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Turismo
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23 agosto, 2018

Los secretos mejor guardados de Cerdeña

Hace muchas décadas que los turistas descubrieron en Cerdeña uno de esos rincones paradisíacos que no fallan nunca. La isla italiana, en pleno corazón del Mediterráneo, es famosa por sus playas (algunas figuran entre las más bellas de Europa), por las sinuosas bahías de la costa Esmeralda llena de famosos, por sus originales restos prehistóricos (como los nuragui o las tumbas de gigantes), y cada vez más, también por su gastronomía genuinamente mediterránea.

Pero al margen de todo esto y de sus ciudades históricas como Alghero, Cagliari, Olvia u Oristano, aún queda mucha isla por ver al margen de los caminos más trillados. Si deseamos escaparnos de los turistas que invaden ciertos lugares de la costa, estos son algunos de los rincones que nos aseguran un encuentro con la Cerdeña más auténtica.

1. El valle de la Luna

Empezaremos por el norte, en un rincón casi idílico y perfecto para un viaje por carretera o en bicicleta: el tranquilo valle de la Luna, que se extiende al norte de Aggius. Es un paisaje surrealista y evocador, con extraños cantos rodados de granito que se derraman a través de colinas y tierras de cultivo. Un mirador en la carretera nos permite detenernos un momento y disfrutar de unas magníficas vistas del paisaje, salpicado con estas caprichosas esculturas. La carretera que lo atraviesa hasta la costa es muy panorámica y perfecta para recorrerla en bicicleta.

El valle está a pocos kilómetros de Aggius, un pueblo tradicional acurrucado a los pies de unos picos de granito, dispuesto en torno a un centro histórico de callejuelas y casas de piedra. En Cerdeña Aggius es famosa por la música coral y por sus alfombras, pero más aún por su pasado como cuna de bandidos durante el siglo XVI, tal y como muestran en el Museo del Banditismo. El bandolerismo en la zona (la Gallura) no es solo una historia del pasado: fue un problema hasta hace la década de 1990.

2. Las viejas minas de plata de Argentiera

También en el norte de la isla, en Argentiera, unos 11 kilómetros al norte del lago Baratz, se puede retroceder en el tiempo sin problema. Este inolvidable remanso en el extremo noroeste de la isla está presidido por las fantasmales ruinas de su mina de plata, que en otros tiempos fue una de las más importantes de Cerdeña. De ella se ha extraído argento desde la época romana hasta la década de 1960. Los edificios de ladrillo oscuro de la mina, hoy sujetos por andamios de madera, forman un desordenado conjunto en una pequeña playa de arena gris; aunque el acceso a ellos no está permitido, es una visión bastante melancólica y evocadora.

Es esta una incursión curiosa si visitamos el lejano extremo noroeste de la isla, que presume de conservar un paisaje salvaje e inexplorado y también de tener una de las playas más famosas de Cerdeña: la impresionante Spiaggia della Pelosa.

Stintino es la única localidad digna de mención en esta zona, un antiguo pueblo de pescadores de atún transformado en un tranquilo lugar de veraneo y entrada principal a la isla de la Asinara, actualmente parque nacional y reserva de la biosfera, pero que en otro tiempo albergó una de las prisiones más famosas de Italia. Es una zona bastante desierta, excepto en verano. El silencio se adueña del solitario paisaje y el frío maestrale sopla sobre los arbustos y las rocas desnudas.

3. El lago de Liscia

No muy lejos de la sofisticada costa Esmeralda, donde se broncean los guapos más famosos del mundo, nos aparece una visión muy diferente de la vida sarda, la Gallura, una zona para el agroturismo al margen de las modas y del tiempo. Y más al norte, la costa de la Gallura es aún más salvaje, con delfines, submarinistas y windsurfistas surcando las azules aguas de la reserva marina de La Maddalena. Pero todavía hay lugares menos conocidos: el lago de Liscia, en el corazón rural y poco desarrollado de la Gallura, es uno de los secretos mejor guardados de Cerdeña. Este lago artificial de 8 kilómetros de longitud es la principal fuente de agua dulce de la costa este y ocupa un entorno espléndido entre colinas de granito y bosques de alcornoques y robles. Un buen sitio para descansar bajo olivos centenarios. El mejor lugar para admirar el paisaje es un merendero cerca de la apartada reserva natural de los Olivastri Millenari di Santo Baltolu (los olivastri son unos acebuches milenarios que pueden rondar los 3.800 años de edad).

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