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Turismo
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28 agosto, 2018

Londres celebra su diversidad

Mucho antes de la película de Hugh Grant y Julia Roberts que popularizó el barrio londinense en todo el mundo, Notting Hill ya había padecido los efectos de una gentrificación galopante. De hecho, la BBC se preguntaba hace unos años si Portland Road, una de las arterias del barrio, "era la calle más gentrificada de todo Reino Unido". Contaba la historia de una pareja que compró una casa en 1968 por 11.750 libras —ante el escándalo de sus familiares que pensaban que se habían vuelto majaretas por ir a vivir ahí— y que 44 años más tarde estaba valorada en dos millones.

Notting Hill era donde se instalaban los perdedores de la Revolución Industrial —en el siglo XIX, dos de cada tres habitantes eran pobres— y después los inmigrantes que llegaban con lo mínimo a la gran ciudad. Ahora, paseando por sus calles inmaculadas entre jardines privados y coches de lujo, nadie diría que una vez fue una de las peores zonas de Londres. Pero, dos días cada año desde 1966, ese pasado resurge en forma del carnaval caribeño de Notting Hill, uno de los grandes festivales callejeros europeos, al que asiste en torno a un millón de personas. Ha logrado sobrevivir a la gentrificación, a la violencia (ha habido cinco muertos en incidentes desde 1987 y este año se presentaba especialmente tenso por temor a los ataques con cuchillos) y a la presencia masiva de turistas, que se resisten a dejarse llevar por la paranoia que se encargan de difundir los tabloides cada año.

Ya no es el barrio caribeño que fue, pero el carnaval es un espectáculo descomunal, incluso para aquellos que se mueven como peces fuera del agua entre las masas, los pubs llenos hasta la bandera y el rugido atronador de los camiones cargados hasta los topes de altavoces, que marcan el ritmo a los cortejos que les siguen. El carnaval se ha convertido en uno de los símbolos de la pujante diversidad de una urbe mestiza, que han construido personas provenientes de todo el planeta. Sirve también para recordar —algo necesario en los tiempos del Brexit y del UKIP— que la riqueza de una sociedad se basa en su capacidad para construir y crear desde la mezcla (y también para divertirse).

EL PAÍS