser capaces de determinar y definir los problemas, también debemos serlo para solucionarlos, y es aquí donde recae la responsabilidad de todo ciudadano, joven como viejo; porque si bien los jóvenes son el futuro, los adultos somos el presente, y es en este tiempo cuando se debe iniciar la revolución agropecuaria para reavivar las zonas rurales, creando un porvenir sostenible para el acomodado estilo de vida que nuestras tecnologías nos brindan. Profesionales, hacendados y agricultores, que nuestras manos campesinas —y digo nuestras, porque es una herencia nacional la de un país cuyos productos han sido de calidad mundial—  puedan asir con la razón por la cual se debe volcar atención al sector agrario: la inminente necesidad que el mundo tiene de ella, la subsistencia y la oportunidad empresarial. Requerimos, en verdad, de un desenfoque urbano.

…Un holocausto sin antecedentes, cuyo horror abarca en un único año todo el espanto de las matanzas que nuestras generaciones han conocido en la primera mitad de este siglo XX, está actualmente en proceso de realización y desborda cada día más, a cada instante que pasa,  el perímetro de la barbarie y de la muerte no solamente en el mundo, sino también en nuestras conciencias. Estrofa del libro “El holocausto del hambre”, escrito por Ezequiel Ander - Egg en 1.981.

Vale la pena tocar este tema, pero no desde el cliché espectro de amor y paz desteñido; más bien, desde un enfoque pragmático, que es justo y necesario para beneficio de todos nosotros, y que supone no solo vida, sino también pertinencia.

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