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Opinión
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14 noviembre, 2017

Nicolás Maduro tiene miedo

Diario El Espectador de Colombia

El silencio de quienes piensan distinto no es paz, sino opresión. A lo largo de la historia son muchas las naciones que han aprendido esta lección a las malas. Un gobierno autoritario, sea de derecha o de izquierda, limita la libertad de expresión, siempre justificándose en la necesidad de la convivencia pacífica, pero con la única intención de callar con todo el peso de la ley a sus opositores. Paradójicamente, dichas leyes son muestra del pánico que sienten a perder el poder obtenido. Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, es el más reciente ejemplo de tener miedo y reaccionar con hipocresía limitando las libertades fundamentales.

Por supuesto, el lobo se disfraza de oveja. La Asamblea Nacional Constituyente venezolana, por petición directa del presidente, expidió una ley que dice, literalmente, que “quien públicamente (...) incite al odio, la discriminación o la violencia contra una persona o conjunto de personas en razón de su pertenencia real o presunta a determinado grupo social, étnico, religioso, político (...) será sancionado con prisión de 10 a 20 años”. La regulación permite, oh sorpresa, prohibir e inhabilitar para las elecciones a los partidos políticos y dirigentes que “promuevan el fascismo”. Coincidencia: los opositores al régimen son usualmente tildados por Maduro y sus subalternos de ser “fascistas”.

Delcy Rodríguez, presidenta de la Asamblea, dijo que la ley “es un homenaje a los que perdieron la vida víctimas del odio y la intolerancia”, haciendo referencia a las protestas que se presentaron este año y que dejaron más de 125 personas muertas.

Lo que no dicen, claro, es que en esos hechos tuvieron corresponsabilidad las autoridades del régimen, incapaz de soportar a sus ciudadanos en las calles. Las lógicas de las dictaduras serían graciosas si no causasen consecuencias tan perversas.

La ley crea una Comisión para la Promoción y Garantía de la Convivencia Pacífica, integrada por líderes chavistas, encargados de determinar cuando una declaración sea “odio” y, por ende, digna de censura.

Los discursos tóxicos existen. Uno de los grandes dilemas de las sociedades liberales modernas es cómo responder a la tensión entre la necesidad de proteger a los marginados y la importancia de que exista una libertad de expresión lo menos limitada posible. Lo claro es que la solución no es una ley abstracta que les dé poder a unas autoridades caprichosas de definir qué es y qué no es odio.

Lo explicó Mauricio García Villegas en El Espectador: “Lo primero que preocupa en una norma como esta es la enorme dificultad para medir lo que se castiga, es decir, el odio, que no es un comportamiento, sino un sentimiento, un estado del alma. Este tipo de normas abiertas, etéreas, son típicas de los regímenes tiránicos”.

Se habían denunciado, con la instauración de la Asamblea Nacional Constituyente, los peligros que su carta blanca para reinventarse las leyes del país involucraba. Esta es la materialización de los peores pronósticos. Ahora un régimen, asustado por la oposición de su gente y proclive al abuso de poder, tiene las herramientas legales para callarlos, en vísperas de una elección presidencial con importancia monumental.

Lo que tarde o temprano entenderán Maduro y compañía es que están mostrando el miedo y que el silencio nunca es paz. ¿Este editorial sería considerado “odio” bajo las leyes de Venezuela? La crítica, por definición, es agresiva, pero sin ella no se construyen los países.

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