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Turismo
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14 febrero, 2018

La luna se esconde en Puerto Carreño

En esta región de los Llanos colombianos habitan algunos de los secretos mejor guardados de nuestra biodiversidad. El Escudo Guayanés ofrece un paisaje rocoso único, tan antiguo como el continente.

Dice la teoría que hace unos 200 millones de años la Tierra albergaba un solo continente. Una masa gigante de tierra llamada Pangea que, con el tiempo y el movimiento de las placas tectónicas, comenzó a separarse hasta formar el mapamundi que conocemos hoy. Gracias a ese afortunado accidente, me contaron los habitantes de Puerto Carreño, nació el Escudo Guayanés, una maravilla natural como ninguna.

Se trata de una de las formaciones geológicas más antiguas del planeta. Una que, como indica su nombre, nace en las Guayanas, al noreste de Suramérica, y se extiende por Surinam y parte de Venezuela y Brasil antes de llegar a Colombia, donde se levantan orgullosos sobre el río Orinoco sus últimos rastros, todos de colores pardos y formas redondeadas.

Las hay de todos los tamaños, desde los monumentales tepuyes venezolanos, pasando por cerros de tamaño más moderado, hasta los afloramientos rocosos que, sin dejar de ser masivos, se ven mucho más pequeños que sus hermanos mayores. Eso sí, sin importar el tamaño, reverenciados y tratados como sagrados por los indígenas de la zona, como es el caso de los cerros de Mavicure en Guainía, recordados por su aparición en la película El abrazo de la serpiente.

Ese sentimiento también ha calado entre los habitantes de Vichada, donde las formas eternas de estas piedras se conservan vírgenes, moldeando paisajes que le roban el aliento a quienes se aventuran a explorarlas. Allí, todos los planes entran en la lista de los imperdibles.

Para hacerlo, lo primero es aterrizar en la capital, Puerto Carreño, en un vuelo que sólo hace Satena desde Bogotá. No hay que asustarse con las praderas ininterrumpidas que se ven desde la ventana del avión, el departamento sigue perteneciendo a los Llanos y es completamente normal. Al salir de la cabina, sin embargo, es evidente que esta es tierra de agua, árboles y piedras.

La primera pista de ello es el punto más alto de Puerto Carreño, el cerro de la Bandera. Para los locales, subir la montaña es el plan perfecto para hacer deporte, por lo que es normal encontrarse con muchos de ellos subiendo en las mañanas y las tardes. Para los viajeros, además, es el mirador ideal: desde la cima se alcanzan a divisar toda la ciudad y los tres ríos que la flanquean: el Meta, el Orinoco y el Bita. Una vez allí, vale la pena visitar la Fundación Orinoquia y conocer lo que están haciendo por preservar las especies de peces que nadan en la región, sobretodo la arawana azul.

Es que, al ser el punto de confluencia de los tres ríos, esta población es un excelente punto para la pesca deportiva. Aquí es posible capturar pavones de colores exóticos, payaras, sardinas, cachamas y bagres, para luego de la foto de rigor, regresarlos al agua. Además, es posible observar nutrias, tortugas y delfines rosados o toninas, que suelen aprovechar la presencia de pescadores para agarrar un par de presas fáciles.

Pero los peces de colores no son la única razón para acercarse al Orinoco. Basta con asomarse al puerto para encontrarse con que los lugareños van a la playa. Por curioso que suene, y como si fuera el Caribe, el río que nos separa de Venezuela tiene costas de arena blanca y dorada en las que se puede tomar el sol antes de saltar al agua. Importante usar bloqueador, pues aunque la brisa es fresca y constante, el sol y los 35 grados de temperatura golpean duro.

Otro motivo, quizá el más impresionante, es la Luna, una formación de piedra negra, lisa y brillante que sobresale del agua lo suficiente para caminarla. Ubicada en el Raudal de Ventanas, a poco menos de una hora del puerto, tiene petroglifos y formas divertidas de identificar como un mamut o un rostro. Además, dependiendo de la temporada, sus cráteres también funcionan como piscinas naturales.

Se trata de un lugar que demuestra a la perfección la magia de la región, una que dependiendo del nivel del agua, cada mes, cada día, le muestra a cada ojo que la recorre un paisaje completamente diferente. La próxima parada es el Parque Nacional Natural El Tuparro.

EL ESPECTADOR