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Emprendedores
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30 julio, 2018

La ganadería orgánica es el centro de este negocio en Papallacta

En la vía a Papallacta, a 3 700 metros de altura sobre el nivel del mar, se encuentra Marullacta. Una empresa pecuaria con certificación orgánica.

Su propietaria es María Eugenia Espinosa, una mujer que sonríe y se conmueve con los logros que ella y su esposo han alcanzado con este proyecto que se propusieron hace casi dos décadas.

La ganadería orgánica se basa en la forma de alimentar y cuidar el ganado, para que tanto su carne como los productos derivados como la leche estén libres de químicos, hormonas y pesticidas.

Como está prohibido incluso el uso de antibióticos, para mantener a las vacas saludables se les debe suministrar fitoterapéuticos (a partir de hierbas medicinales) u homeopáticos.

“A mí me entregaron un libro y me dijeron: ‘si quiere ser orgánica haga esto’. Y ni siquiera entendía lo que era, pero valía la pena”, recuerda Espinosa.

Ella cuenta que los primeros años fueron muy difíciles, pues se morían las vacas. Luego de siete años, las nuevas crías se acostumbraron a la alimentación sin químicos. El pasto de la finca está fertilizado únicamente con las heces de la vaca. Aunque a la altura a la que se encuentra demora más en crecer, es más nutritivo y el ganado lo asimila mejor, afirma.

“Tenemos un ordeño controlado e inmediatamente pasamos los productos a procesar”, agrega.

El esposo de Espinosa, Jorge Da Silva, es el encargado de la producción de los lácteos. Hoy la marca comercializa 14 productos certificados, entre queso, yogurt (que se vende en Supermaxi), mantequilla y manjar.

La pareja tiene 50 animales orgánicos. A 20 se les ordeña y producen cada día 200 litros de leche y otros 100 de yogurt. El resto lo elaboran según la demanda.

La propietaria sostiene que la venta es una de las principales dificultades del negocio. “Nos ha tocado hacer todo absolutamente solos, desde los estudios para llegar a las certificaciones como la capacitación a las personas. Hemos llegado a ser autosustentables”, cuenta Espinosa y relata que trabajan con energía eólica y tienen su propia planta de tratamiento del agua.

Hace entonces una breve pausa. Sus ojos se tornan acuosos. Y rememora que todo comenzó con el interés de ayudar a su nieta, que sufría de alergias a ciertos productos, lo que le dificultaba una correcta alimentación. “Ahora es una niña maravillosa”.

Espinosa antes era gerente en una plantación de rosas; la “antítesis”, dice. “Por eso sé lo que es químico y lo que es orgánico”.

Marullacta cuenta con una decena de sellos y certificados orgánicos, entre los que están el Kosher, el ICEA y los que otorga Agrocalidad y el Ministerio de Agricultura y Ganadería.

A su juicio, en el país aún no hay una cultura extendida de producción orgánica, por lo que cree necesario mayor apoyo gubernamental para la capacitación y reducción de costos de producción.

“Es súper bonito trabajar así. Ver las hierbas que se deben utilizar para poder sacar adelante a un animal”, finaliza.

RL