Domingo, 20 de Mayo del 2018. Guayaquil, Ecuador
Opinión
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13 marzo, 2018

El obrero del Salvador

Gonzalo Escobar

Gonzalo_escobar7@hotmail.com

Conocí a un hombre de poca inteligencia, muy poca educación, pero que resultó poseedor de memorias y relatos que merecen ser expuestos. Es un jornalero en uno de los tantos pueblos de Long Island, dedicado a trabajos de construcción y demolición. Es un obrero de El Salvador que buscó una vida más sencilla a la de su país.

No hay mucho que hacer en Long Island; a diferencia de Nueva York, no muchas experiencias nuevas esperan en los rincones. Pero me gusta caminar, así que salí a pasear por los vecindarios residenciales perdidos en los bosques de la isla. La mitad de una casa estaba incendiada y un cuarteto de obreros se preparaba para almorzar —uno de ellos me pidió un cigarrillo (pues yo iba fumando) y le compartí del mío. Recién me había comprado un sánduche y decidí tener mi lunch con ellos, dentro de la casa desmantelada hasta su esqueleto de madera.

En la sala nos sentamos alrededor del calentador, una fogata de gas, yo en una mecedora. Durante la comida los comentarios eran pocos, pero fue algo diferente comer con obreros en lo que parecía una cabaña antigua, de madera, calentados por el fuego. Lo interesante vino en la remesa.

Jesús, como se llama el jornalero, era un irregular, no parte de la empresa encargada de restaurar la villa. Su forma de hablar era una de las más inentendibles y fastidiosas que jamás haya rasgado mis oídos. Era claro su origen campesino, pues conozco la forma de hablar del montubio en Ecuador, algo difícil de descifrar; pensé que era mexicano por su acento, pero resulta que los salvadoreños tienen un acento igual, y combinado a esa habla campestre, yo tenía mucha dificultad al descifrar que trataba de decir, porque la enorme mayoría eran más ruidos que palabras.

Llevaban puestos esos trajes de cuerpo completo para cubrirlos del polvo, cosa que el obrero del Salvador comentó que deseaba comprar para su hermano que cosecha maicillo de vuelta en su tierra de origen. Es un trabajo muy difícil, pues mancha la piel y genera una picazón insoportable, pero se vende bien pues engorda rápido a los cerdos. Jesús nunca ha comido pescado que no sea frito, solo ha escuchado de que hay mil formas de prepararlo pero no que él haya probado. Nos contó de asuntos sexuales también. Y luego comentaron sobre un video de decapitación, cortesía de un cartel mexicano. A Jesús le causó algo de gracia, no la aprehensión natural al ver como machetean una garganta.

El video de la ejecución le hizo suficiente recuerdo como para elaborar un número de experiencias de guerra que padeció durante el conflicto civil de El Salvador, librado entre la Fuerza Armada de El Salvador (FAES) y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) desde 1980 y 1992. Según Jesús, era tremenda mierda, dar bala y cuchilla, porque te meten al cuartel, te tratan como a un animal de lo más desagradable, haciendo que te encabrones por la humillaciones, y luego te sueltan como perro rabioso a que sueltes la furia con las pobres almas que se te crucen. “Uno debería matarlos a ellos, pero en cambio le damos fusil a otros que nada tienen que hacer” decía, “y para qué? Si luego nos fuimos a dar cuenta que las guerrillas eran todos hijos de pobres, gente humilde, gente de campo. Ellos no tenían nada en contra de nosotros; ellos querían matar a esos ricos hijueputaj que nos hacen pelear, hacen discursos de que uno es enemigo de otro, y entre ellos se juntan para cenar en restaurantes de lujo, uno como imbécil matando por nada, porque solo los pobres vamos a pelear por ninguna razón. Cuándo ves a uno de esos jeñoritos haciendo de bobo valiente? No, carnal, a esos no les importa nada uno de nosotros, solo su dinero.” Esa era su visión del mundo y de la guerra en su país: los ricos jugando a oligarcas, a protectores del orden y a los negocios, y los pobres cometiendo crímenes contra la vida por órdenes de ellos contra sus propios compatriotas.

No todas las guerras son así, o al menos no eran así. Alguna vez las guerras, entre naciones o civiles, sirvieron un gran propósito: orgullo nacional, conquista y poder, o la contienda de valores y principios. Pero la verdad es que muy pocas guerras pueden ser justificadas, y la del Salvador no cumplió mayor propósito. Al final, las fuerzas gubernamentales y grupos paramilitares de extrema derecha (como los escuadrones de la muerte) fueron responsables de casi todos los casos de homicidio, violación, tortura, desaparición y más, mientras que la guerrilla sería responsable de poco más del 10% de los crímenes contra civiles.

Me fui de esa casa quemada con un relato de guerra desde una perspectiva ya conocida, pero que tiene más fuerza cuando ves la convicción y desilusión con la que la cuenta un hombre que se hizo un tanto indolente por vivir esos infiernos. Tal vez su ignorancia de asuntos políticos le ayuda a simplificar en negro y blanco lo vivido, haciendo más fácil el mundo. Un hombre de campo, de machismo y misoginia, al que le inculcaron que esta vida es para sobrevivirla, no vivirla, puede que le sea más llevadero que a otros. Veteranos de Estados Unidos parecen sufrir más al volver a casa, porque esperan más clemencia del mundo, y terminan locos al punto del terrorismo y suicidio.

Al fin, Jesús dejó su país, el cual extraña, a diferencia de otros que vienen y se acostumbran a las comodidades y buenos salarios que encuentran acá. Los que migraron lo hicieron porque su tierra no les ofrecía nada, pero el sangrar por esa tierra te deja unido a ella, aunque el resultado del vínculo no sea benigno, de todas formas te ata.

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